PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

dimecres, 28 d’agost de 2013

VÍCTIMAS DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

Como todo proceso revolucionario, el francés de 1789 a 1799 sumó incontables víctimas en todos los bandos, pero posiblemente en mayor número entre los sectores moderados de la burguesía y la ciudadanía, durante el período del Terror. Parece necesaria una revisión histórica centrada en las víctimas de la persecución política y policial, pero es sin duda un tema delicado, porque al mínimo descuido aparece el sesgo ideológico y algún dedo acusador señala. No vamos a hacer el juego a los revisionistas empeñados en santificar a los sufridos aristócratas que perdieron la cabeza bajo la guillotina. Sólo queremos hacer emerger todos los aspectos de la violencia revolucionaria, incluso aquellos que, siendo estructurales, la causaron.

Un primer vistazo a la documentación en la red sobre el tema de las víctimas de la Revolución francesa (así se ha indicado en el buscador) pone de manifiesto que la información accesible está claramente decantada hacia las versiones conservadoras de la Revolución. Si hacemos un pequeño estudio de la documentación encontrada mediante un buscador como google, podemos apreciar esto mismo (eludimos citar las páginas irrelevantes):




Es, desde luego, un tema que favorece al revisionismo más ultra, más enfrentado a la escuela clásica de la historiografía revolucionaria, la fundada por Jaurès a principios del siglo XX, y que halló en Mathiez, Lefebvre, Soboul y Vovelle su máxima expresión. Es una historiografía basada en el enfoque socioeconómico, y en ella se trasluce precisamente que la violencia revolucionaria tiene una causa subyacente en la violencia que el sistema económico produce sobre la población. La violencia popular o del Terror es una respuesta radical a la previa acumulación de violencia sobre las masas de la población más humilde. Las víctimas ya estaban antes de desatarse la violencia revolucionaria, sólo que estaban silenciadas, y no dejaron relatos personales de su situación ni de sus experiencias antes, durante y después de la Revolución.

La violencia revolucioanria es una respuesta sangrienta que genera víctimas de todo tipo. Conviene, entonces, situar a las víctimas en el centro del discurso histórico, darles un protagonismo que sólo tienen parcialmente. La dificultad de esta recuperación de la memoria radica en que la documentación conservada, a modo de relatos de memorias, diarios, cartas, etc., lo que sería la parte testimonial de la historia, germen de todo desarrollo historiográfico que busque resituar a las víctimas en el centro, dependerá de documentos escritos por gentes con la suficiente educación para escribir y llevar un diario o unas memorias, es decir, que los testimonios estarán mayormente decantados hacia sectores sociales desde moderados hasta contrarrevolucionarios. La queja del pueblo no va a poder oírse en primera persona, porque apenas hay documentación que la recoja. Así que la tarea de una historiografía que pretenda resituar a las víctimas en el centro del discurso, deberá hacer el esfuerzo de reinterpretación de los procesos de violencia sufridos por el pueblo francés en este proceso, incluyendo esa violencia estructural, tan discreta, que tampoco puede ser mencionada en los documentos que los sans-culottes y el campesinado no propietario tampoco podían escribir.

La protesta contra la violencia tiene ascendencia burguesa y aristocrática; no es de extrañar que las páginas web que se hacen eco de ella sean de tendencia conservadora o ultraconservadora. Ese ha de ser, no obstante, el punto de partida, los testimonios conservados. La cuestión es si desde ese punto de partida se puede hallar algún rasgo de identidad en esas víctimas que dejaron su testimonio que pueda hacerse común a las demás, a las silenciadas por no saber leer y escribir (que es una manifestación de la violencia del sistema económico sobre la población más débil). Sólo así, al resituar a las víctimas de la violencia revolucionaria en el centro del discurso historiográfico se eludirá el sesgo ideológico de los relatos testimoniales, decantados hacia el aldo conservador, para mostrar aquello más común a todas las víctimas: la violentación de sus personas, la instrumentalización de sus vidas, su uso como medios para un fin.








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