PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

divendres, 4 de maig de 2018

LAS IDEAS INNATAS DE DESCARTES


Las ideas innatas son contenidos puros de la mente (sin la interferencia de los sentidos o la imaginación). Los contenidos puros son aquellos que no pueden ser fruto de los sentidos: alma, Dios, causa, sustancia, etc. Su origen no puede atribuirse a un principio externo al yo. Descartes otorga validez a tales conceptos puros desde el principio, ya que desconfía de los sentidos. Pero en el momento en que comienza a indagar en el interior de su mente y descubre tales contenidos, tampoco puede apoyarse en nada más que el cogito. La reflexión cartesiana no puede trascender el propio yo, de modo que esas ideas puras o innatas que Descartes encuentra en su mente de forma más o menos espontánea sólo pueden atribuirse a la propia razón, al pensamiento en sí mismo.
Así, pues, las ideas innatas son contenidos de la razón, forman parte del bagaje racional humano. Con ese bagaje no nos representamos imágenes sino que se hacen inteligibles objetos no imaginables, a los que Descartes llamará ideas innatas, dado que las descubrimos en la mente con independencia de los sentidos. Con estas ideas, según Descartes, podemos acceder a la realidad sin tener que confiarnos a los caprichos de los sentidos, que no engañan constantemente. En esta consideración se pre-supone que hay una conexión entre nuestra razón y la realidad, conexión que Descartes no pone bajo la duda, y eso que aún no se ha deshecho de la amenaza del genio maligno, que apunta precisamente a la conexión entre nuestro pensamiento y la realidad, a la fiabilidad de nuestro pensamiento.
Estamos, pues, siguiendo la misma senda, la que une la lógica y la ontología desde tiempos de los presocráticos. Pero no basta con decir que el logos expresa al ser. Descartes busca una certeza de que esa conexión es correcta, y la certeza no se deriva en absoluto de la pretensión de semejante conexión. La certeza que Descartes busca radica en el criterio de verdad antes definido, a partir de la primera verdad obtenida, verdad indudable, clara y distinta, de la existencia del yo. Cuando define la certeza del cogito como derivada de una evidencia racional, caracterizada por la claridad y la distinción, Descartes está poniendo las bases epistemológicas del conocimiento posterior a esos primeros hallazgos, el cogito y las ideas que pueblan el interior de esa cosa que piensa y que sólo puedo concebir con claridad y distinción como cosa pensante.
La teoría de las ideas innatas de Descartes conduce al establecimiento de verdades racionales según el criterio de la evidencia (claridad y distinción). En tanto que las ideas innatas son concebidas de esta manera, con claridad y distinción, Descartes les otorga la hegemonía epistemológica sobre los conceptos derivados de la experiencia (las ideas adventicias y las facticias).
Algunas de estas proposiciones evidentes por sí mismas, porque por sí mismas son claras y distintas, son estas que siguen, a modo de ejemplo:
·        Lo que ha sucedido no puede no haber sucedido.
·        Es imposible que un objeto sea y no sea al mismo tiempo.
·        De la nada, nada viene.
·        No puede haber más realidad en el efecto que en la causa.
Esta relación no está exenta de problemas. Descartes no distingue tajantemente entre lo que analítico y lo que es sintético, no aprecia diferencia lógica entre la primera y la última de las proposiciones citadas, de la misma manera que no verá diferencia alguna entre todos los triángulos tienen tres ángulos y Dios es necesariamente existente. Para él, ambas proposiciones son idénticas en tanto que le parecen igualmente claras y distintas. A pesar de ello, como se verá, dedicará muchas páginas de las Meditaciones a demostrar la segunda, mientras que es evidente que la primera se capta inmediatamente sin necesidad de argumentos, dado que se trata de una proposición analítica, una definición geométrica verdadera aunque no exista el mundo exterior, porque los objetos matemáticos son entes del pensamiento racional; pero a Dios se le supone en ese mundo exterior a la mente.
Por otro lado, tampoco considera que algunas proposiciones aparentemente racionales, puras, tengan implicaciones empíricas que cuestionen la certeza que les atribuimos. Por ejemplo, al afirmar que de la nada, nada puede venir, estamos presuponiendo que una proposición lógica exprese un juicio que pueda tener validez empírica, sin haberla contrastado empíricamente. En realidad, no hay ninguna razón para afirmar que un hecho precisa de algo que lo cause, que sea efecto de una causa. Semejante construcción lógica no tiene conexión necesaria con la realidad, podría no ser una descripción correcta de la realidad. Suponer que sea una descripción correcta de la realidad presupone que ya hay una conexión entre logos y realidad, pero no prueba nada. Descartes, simplemente, identifica plenamente lo mental con lo real, presupone sin dudarlo que el pensamiento racional capta la realidad correctamente sin necesidad de la experiencia.
Esta idea es válida porque nace de la razón. Confiamos en la razón porque no nos engaña como sí lo hacen los sentidos, cosa que comprobamos al contrastar la información de los sentidos con diversas experiencias seguidas. No siempre los sentidos aciertan. Pero la razón sí. Sin embargo, queda pendiente la cuestión de la validación de la razón misma. ¿Con qué la contrastamos? La cuestión es si esas proposiciones que Descartes considera válidas por sí mismas, autoevidentes, son genuinamente válidas, esto es, si la razón, causa de tales proposiciones, es válida.
Para apoyar la validez de la razón, Descartes echa mano de la idea de infinito, según el llamado argumento de la causalidad (Discurso del método IV y Meditaciones III, más adelante comentado). Descartes se considera un ser finito (imperfecto, puesto que tiene dudas), pero posee sin embargo la idea de infinito. ¿De dónde viene esa idea? Deduce que la causa de esta idea de infinito no puede proceder de él mismo, puesto que ha de haber tanta realidad en la causa como en el efecto, y él mismo no es infinito. Así, pues, la idea de infinito debe haber sido causada por algo a su vez infinito, y lo mismo ocurre con la razón que la piensa, con el pensamiento que posee esa idea de infinito. De modo que la razón, en tanto que es creada por algo infinito, participa de esa misma propiedad y se identifica con ese ser creador, que es infinito por necesidad, dado que ha creado la idea de infinito. Esta identidad necesaria entre creador y creado dan a Descartes la garantía de que la razón es válida, y que las proposiciones que de ella derivan también.
El crítico Mersenne aportó una objeción a esta propuesta cartesiana, reprochándole su circularidad: que para dar validez a los postulados de la razón y a la razón misma, Descartes utiliza a un ser infinito cuya existencia ha de ser probada a partir de alguno de esos postulados racionales, a saber, que ha de haber tanta realidad en la causa como en el efecto. De hecho, Descartes pretende deducir de la existencia en el pensamiento de la idea de infinito, la existencia de Dios como causa necesaria de la existencia del concepto en su mente. Es evidente que una prueba de la validez de la razón no puede ser dada por al razón misma. Pero Descartes cree que puede escapar de ese círculo aduciendo que se trata de un proceso intuitivo: la validez de la razón descansa sobre la intuición de aquellas proposiciones que son evidentes de forma inmediata (que equivale a poder sortear las trampas de aquel genio maligno).


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