PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

diumenge, 4 de febrer de 2018

LOS REFUGIOS DE DESCARTES

Montaigne se escondió en su ciudadela huyendo del mundo cotidiano, donde no encajaba. Como él, otros personajes de su misma época siguieron trayectorias semejantes, aunque movidos por razones diferentes: uno necesitaba encontrarse a sí mismo, otros necesitaban trabajar en condiciones de paz y concentración, además de proteger su libertad... No hay duda de que quienes prefirieron rehuir del mundo se vieron empujados por sus propios demonios personales y su carácter. Hay, sin embargo, algo común a todos ellos: vivieron una época de conmoción, fueron víctimas de la lucha religiosa, conocieron de cerca la persecución de la Inquisición contra los disidentes, sufrieron el exilio… En aquellos momentos resultaba poco menos que perentorio ese deseo de preservar el espíritu al margen de presiones y de sentirse seguro en algún rincón alejado de la conmoción pública. Difícilmente encontraremos esta actitud tan radical dos siglos después, cuando el mundo parece invitar a las manifestaciones públicas: David Hume, por ejemplo, nunca necesitó esconderse, aunque sí publicó algunas obras anónimamente.
El caso de Descartes (1596-1650) es otro ejemplo de huida, de búsqueda de refugio, aunque dotado de atributos diferentes a los de la torre de Montaigne. Descartes erigió una ciudadela no por incompatibilidad personal con el mundo, sino precisamente para rehuir sus peligros y tentadoras atracciones y para conservar su preciada independencia intelectual. Descartes utilizó la ciudadela como refugio a pesar de desenvolverse libre y cómodamente en el mundo de la vida. Era un individuo sociable que gustaba de la calle y de viajar, de conocer mundo y de relacionarse con personas diversas. Fue sólo después de comprobar que sus reflexiones filosóficas no contaban con el beneplácito oficial cuando decidió mantenerse discretamente retirado. En 1629 empezó su libro sobre física, Le Monde, oú traité de la lumière, pero nunca lo envió al impresor al conocer la fatal suerte de Galileo, perseguido desde 1616 y condenado definitivamente en 1633 por afirmar que la Tierra se movía alrededor del Sol –como el mismo Descartes afirmaba en ese tratado. El libro se publicó de forma póstuma en el año 1664. Aquel nefasto episodio de la historia de la ciencia y de la Iglesia tuvo gran impacto sobre Descartes, que declinó la publicación de la obra. Y ese espíritu de prevención ante los peligros del mundo le llevó a la búsqueda de un refugio a pesar de que su predisposición natural fuera favorable al mundo material.
Remitiéndonos a lo que Descartes dice de sí mismo en el Discurso, escrito en el año 1637, cuando ya es un pensador maduro, fue un joven interesado por el mundo que le rodeaba. En modo alguno fue un hombre precozmente decepcionado, como Montaigne. Sin embargo, hay semejanzas entre ambos: los dos sufren del mal del escepticismo, y los dos utilizan una forma de expresión escrita totalmente nueva, el ensayo, en vez del tratado, y en una lengua accesible al hombre común, el francés.
El carácter biográfico del Discurso es un recurso muy parecido al que utiliza Montaigne. Es, sobre todo, un recurso diferente del oficial, del tratado académico (que Descartes no rechaza enteramente, desde luego), y persigue constituirse en una alternativa estimulante a todo aquello que con el tiempo se ha convertido en un lastre para el pensamiento y la ciencia de sus días. De hecho, en la relación que mantiene con los libros, Descartes también se asemeja a Montaigne: los libros de filosofía de la Escuela le aburren, la doxografía filosófica le parece insoportable y poco didáctica, y prefiere los escritos que despiertan su curiosidad, según confiesa a Beeckman en una carta fechada en 1630.
Aun así, entre Montaigne y Descartes hay una diferencia sustancial: el primero escribe un ensayo muy personal, una suerte de diario que, como él mismo advierte, no aspira a ninguna relevancia fuera del terreno doméstico y privado; Descartes, en cambio, escribe deliberadamente para los otros, y utiliza ese nuevo estilo para generar atracción. Cabe remarcar que el Discurso del método, al margen de su importancia para la historia del pensamiento occidental, es uno de los mejores libros de filosofía jamás escritos, un libro que genera curiosidad hacia la actividad intelectual poniéndola al alcance de cualquier persona que sepa leer; es un libro que en cada una de sus líneas invita a pensar.
