LA IMPORTANCIA DEL MEDITERRÁNEO EN LA CRISIS DEL IMPERIO ROMANO (siglos III-VIII)
NOTAS DE LECTURA DEL LIBRO
Henri Pirenne, Las ciudades de la Edad Media. Madrid, Alianza, 1972, cap. 1. (1927)
Signos de decadencia en el Bajo Imperio
A partir del siglo III podemos observar algunos signos de decadencia:
- Disminución de la población en el Imperio, frente al crecimiento de la población en las zonas controladas por los bárbaros germánicos, que condicionará su disposición a ocupar zonas más allá de la frontera con el Imperio.
- Aumento del gasto militar para hacer frente a las amenazas fronterizas de los bárbaros.
- Presión fiscal sobre la población, para hacer frente al gasto militar.
- Atonía en las provincias continentales (decadencia urbana), pero en las zonas costeras se mantiene la actividad comercial basada en la navegación entre el Mediterráneo oriental y el occidental, y se mantiene el nivel de intercambio de productos entre los diferentes puertos del Imperio.
Incursiones e invasiones
En el
siglo III se da la primera incursión importante de los pueblos germánicos sobre
territorio del Imperio, mostrando la posibilidad de superar las defensas
fronterizas (el llamado limes). Según Pirenne, los bárbaros
buscan la costa, saben que la riqueza, el clima y la prosperidad están ahí, no
quieren quedarse en las zonas internas del continente. Esta primera incursión
alcanza numerosas zonas del Imperio, incluida la península itálica. Pero Roma
aún puede rechazar esta oleada y recuperar el territorio perdido. Pero es un
primer aviso de su debilidad. Solo durante siglo y medio más podrá contener sus
fronteras, a pesar de su creciente debilidad.
A principios del siglo V se consuma la invasión de la parte occidental del Imperio, que pierde así su unidad política.
- Vándalos, ocupan el norte de África
- Visigodos, ocupan Aquitania e Hispania
- Burgundios, ocupan el valle del Ródano
- Ostrogodos, ocupan Italia
- Francos, ocupan la Galia; no pueden ocupar la costa porque la han ocupado los burgundios, pero en momentos posteriores (hacia el 536) conquistarán Provenza.
Los
invasores son proclives a instalarse en las zonas marítimas, porque su objetivo
es el mar. Pirenne insiste en el interés de los merovingios por alcanzar
las zonas costeras de la Galia, e incluso Italia misma.
En 476 es destituido el último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo, por el líder germano Odoacro. En el decurso de las siguientes décadas habrá intentos por parte de Bizancio, bajo la figura de Justiniano, de recuperar la unidad perdida del Imperio, entre 527 y 565. Se reconquistan las provincias de África, Hispania e Italia. Durante un tiempo, el Mediterráneo vuelve a ser el lago de Roma. Pero Bizancio tampoco es capaz de conservarlo durante mucho tiempo, y los lombardos conquistan el norte de Italia en 568, y los visigodos recuperan Hispania. Bizancio conserva, sin embargo, la hegemonía marítima.
Consecuencias de las invasiones bárbaras
Las
consecuencias de las invasiones germánicas sobre la parte occidental del Imperio
son, según Pirenne, más políticas que otra cosa, no suponen una ruptura
radical, ni el inicio de una nueva época. “El objetivo de las invasiones no era
anular el Imperio Romano, sino instalarse allí para disfrutarlo” (pág. 10). De hecho, los bárbaros conservaron mucho más de lo que destruyeron o
aportaron. Los germanos no pudieron ni quisieron destruir lo romano; lo
degradaron, lo barbarizaron, pero no lo germanizaron.
Así, podemos hablar de la disolución del Estado en aquella parte del Imperio, cierto, pero se mantuvo la unidad en otros aspectos:
- En el aspecto religioso, se mantuvo la unidad de la cristiandad.
- Se mantuvo la lengua latina.
- Se mantuvieron las instituciones inferiores del Estado (las municipales, por ejemplo).
- Se mantudo el derecho romano.
- Se mantuvo el carácter marítimo del Imperio, conservando la importancia del mediterráneo como centro de intercambios económicos y culturales, como eje de una civilización que aún está activa.
En lo
económico hay que tener en cuenta que en los últimos tiempos del Imperio se
aprecia decadencia en la actividad, estancamiento que las invasiones bárbaras
acentuarán. “Pero se equivocaría el que se imaginara que la llegada de los
germanos tuvo como consecuencia la sustitución del comercio y de la vida urbana
por una economía puramente agrícola y un estancamiento general de la
circulación” (págs. 12-13). La repulsión de los barbaros hacia
lo urbano es una fábula, pues la mayoría de las ciudades saqueadas por ellos
sobrevivieron y conservaron la esencia romana de sus fundadores, incluso las
situadas en las riberas del Rhin o el Danubio. La Iglesia contribuyó a ello al
adoptar como propias las divisiones administrativas romana: la civitas
se convirtió en diócesis. Las instituciones municipales sobrevivieron a la
llegada de los germanos, así como los mercados tradicionales, abastecidos por
los campos cercanos y a su vez proveedores de las zonas costeras más cercanas.
