TOCQUEVLLE Y EL PROVIDENCIALISMO
Su
convicción sobre la irreversibilidad del proceso histórico de la democracia ya
estaba presente en 1833, cuando comienza a escribir su obra sobre la democracia
americana, y vio confirmadas sus expectativas cuando en 1848 estalla la
revolución en Europa. Como señala en la “Advertencia a la duodécima edición” de
su obra, publicada en 1848 (coincidiendo con El manifiesto comunista de
Marx y Engels), “este libro se escribió hace quince años, con la constante preocupación
por un solo pensamiento: el advenimiento próximo, irresistible y universal, de
la democracia en el mundo (pág. 23 de la edición de SARPE). Y prosigue, en la
Introducción a la obra, diciendo que (pág. 26):
Una gran revolución democrática se
está operando entre nosotros. Todos la ven más no todos la juzgan de la misma manera.
Unos la consideran como una cosa nueva, y tomándola por un accidente, esperan
poder detenerla todavía; mientras que otros la juzgan irresistible, por
parecerles el hecho más ininterrumpido, más antiguo y más permanente que se
conoce en la historia.
Este
hecho permanente es, en la mente de Tocqueville, el constante desarrollo de la
igualdad social, presentado casi como un espectro que recorre Europa.
Así, pues, la fuente histórica del desarrollo de la democracia en ese momento
es el progresivo avance de la igualdad social, que viene de mucho más lejos, se
remonta a los inicios del desarrollo de la burguesía y su predominio sobre la
nobleza al aliarse con la monarquía, a la que luego amenazaron y derrotaron en
1789.
Tocqueville
señala que la mayor ilustración de la sociedad, el nuevo régimen de propiedad y
las pasiones de los hombres, contribuyeron a lo largo de la historia a fomentar
el proceso de igualación social (pág. 27):
El afán de lujo, el amor a la guerra,
el imperio de la moda, las pasiones del corazón humano, tanto las más
superficiales como las más profundas, parecen actuar de acuerdo para empobrecer
a los ricos y enriquecer a los pobres […]. Cuando se recorren las páginas de
nuestra historia, no se encuentra, por así decirlo, ningún acontecimiento de
importancia en los últimos setecientos años que no se haya orientado en provecho
de la igualdad.
Esta idea del desarrollo histórico inevitable de la democracia tiene en Tocqueville un componente providencialista, muy cercano al de los tradicionalistas franceses de la generación anterior (Joseph de Maistre, de Bonald y Lamennais). Tocqueville muestra cada acontecimiento de la historia del orbe cristiano como aprovechable a la causa de la igualdad y la democracia. Pero solo por esto no podemos hablar de un providencialismo. Más adelante encontramos dos elementos que sí encajan en los postulados providencialistas marcados por el tradicionalismo francés como antecedente:
- Que el hombre es un ciego instrumento de Dios.
- Que, incluso obrando el hombre en contra del movimiento de la historia, se obra inevitablemente a su favor.
Por eso
afirma Tocqueville (Introducción…, pág. 28):
Por todas partes se ha visto que los diversos
incidentes de la vida de los pueblos se inclinan a favor de la democracia.
Todos los hombres la han ayudado con sus esfuerzos: los que lucharon por ella y
los que se declararon sus enemigos; todos han sido empujados confusamente por
la misma vía y todos han actuado en común, unos contra su voluntad y otros sin
advertirlo, como ciegos instrumentos de Dios […]. El desarrollo gradual de la igualdad
de condiciones constituye, pues, un hecho providencial, con sus principales características:
es universal, es duradero, se escapa siempre a la potestad humana y todos los acontecimientos,
así como todos los hombres, sirven a su desarrollo.
Como en
sus antecesores los tradicionalistas, muestra Tocqueville que el caos es una
apariencia en el seno del orden dirigido por Dios. Y a todo ello se suma el
sentido lineal del proceso histórico, que da al providencialismo de Tocqueville
un tono progresista, ausente en los tradicionalistas franceses. La democracia avanza
incontenible, y oponerse a ella es como oponerse a Dios, algo inútil, pues “a
las naciones no les quedaría otro remedio que acomodarse el estado social
impuesto por la Providencia” (Introducción…, pág. 29).
