TOCQUEVLLE Y EL PROVIDENCIALISMO


Tocqueville contempla la democracia como resultado de una larga revolución, que comenzó en 1789, larga pero irreversible. El resultado puede ser ventajoso o funesto, pero piensa que, si la sociedad occidental se plantea el problema, podrá obtener resultados positivos de la democracia. De ahí su interés por la democracia americana, la única democracia auténtica de su época. Piensa que la democracia americana acabará siendo la forma política generalizada, como modelo para el desarrollo en otros países de regímenes democráticos.

Su convicción sobre la irreversibilidad del proceso histórico de la democracia ya estaba presente en 1833, cuando comienza a escribir su obra sobre la democracia americana, y vio confirmadas sus expectativas cuando en 1848 estalla la revolución en Europa. Como señala en la “Advertencia a la duodécima edición” de su obra, publicada en 1848 (coincidiendo con El manifiesto comunista de Marx y Engels), “este libro se escribió hace quince años, con la constante preocupación por un solo pensamiento: el advenimiento próximo, irresistible y universal, de la democracia en el mundo (pág. 23 de la edición de SARPE). Y prosigue, en la Introducción a la obra, diciendo que (pág. 26):

 

Una gran revolución democrática se está operando entre nosotros. Todos la ven más no todos la juzgan de la misma manera. Unos la consideran como una cosa nueva, y tomándola por un accidente, esperan poder detenerla todavía; mientras que otros la juzgan irresistible, por parecerles el hecho más ininterrumpido, más antiguo y más permanente que se conoce en la historia.

 

Este hecho permanente es, en la mente de Tocqueville, el constante desarrollo de la igualdad social, presentado casi como un espectro que recorre Europa. Así, pues, la fuente histórica del desarrollo de la democracia en ese momento es el progresivo avance de la igualdad social, que viene de mucho más lejos, se remonta a los inicios del desarrollo de la burguesía y su predominio sobre la nobleza al aliarse con la monarquía, a la que luego amenazaron y derrotaron en 1789.


Tocqueville señala que la mayor ilustración de la sociedad, el nuevo régimen de propiedad y las pasiones de los hombres, contribuyeron a lo largo de la historia a fomentar el proceso de igualación social (pág. 27):

 

El afán de lujo, el amor a la guerra, el imperio de la moda, las pasiones del corazón humano, tanto las más superficiales como las más profundas, parecen actuar de acuerdo para empobrecer a los ricos y enriquecer a los pobres […]. Cuando se recorren las páginas de nuestra historia, no se encuentra, por así decirlo, ningún acontecimiento de importancia en los últimos setecientos años que no se haya orientado en provecho de la igualdad.

 

Esta idea del desarrollo histórico inevitable de la democracia tiene en Tocqueville un componente providencialista, muy cercano al de los tradicionalistas franceses de la generación anterior (Joseph de Maistre, de Bonald y Lamennais). Tocqueville muestra cada acontecimiento de la historia del orbe cristiano como aprovechable a la causa de la igualdad y la democracia. Pero solo por esto no podemos hablar de un providencialismo. Más adelante encontramos dos elementos que sí encajan en los postulados providencialistas marcados por el tradicionalismo francés como antecedente:

  • Que el hombre es un ciego instrumento de Dios.
  • Que, incluso obrando el hombre en contra del movimiento de la historia, se obra inevitablemente a su favor.


Por eso afirma Tocqueville (Introducción…, pág. 28):

 

Por todas partes se ha visto que los diversos incidentes de la vida de los pueblos se inclinan a favor de la democracia. Todos los hombres la han ayudado con sus esfuerzos: los que lucharon por ella y los que se declararon sus enemigos; todos han sido empujados confusamente por la misma vía y todos han actuado en común, unos contra su voluntad y otros sin advertirlo, como ciegos instrumentos de Dios […]. El desarrollo gradual de la igualdad de condiciones constituye, pues, un hecho providencial, con sus principales características: es universal, es duradero, se escapa siempre a la potestad humana y todos los acontecimientos, así como todos los hombres, sirven a su desarrollo.