El joven Descartes descrito en la primera parte del Discurso desea aprender todo aquello que le resulte de utilidad para la vida, y su interés proviene de su experiencia de estudiante en La Flèche, donde llegó a obtener el grado de doctor y sobresalió en el estudio de todas las materias del currículum oficial. Pero no sólo eso, sino que se desvió de los caminos comúnmente transitados, desobedeciendo las normas establecidas por los jesuitas y la censura eclesiástica, atreviéndose a leer todo aquello que caía en sus manos: textos esotéricos, ocultismo, magia, etc. Durante ese periodo de formación, enclaustrado entre los muros de la escuela, llegó a disfrutar del gusto por la vida intelectual, claramente separada del mundo de la vida material. Como él mismo relata, el estudio es una forma de conocer el mundo externo, una forma de contacto con una dimensión de la realidad: leer es como viajar en el tiempo y el espacio; hablar con los moradores de otras épocas prácticamente equivale a viajar.
Tras esa fase de formación y lectura, llegó para Descartes el momento de viajar de verdad. El joven Descartes ahora invierte el tiempo en busca del gran libro del mundo: conociendo cortes y ejércitos, recogiendo experiencias diversas y relacionándose con gentes de todas las naciones. Se alista en un tercio protestante primero y después en un tercio católico, pero siempre en condición de francés (aunque en sentido estricto todavía no lo fuera, puesto que su vida transcurrió en un momento histórico en que los vínculos feudales eran aún más fuertes que cualquier otro, incluyendo los que más adelante, tras la convulsión que trajo consigo la Revolución francesa, se llamarían nacionales); de hecho, se podría decir que Descartes encarna el europeísmo en el sentido estricto que Zweig defiende.
Aunque viaja y ve mundo, ya ha experimentado el gusto por el estudio en solitario, ha leído todo cuanto ha pasado por sus manos. Experimenta que leer es una actividad individual, un retiro de la vida cotidiana porque el libro nos captura y no podemos dejarlo a un lado. Y sus posteriores experiencias irán en la misma línea: el invierno de 1619 a 1620 lo pasa en un campamento militar, en una aldea cercana a Ulm, y allí, en un sencillo alojamiento apenas provisto de una estufa, asistirá a la experiencia intelectual que marcará su vida posterior, referida como el sueño que tuvo durante la noche del 10 al 11 de noviembre de 1619, según él mismo anota.
Por más que ese sencillo refugio militar no sea precisamente la torre-fortaleza de Montaigne, en ciertos aspectos se le asemeja lo suficiente, puesto que cumple con los requisitos mínimos de toda ciudadela ideal: le aleja de la conversación, garantiza la ausencia de divertimentos y perturbaciones y favorece la soledad y aislamiento, con la sola compañía de una estufa para evitar el frío y entregarse de tal guisa a la meditación. Así describe Descartes su precaria ciudadela en el campamento de invierno del ejército: otro soldado de su regimiento habría preferido echar una partida a los dados, o la compañía de alguna de las rameras que siempre seguían a la soldadesca. Descartes no: permaneció cercano a la estufa y profundamente inmerso en sus pensamientos.
Los nueve años que transcurren entre 1619 y 1628 son de transición entre una fase vital puramente mundana y otra puramente intelectual: combina los viajes, el ocio y las aventuras románticas con el trabajo intelectual desde el lecho, otra suerte de ciudadela para Descartes. Son años en que no se dedica más que a recorrer mundo, dice en la tercera parte del Discurso, aunque con un papel más de espectador que de actor en las comedias que en el teatro del mundo se representan. En París es huésped de un noble amigo de su padre, con cuya esposa entabla un romance. Visita los salones literarios y se luce en performances filosóficas. Y aunque persiste en conjugar el pensamiento con la actividad mundana, finalmente la vida intelectual gana la partida: se refugia en un estudio cuyas señas sólo conocen los más íntimos. Allí estudia matemática, y hacia 1628 empieza la redacción en latín de las Reglas para la dirección del espíritu, aunque ésta pasará a la historia como una obra inacabada.
A pesar de sus esfuerzos por rehuir el mundo, todavía lo siente demasiado cercano, y eso le supone una molestia. Finalmente, resuelve que para poder trabajar seriamente debe aislarse sin ningún tipo de paliativo, y por esta razón acaba instalándose en Holanda. Si bien la actividad mundana puede ser estimulante –como bien saben artistas y creadores plásticos y literarios–, llega un momento en que se convierte en una distracción molesta para el ejercicio de la práctica que se persigue –como bien sabe cualquiera que escriba. Para eludir ese fastidio y dedicarse enteramente y a sus anchas a pensar y escribir, Descartes debe encerrarse en una estancia a solas consigo mismo.
