PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

diumenge, 2 de juliol de 2017

EL MITO COMO DISCURSO PREFILOSÓFICO

La cultura griega arcaica tiene sus bases en lo mitológico. El discurso mítico, propio de los pueblos primitivos, fue prodigiosamente elaborado por los griegos, y de él no pudieron prescindir ni los mejores filósofos, como Platón. No hay una oposición clara entre mito y logos, ya que el mito es también una forma de logos y, en sus orígenes, una forma de saber, de representación del universo mediante una narración explicativa. Sólo a partir del desarrollo pleno de la filosofía griega, en su momento clásico, el mito es puesto en oposición al logos. Por eso es preciso señalar la diferencia entre el uso platónico del mito, claramente consciente en su intencionalidad pedagógica, y el uso arcaico e inconsciente del mismo, para captar el sentido primigenio del esquema mítico.
Las mitologías pueden entenderse como “preludios significativos de los intentos propiamente racionales de explicar el mundo” (Kirk & Raven), es decir, de la filosofía. Pero no se puede considerar un salto entre unas y la otra, sino que hay entre ambas una transición. Dentro de los discursos mitológicos hay algunos que son el resultado de un modo de pensar más empírico y menos simbólico, de manera que se acercan a las posteriores formulaciones de los naturalistas jonios, las primeras que pueden calificarse de filosóficas. Así, pues, el paso del mito al logos tiene un estadio intermedio, cuasi-racionalista, que se centra principalmente en explicar el nacimiento o la creación del mundo (cosmogonía), preocupación que también encontraremos en los naturalistas de Mileto (Kirk & Raven).
El concepto de mito no se aplica a una categoría precisa de narraciones sagradas relativas a los dioses o los héroes, sino que designa realidades muy diversas: teogonías y cosmogonías, ciertamente, pero también todo tipo de fábulas, genealogías, cuentos infantiles, proverbios, moralejas, sentencias tradicionales: en resumen, todos los se-dice que se transmiten espontáneamente de boca en boca. Lo que los mitos revelan es, en general, un ejemplo de la condición humana, pero un ejemplo entendido como forma precedente de entender la realidad, para explicarla. No se trata sólo de describir “lo que hicieron los dioses” y que los humanos imitan porque o hicieron los dioses (es decir, no sólo es un se-dice, sino también un se-hace), sino que el mito “revela una estructura de lo real que escapa a la aprehensión empírico-racionalista”, de manera que “el mito descubre una región ontológica inaccesible a la experiencia lógica superficial” (por ejemplo al hacer provenir dos divinidades opuestas de un mismo origen, haciéndolas hermanas). En el mito hay, pues, una expresión plástica y narrativa de lo que en la metafísica se expresaría dialécticamente, y llega a manifestarse incluso en las primeras formulaciones filosóficas: “Dios es el día y la noche, el invierno y el verano, la guerra y la paz, la saciedad y el hambre: todas las oposiciones están en él” (Heráclito). Y de estas oposiciones hay ejemplos en casi todas las manifestaciones mitológicas (iranias, hindúes, etc.) (Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1981, cap. XII, apdo. 158).
Los mitos eran utilizados por los griegos para narrar el origen del mundo, las genealogías y el número y la jerarquía de los dioses, pero también describían aspectos más cotidianos, relacionados con la vida y la muerte, el bien y el mal, las reglas políticas y sociales, e incluso se detienen en describir el origen y el uso de algunas armas u otros artefactos, para dedicarlos a la guerra o al trabajo. En el mito, pues, mediante fábulas alegóricas, se recrean hechos primordiales, intentando dar una explicación a las creencias, a las costumbres sociales, etc., a través de la exposición genealógica de estas creencias o costumbres. De este modo, los mitos lo que hacen es reproducir de modo ideológico los cimientos de las culturas o sociedades que los crean. Y a pesar de su enorme variedad, existe una uniformidad, versando sobre todo acerca del origen y sentido de la vida y de la sociedad, del origen del mundo, del significado de la muerte, etc., con lo que tienen un valor ejemplar o modélico, generando determinados valores y normas sociales. Por