 

Como en sus antecesores los tradicionalistas, muestra Tocqueville que el caos es una apariencia en el seno del orden dirigido por Dios. Y a todo ello se suma el sentido lineal del proceso histórico, que da al providencialismo de Tocqueville un tono progresista, ausente en los tradicionalistas franceses. La democracia avanza incontenible, y oponerse a ella es como oponerse a Dios, algo inútil, pues “a las naciones no les quedaría otro remedio que acomodarse el estado social impuesto por la Providencia” (Introducción…, pág. 29).

En este marco providencialista, ¿qué sentido tiene temer el excesivo desarrollo de la igualdad social, si cualquier intervención no va a servir para alterar los planes previamente trazados por Dios? Es más, ¿qué sentido tiene plantearse el papel de la intervención humana, sea en pro o en contra de un movimiento está dirigido por Dios? Si todo está predeterminado por una voluntad inasible, ¿qué sentido tiene un viaje a América?

El caso es que, aun considerando irreversible el proceso histórico de la democracia, Tocqueville contempla la posibilidad de la intervención humana porque hay un margen de decisión. La democracia es irreversible, pero, “según lo que tengamos, la libertad democrática o la tiranía democrática, el destino del mundo será diferente, y puede decirse que está hoy en nuestras manos el que la República termine por establecerse universalmente o por ser abolida en todas partes” (Advertencia de 1848, pág. 24 de la edición de SARPE).

Esto es una contradicción, la típica en la que caen todos los deterministas: si la historia es irreversible, qué sentido tiene abogar por la revolución, en el caso de Marx; si la democracia es irreversible, qué sentido tiene intervenir para evitar algo que Dios ya ha previsto y su sentido es inescrutable para los humanos. Lo más coherente en quienes crean en un determinismo de orden divino es la quietud.

Tocqueville intenta explicar esta contradicción como algo aparente. El problema es de desconocimiento. La democracia avanza en Europa desde hace siete siglos, y después de 1789 “el movimiento es bastante fuerte para no poder ser contenido, y no es aún suficientemente rápido para desesperar de dirigirlo (Introducción…, pág. 29). Aquí radica la posibilidad de intervención humana, en un sentido que tiene paralelismos con el marxismo, que no le queda tan lejos ni temporal ni geográficamente: la providencial marcha de la historia “trajo por resultado que la revolución democrática se ha realizado en la sociedad material, sin que ni en las leyes, ni en las ideas, ni en las costumbres tuviese lugar el cambio que habría sido necesario para hacer útil la revolución” (Introducción…, pág. 30).

Con ello quiere decir que tal desfase puede dar lugar al caos social, a la libre marcha de la democracia no arraigada en las costumbres y en la moral. Este desfase no es el motor de la historia, sino la excusa para justificar una intervención humana: para corregir las leyes desfasadas de la evolución de la sociedad. Al considerar el componente humano de las leyes se separa del tradicionalismo (las leyes también tienen un componente divino), y se manifiesta su anclaje en el liberalismo político. La acción política humana tiene como objeto (Introducción…, pág. 29):

 

domar la democracia, purificar sus costumbres, reglamentar sus movimientos, suplir poco a poco su inexperiencia en los negocios públicos, y sus ciegos instintos con el conocimiento de sus verdaderos intereses: adaptar su gobierno a la época y al lugar y modificarlo de acuerdo con las circunstancias y los hombres: tal es el primer deber que se impone hoy día a aquellos que dirigen la sociedad.

 

Aquí descansa la idea de que la democracia, dejada a su aire, conduce al caos social; Europa se admiraba de la estabilidad de la sociedad americana, tan libre y democrática y, sin embargo, tan estable, tan moral y religiosa. En contraste, la revolución que había acabado con el despotismo en Francia prosiguió con la abolición de la religión y la moral públicas, cosa que generaba desconfianza en las mentes más moderadas, entre las que se hallaba Tocqueville mismo, y por eso mismo interesado en analizar tal diferencia entre América y Francia-Europa. Era la diferencia entre la libertad democrática en un orden que respeta la propiedad privada, y la posible tiranía de una democracia radical, de tintes socialistas, colectivizadora de la propiedad y contraria a los intereses de la clase media. Aquí emerge el temor de Tocqueville, y la excusa para justificar la intervención humana.


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FUENTES

La democracia en América. Madrid, SARPE, 1984.

  



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