TOCQUEVILLE EN ESTADOS UNIDOS (1831-1832)
Tocqueville parece querer convencer a sus coetáneos de las bondades de la democracia, de lo potencialmente bueno que hay en ella, pero sin dejar de lado sus riesgos, manifiestos tras la Revolución de 1848. En este contexto, pues, de expectativa, de agitación y de monarquía burguesa, se plantea la obra de Tocqueville. Su puede temer la destrucción violenta de la sociedad monárquica, pero con prudencia política se puede asegurar que la implantación de la democracia no haya de implicar necesariamente el desorden y la inestabilidad sociales. Y el ejemplo está presente en la sociedad americana, que es, esencialmente, una comunidad política estable, amante de la ley, de la religión, de la propiedad individual y la libertad. Tocqueville estudiará los elementos de la sociedad americana, y de su Estado, para ver si, en su aplicación en Europa, puede haber buenos resultados, teniendo en cuenta las diferencias entre ambas sociedades.
Un
detalle a tener en cuenta es que, tras la Revolución de 1830, en la que la
burguesía consiguió consolidarse políticamente en Francia, la democracia
instaurada era un pálido reflejo de la igualdad promulgada en la I República
(1793). En realidad, la exigencia condicional de una renta mínima y un impuesto
para ejercer el voto, reducían el sufragio a proporciones hoy escandalosas
(sufragio censitario). De ese modo, la burguesía trataba de asegurarse,
amparada en la vieja teoría de la equiparación del ocio y la propiedad con las
adecuadas condiciones que ha de tener un ciudadano elector, un sistema político
estable, a base de mantener a las clases populares alejadas del poder o de la
posibilidad de ser representadas. Aunque el campesinado de provincias, sobre
todo en el Sur, aún era monárquico y tradicionalista, la masa proletaria urbana
comenzaba a ser socialista. A ambas clases temía la burguesía.
La obra
de Tocqueville tiene en cuenta estos elementos al considerar la situación
americana, con un sistema de sufragio universal y derechos económicos
reconocidos, y donde las libertades civiles no son necesariamente causa de
trastornos sociales. El sufragio universal no conduce allí a la abolición de la
propiedad privada ni a una tiranía popular, que es lo más temido por la
burguesía francesa después de 1848. ¿Podría ser Francia un país como Estados
Unidos? Para ello son necesarias ciertas condiciones sociales y culturales,
propias de un pueblo como el americano. El problema es cuál puede ser la forma
adecuada de las futuras democracias europeas teniendo en cuenta las condiciones
sociales y culturales del pueblo europeo.
En la
Introducción a La democracia en América, Tocqueville dedica un espacio a
mostrar precisamente las condiciones políticas logradas en Francia desde el
desarrollo de la burguesía, y establece comparaciones con las condiciones
americanas, análisis que puede proyectarse perfectamente sobre el resto de
Europa occidental, piensa. Muestra cómo el desarrollo de la burguesía impulsa
el desarrollo de la igualdad social y la pérdida de poder en la nobleza,
gracias a la alianza con las monarquías. Así explica que
desde que los ciudadanos comenzaron a
poseer la tierra por medios distintos del sistema feudal y, ya reconocida, la
riqueza inmobiliaria pudo, a su vez, crear influencia y otorgar poder, no hubo
descubrimientos en las artes, no adelantos en el comercio y en la industria que
no significaran nuevos elementos de igualdad entre los hombres.
Así,
pues, Tocqueville ve en el desarrollo de las clases medias, gracias al nuevo
régimen de la propiedad privada, la fuente del desarrollo histórico de la
democracia en Europa, en la que la igualdad social juega un papel esencial. No
obstante, todo ese desarrollo histórico hacia la igualdad en Europa, avalado
dentro de la teoría providencialista, Tocqueville advierte ciertos problemas
que no han sufrido los americanos y que en Europa supondrían serios obstáculos
para la consolidación de un nuevo orden igualitario. Se aprecia, pues, la
constante comparación entre una nación plenamente democrática y una sociedad
que aún empieza a tantear el terreno.
El
primero de estos problemas es epistemológico: la sociedad europea ha sufrido el
embate revolucionario sin tener tiempo de adaptarse a los cambios
estructurales, pero siendo aún un movimiento lento aunque irreversible, se hace
necesario dirigirlo, se hace necesaria la intervención humana para hacer frente
al azar y dominar este movimiento: “adaptar el gobierno a la época y al lugar,
y modificarlo de acuerdo con las circunstancias y los hombres: tal es el primer
deber que se impone hoy día a aquellos que dirigen la sociedad”; sin embargo,
“los jefes de Estado nunca han pensado en algún preparativo previo en este
sentido: la Revolución se ha llevado a cabo a pesar suyo o sin su
consentimiento […]. Así pues, la democracia ha sido abandonada a sus instintos salvajes”
(Introducción…, pág. 29 de la edición citada). El resultado es precisamente la falta de adaptación
entre la revolución social y económica, llevada a cabo por el movimiento
inexorable de la historia (providencialismo), y la revolución política y
legislativa, tarea de los hombres, que han de atajar desde ahí los vicios de la
democracia descontrolada. Por ello se hace necesario el conocimiento político
del sistema democrático vigente en la ordenada sociedad americana.