Así, la
ciudad siguió siendo la residencia de los terratenientes durante el invierno.
También se mantiene la figura del mercader profesional, cuya actividad radica
en las ciudades, incluidas las ciudades del interior. A pesar del predominio de
la actividad agrícola, el comercio pervive y prueba de ello es el mantenimiento
de los peajes (theloneum), de origen romano. Pero todo este comercio en
las ciudades del interior depende del comercio marítimo, hasta el siglo VIII.
La importancia del Mediterráneo
En general,
la decadencia urbana no afectará a las ciudades marítimas, aunque con mayor ventaja
en las orientales. En Siria y Asia Menor se mantienen las exportaciones hacia
el resto del Imperio durante el siglo IV. Es un proceso que se conoce como orientalización
del Bajo Imperio, o también bizantinismo.
Obviamente,
el vehículo de este proceso cultural y económico es el Mediterráneo. El Imperio
se debilita por el norte, bajo la presión de las poblaciones germánicas (que
huyen de los hunos). A cambio, hay una acentuación del peso de las ciudades
costeras. Pirenne defiende la importancia de lo marítimo a nivel cultural,
frente a lo continental. Se ve incluso en las principales figuras intelectuales
del momento, que son todos itálicos o hispánicos. Los bárbaros asumen la
cultura latina, y desde el sur avanzan hacia el norte, a través de la
evangelización de los pueblos continentales mediante misioneros italianos o de
Marsella, o mediante la expansión del movimiento monacal, nacido en Italia.
Gracias
al mantenimiento de la navegación comercial entre el Mediterráneo oriental y el
occidental, “la organización económica del mundo sobrevivió a su fragmentación
política” (pág. 15). Es importante la contribución de la unidad
monetaria que los merovingios observaron, copiando los pesos y efigies de las
monedas bizantinas, para asegurar el comercio interior junto con el marítimo.
Marsella
sigue siendo, bajo dominio merovingio, el gran puerto de la Galia que fuera
durante el Imperio, que recibe barcos de diversos puertos del Mediterráneo
oriental, con mercancías provenientes de Siria, Constantinopla, Egipto, norte
de África, etc. Estos productos tienen mercado en las ciudades del interior, al
norte: papiro, especias, aceite, vino, tejidos de lujo, etc. Los mercaderes
profesionales que atienden todo este movimiento son mayormente judíos y sirios,
instalados en Marsella, pero también mercaderes indígenas. Toda esta actividad
atrae además a numerosos artesanos. Se puede decir que, en este momento, bajo
dominio franco, Marsella conserva lo que fue en tiempos del Imperio.
Documentos
y monedas muestran que las mercancías llegadas por mar se comercializaban en el
interior, e incluso llegaban a puertos del Atlántico, como Rouen y Nantes,
implicando también a mercaderes anglosajones. Pero la actividad se concentra
sobre todo en las ciudades del interior de Galia, al sur del Loira.
Por
otro lado, cabe esperar que los barcos que desembarcan productos orientales en
los puertos del Mediterráneo occidental no regresan de vacío a sus puertos de
origen en Oriente. Las fuentes habituales (Gregorio de Tours, Historia Francorum)
no indican nada concreto, pero es verosímil suponer que aún había cierto
comercio de esclavos provenientes en abundancia de las guerras emprendidas
contra los bárbaros de Sajonia, Turingia y zonas eslavas. Este comercio humano
se practicó entre los francos hasta el siglo IX, también controlado por mercaderes
judíos.
Esta
actividad comercial no es exclusiva de los puertos del sur de Galia, sino que
está presente en os otros territorios germánicos costeros, como Hispania. Las
invasiones bárbaras, pues, no acabaron con el comercio marítimo de la época
imperial. Este nuevo mundo mantiene el carácter mediterráneo que presentaba el
antiguo. Nada hace presagiar que en el siglo VIII se alterará profundamente
este escenario, a partir de las invasiones musulmanas, que afectarán a todo el mediterráneo,
de Este a Oeste. El orden que había sobrevivido a las invasiones bárbaras no
superará las invasiones musulmanas, pues, piensa Pirenne que supusieron casi
un cataclismo cósmico para los pueblos afectados. El avance musulmán acaba con
la unidad cultural y económica que el Mediterráneo había contribuido a
conservar, y este mar va a convertirse en barrera entre los territorios
conquistados por los musulmanes al sur y los territorios del norte, pero
también entre Oriente y Occidente, porque se romperá el vínculo entre Bizancio
y los reinos germánicos occidentales.


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