En este
marco providencialista, ¿qué sentido tiene temer el excesivo desarrollo de la
igualdad social, si cualquier intervención no va a servir para alterar los
planes previamente trazados por Dios? Es más, ¿qué sentido tiene plantearse el
papel de la intervención humana, sea en pro o en contra de un movimiento está
dirigido por Dios? Si todo está predeterminado por una voluntad inasible, ¿qué
sentido tiene un viaje a América?
El caso
es que, aun considerando irreversible el proceso histórico de la democracia,
Tocqueville contempla la posibilidad de la intervención humana porque hay un
margen de decisión. La democracia es irreversible, pero, “según lo que tengamos,
la libertad democrática o la tiranía democrática, el destino del mundo será
diferente, y puede decirse que está hoy en nuestras manos el que la República
termine por establecerse universalmente o por ser abolida en todas partes”
(Advertencia de 1848, pág. 24 de la edición de SARPE).
Esto es
una contradicción, la típica en la que caen todos los deterministas: si la
historia es irreversible, qué sentido tiene abogar por la revolución, en el
caso de Marx; si la democracia es irreversible, qué sentido tiene intervenir
para evitar algo que Dios ya ha previsto y su sentido es inescrutable para los
humanos. Lo más coherente en quienes crean en un determinismo de orden divino
es la quietud.
Tocqueville
intenta explicar esta contradicción como algo aparente. El problema es de desconocimiento.
La democracia avanza en Europa desde hace siete siglos, y después de 1789 “el
movimiento es bastante fuerte para no poder ser contenido, y no es aún
suficientemente rápido para desesperar de dirigirlo (Introducción…, pág. 29).
Aquí radica la posibilidad de intervención humana, en un sentido que tiene
paralelismos con el marxismo, que no le queda tan lejos ni temporal ni
geográficamente: la providencial marcha de la historia “trajo por resultado que
la revolución democrática se ha realizado en la sociedad material, sin que ni
en las leyes, ni en las ideas, ni en las costumbres tuviese lugar el cambio que
habría sido necesario para hacer útil la revolución” (Introducción…, pág. 30).
Con
ello quiere decir que tal desfase puede dar lugar al caos social, a la libre
marcha de la democracia no arraigada en las costumbres y en la moral. Este desfase
no es el motor de la historia, sino la excusa para justificar una intervención
humana: para corregir las leyes desfasadas de la evolución de la sociedad. Al
considerar el componente humano de las leyes se separa del tradicionalismo (las
leyes también tienen un componente divino), y se manifiesta su anclaje en el
liberalismo político. La acción política humana tiene como objeto (Introducción…,
pág. 29):
domar la democracia, purificar sus
costumbres, reglamentar sus movimientos, suplir poco a poco su inexperiencia en
los negocios públicos, y sus ciegos instintos con el conocimiento de sus verdaderos
intereses: adaptar su gobierno a la época y al lugar y modificarlo de acuerdo
con las circunstancias y los hombres: tal es el primer deber que se impone hoy
día a aquellos que dirigen la sociedad.
Aquí
descansa la idea de que la democracia, dejada a su aire, conduce al caos
social; Europa se admiraba de la estabilidad de la sociedad americana, tan
libre y democrática y, sin embargo, tan estable, tan moral y religiosa. En
contraste, la revolución que había acabado con el despotismo en Francia prosiguió
con la abolición de la religión y la moral públicas, cosa que generaba
desconfianza en las mentes más moderadas, entre las que se hallaba Tocqueville
mismo, y por eso mismo interesado en analizar tal diferencia entre América y
Francia-Europa. Era la diferencia entre la libertad democrática en un orden que
respeta la propiedad privada, y la posible tiranía de una democracia radical,
de tintes socialistas, colectivizadora de la propiedad y contraria a los
intereses de la clase media. Aquí emerge el temor de Tocqueville, y la excusa
para justificar la intervención humana.
____________________
FUENTES
La democracia en América. Madrid, SARPE, 1984.

Comentarios
Publicar un comentario
Deja un comentario, a ser posible relacionado con la entrada. Gracias.