eso dan una explicación, un intento de saber de las instituciones sociales y de las diversas normas. De esta forma, también el mito, como la filosofía, es un sistema de interpretación que comprende tanto lo cósmico como lo humano. Enmascarado bajo la forma de alegoría narrativa, el mito pretende ser una explicación del cosmos en su totalidad; en cuanto a su extensión, pues, coincide con la explicación propiamente filosófica, aunque difieren ambas en su método, racional en la filosofía, y alegórico, remitiéndose al tiempo primordial, y frecuentemente "sagrado", en el mito, que frecuentemente se transmite de forma oral y sin espíritu crítico reflejo.
El mito se presenta, por consiguiente, en el contexto griego, no como una forma particular de pensamiento, sino como el conjunto que vehicula y difunde al azar los contactos, los encuentros, las conversaciones, ese poder sin rostro, anónimo, que Platón llama pheme, el "rumor". En este sentido se puede definir el mito como la narración o doctrina tradicional que no es justificada racionalmente, siendo transmitido, normalmente, por poetas, sacerdotes, etc. Su doctrina se refiere sobre todo a las cosmogonías, teogonías, teogenia, sobre el origen del hombre y el sentido de la existencia (de los dioses, del hombre y del cosmos). Esta visión no es, sin embargo, compartida por Aristóteles, quien consideraba al mito como un producto inferior o deformado de la actividad intelectual, un saber inferior, en la medida en que los valoraba desde la contraposición entre ficción y verdad. Al mito se le atribuye como máximo un valor de verosimilitud, siendo, sin embargo, por el uso que hace de las imágenes, un buen medio pedagógico y un eficaz instrumento de persuasión.
El esquema mítico, o la mentalidad mítica, no responde al concepto de hecho o acaecimiento individual, delimitado, particular. Esto es propio del discurso analítico, filosófico, o científico, es decir, lo que llamaremos logos. Antes de ese paso del mito al logos, el discurso de la cultura griega es simbólico, en el sentido en que el lenguaje, lo narrado en el mito, es una especie de emisario, una representación que reviste al hecho individual de una cierta aureola de significado. El pensamiento mitológico no define, no delimita lingüísticamente un concepto, sino que lo traslada a un acontecimiento, o a una persona concreta. Por ejemplo, la belleza. En los tiempos homéricos, no se definió como aquello arrebatador, sino que se representó en el mito del rapto de Helena (Selene, la belleza de la Luna), y su consecuencia inmediata, la guerra contra Troya para liberarla. O, también, la llegada de las primeras colonias griegas a las costas orientales del Mar Negro (Ponto Euxinos o Mar Tenebroso) no se describió sino a través de la leyenda del viaje de los argonautas en busca del vellocino de oro.
Este tipo de narraciones, sobre todo la épica homérica, encierran siempre un mito en torno a personas concretas, más o menos históricas, que fueron las imágenes en las que el griego arcaico pudo contemplar lo que e el alma llevaba mezclando imágenes, ideas y anhelos. El hecho o persona que protagonizan un mito tienen la virtud de encarnar modelos ideales que el griego arcaico no podía definir o analizar conceptualmente, en abstracto, tenía que concretarlo en imágenes, en criaturas o en acontecimientos.

"El mito, dejando tecnicismos aparte, es siempre un ideal, un modelo, que se lleva en el alma y que espolea e impele a buscar en lo real, en lo concreto, un caso en que se verifique, con mayor o menor aproximación, y, encontrado, hace del mito aureola de lo real, lo engrandece, abulta, sublima y dignifica, y bajo tales arreos desaparece siempre una parte de lo real, que a veces queda reducido a simple pretexto, ocasión y punto de apoyo de la potencia idealizadora del alma de un pueblo" (Introducción a La Ilíada, pág. VIII). De alguna manera, parece que el sentido mitológico tiene algo de profundo y misterioso que está fuera del alcance de toda conceptualización racional posterior, Al considerar, por ejemplo, la belleza, el lenguaje mitológico se refiere al rapto de Helena, la más bella de las mujeres, mientras que los filósofos hablan del orden, de la armonía de las formas, de lo placentero a la vista, etc.
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