El
segundo problema es de cohesión social. Tocqueville ve la necesidad de
restablecer la religión en su lugar, ante la situación de la sociedad tras la
revolución, pues “no se puede establecer el imperio de la libertad sin el de
las costumbres, ni establecer las costumbres sin las creencias” (Introducción,
pág. 34). El problema de Europa es para el pensador francés el hecho de que los
defensores de la religión están en contra de la igualdad social, mientras que
los defensores de la democracia son acérrimos materialistas contrarios a la
religión. Semejante situación hace desconfiar a unos de otros por culpa de
viejos prejuicios, y da lugar a que no se avance en la construcción de la
democracia en Francia y Europa. Por eso Tocqueville aspira a mostrar que sí es
posible una democracia cohesionada sin negar la libertad, dado que eso es lo
que ocurre en Estados Unidos: es una tierra de creyentes, y lo sigue siendo,
como bien se puede apreciar (Fukuyama da cuenta de la importancia de este
fenómeno tan americano). Allí fue posible el cambio democrático porque los
emigrantes que dejaron Europa para establecerse en Norteamérica, dejaron en
ella todos los prejuicios que han servido de leña al fuego de las luchas en el
Viejo Continente, y por ello ahora los americanos están disfrutando de los
beneficios de la revolución democrática sin haber sufrido ninguna revolución
(Introducción, págs. 35-37).
Tal es
la razón del interés de Tocqueville por América: encontrar enseñanzas que nos
puedan ser útiles” sin servir a ningún partido, sin interés panegírico y sin
querer preconizar ninguna forma de gobierno. Y, ¿qué encuentra en la sociedad americana del primer tercio del siglo XIX?
Igualdad social
Algo
que Tocqueville encuentra ampliamente difundido en la sociedad americana es la
igualdad social, fenómeno que en Europa está aún en ciernes.
La
igualdad tiene en Estados Unidos un peso importante como generador de
influencias, sobre la mezcla de la sociedad, sobre la opinión pública; “su
predominio sobre la sociedad civil no es menor que el que ejerce sobre el
gobierno, pues crea opiniones, engendra sentimientos, sugiere usos y modifica
todo aquello que él no produce” (Introducción, pág. 25). Es decir, que la igualdad genera
pluralismo, según Tocqueville, puesto que reparte la libertad por igual y pone
a cada sector de la sociedad en condiciones de expresarse sobre el conjunto y
hacer valer sus aspiraciones.
Descentralización política
La
sociedad americana ha logrado limitar el poder político y asegurar la libertad
ciudadana, sobre todo debido a que su organización política está
descentralizada y hay una primacía del poder local sobre el federal;
Tocqueville entiende que descentralización equivale a libertad.
En comparación con Europa y Francia, donde las últimas revoluciones no han
hecho sino centralizar aún más el poder.
Sentido de comunidad: la fe religiosa
En la
sociedad americana la fe religiosa es el fundamento más importante de las
actitudes sociales y políticas de los ciudadanos, permitiendo una convivencia
estable, un sentido de los valores y un clima de paz inimaginables en Europa;
por lo demás, y esto es importante, tal situación no supone la presencia de la
Iglesia en la política del Estado.
Esto
enlaza con una posición más crítica: la sociedad americana funciona así porque
en realidad es una sociedad de borregos que no piensan. Tocqueville no advierte
los conflictos subterráneos que recorren la sociedad americana: su afán
expansionista; su desprecio por los pueblos nativos, que poseen otras formas de
religiosidad; su tolerancia con el esclavismo, que han compatibilizado con la
Biblia; y, finalmente, la posibilidad de intervención de lo religioso en la
política, aunque haya una real separación entre Iglesia y Estado. Ocurre que en
Estados Unidos no hay una Iglesia, sino muchas que, naturalmente, no
tienen capacidad por sí mismas de intervenir en el Estado. Pero no hay que
olvidar la influencia de lo religioso como factor instrumental en la decisión
de voto, aunque, para excusar a Tocqueville, él nunca pudo advertir lo que
ahora es plenamente visible en el escenario político americano, pues nunca
antes del mesianismo MAGA de Trump había tenido la religiosidad un peso tan
importante en el control de la opinión pública americana, ni nunca se había
manifestado como ahora el sentido de rebaño entre la ciudadanía americana.
Sentido de comunidad: el interés particular
En una
carta a Chabrol, Tocqueville destaca el contraste entre los orígenes de la
nación americana y su espíritu comunitario (citada por Mayer, pág. 44):
Una sociedad formada por todas las
naciones del mundo, ingleses, franceses, alemanes… Gente toda con una lengua,
una creencia, unas opiniones distintas: en una palabra, sin raíces, sin
recuerdos, sin prejuicios, sin rutinas, sin ideas comunes, sin carácter
nacional.
Y, sin
embargo, todos estos elementos que originaron la nación americana se hallan
enlazados de tal modo que la sociedad americana no es una amalgama caótica de
culturas y gentes, sino que es un pueblo.
Lo que
une a los americanos, el nexo social o nacional, es, para Tocqueville, el
interés particular de cada americano, que coincide con el interés general. Un
interés particular que no encuentra obstáculos para su realización, porque el
poder político es escaso y las aspiraciones de poder son nulas entre los
civiles: se aspira más a la riqueza material y al porvenir económico
particular, que es el porvenir de todos en común.
El
espíritu del americano es la industria, el negocio (Mayer, págs. 44-47, citando
la carta a Chabrol):
Este pueblo parece una compañía de
mercaderes reunidos para su negocio; y a medida que se ahonda en el carácter
nacional de los americanos, advierte uno que no han buscado el valor de todas
las cosas de este mundo más que en la respuesta a una única pregunta: ¿cuánto
dinero se sacará de ello? El americano vive envuelto en el cambio, en el
riesgo. Por eso puede prescindir de las más antiguas tradiciones. Su virtud es
vivir para enriquecerse, y esa pasión hace que olvide todos los vicios, incluso
el de las mujeres, ya que solo se las aprecia como madres de familia y amas de
casa.
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FUENTES
Mayer,
J. P., Estudio biográfico de ciencia política. Madrid, Tecnos, 1965.
Tocqueville, La democracia en América. Madrid, SARPE, 1984.
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