Tanto viajar como leer mucho, sin embargo, propician la pérdida de contacto con la realidad próxima, aduce. Esta consideración es esencial para entender que su premisa inicial es no perder de vista el mundo inmediato, y que su posterior búsqueda de alejamiento y refugio responde a un cambio de percepción: el mundo real trae consigo peligros y riesgos que le obligan a recurrir a un espacio donde poder trabajar con seguridad. En efecto, podemos invertir muchas horas en pensar sobre el mundo o definir su problematicidad, que al fin y al cabo constituye la misión de la filosofía[1], pero tarde o temprano, cuando emerjamos a la calle, nos daremos de bruces con la verdad de los otros, y tendremos que tomar decisiones materiales sobre asuntos que habitualmente no se le presentan a quien habita una estancia consagrada al pensamiento.
Es necesario huir del mundo para poder pensar con claridad; pero el mundo corre tras nosotros y tarde o temprano nos alcanza. Y entonces ya no tenemos tiempo, habremos de ofrecer respuestas adecuadas e inmediatas, incluso aunque no casen del todo con nuestra ideología. Descartes es consciente de ello, y por ese motivo establece para sí mismo una especie de moral provisional que le ha de permitir conducirse por el mundo real mientras el mundo del pensamiento pende del hilo de la reflexión constante. Esta moral provisional está contenida, de hecho, en la tercera parte del Discurso.
Hay que señalar que Descartes nunca realizó un desarrollo posterior, ni cualitativo ni cuantitativo, de estas máximas morales a priori provisionales, así que en verdad configuran su moral definitiva. Se desconoce si en un momento posterior quiso profundizar en ellas o sencillamente se sirvió del trabajo ya realizado y renunció a remover un terreno tan arriesgado como ése. Sin embargo, esa moral, provisional o definitiva, en realidad ponía en riesgo a ninguna instancia política, social o académica. Más que provisional, se trataba de una moral de prevención, de precaución ante un posible choque entre el pensador y la realidad, y permitirle a aquél pertrecharse ante el riesgo de ser expulsado del refugio propio, como le había sucedido a Galileo.
En efecto, en sus formulaciones, Descartes es suficientemente conservador y respetuoso con las autoridades para no temer la reacción de nadie. En ellas, ni las leyes civiles ni la religión son cuestionadas. Respeta las normas establecidas por la tradición sin caer en excesos ni radicalismos, aunque haya aspectos que no acepte de buen grado. Le queda como último consuelo la certeza de que nuestros pensamientos son nuestros y de nadie más, que permanecen bajo nuestro poder y que son la manifestación de nuestra libertad más íntima. El mundo puede cambiar y alterar nuestra vida cotidiana, pero nuestros pensamientos dependen sólo de nosotros y sólo nosotros los determinamos; nuestra mente constituye una ciudadela inexpugnable. Por eso la conservación de la propia libertad constituye la primera de las reglas señaladas por Descartes.
Aunque estas tres o cuatro normas de prudencia social son fruto de las reflexiones de un joven que sueña al amparo de la estufa dentro de una tienda de campaña militar, en él ya se adivina al filósofo maduro: se intuye su necesidad de independencia intelectual para desarrollar sus ideas sin permitir la intervención de factores ajenos al ámbito especulativo, y también la necesidad de prevención ante el riesgo de pisar, aun indeliberadamente, el terreno de los poderosos y el temor de que ello se convierta en un obstáculo para la consecución de sus objetivos intelectuales. Sin embargo, el joven Descartes todavía no ha se ha dado cuenta de que la ciudadela no sólo actúa en pro de la independencia intelectual (para ello sólo se requiere una ciudadela mental, cuya eficiencia ya experimentó en su campamento militar), sino que además es necesaria para garantizar la concentración y un resultado provechoso del ejercicio intelectual; más aún, incluso para alcanzar cierto grado de felicidad interior. El techo protector y la estufa son los elementos anecdóticos del precario primer refugio de Descartes, absolutamente sometido a los caprichos del mundo: un refugio a la altura del momento vital del filósofo, que persigue el estímulo de la experiencia para iniciar un proyecto intelectual que todavía no tiene una dirección concreta: “como esperaba conseguirlo mejor conversando con los demás hombres que permaneciendo por más tiempo encerrado en el cuarto en donde había meditado todos estos pensamientos, proseguí mi viaje ante de que el invierno estuviera del todo terminado”, dice en la tercera parte del Discurso, una vez a expuesto las reglas de su moral provisional.
Y a eso se dedica durante los nueve años comprendidos entre 1619 y 1628, antes de su retiro a Holanda. Son años de maduración, en los que todavía no percibe la necesidad de una ciudadela física para poder trabajar con la intensidad que desea. No renuncia al mundo porque todavía no le molesta, aunque, como ya se ha señalado, empieza a ser más espectador que actor. Sin embargo, para poder concluir su proyecto intelectual, que ya empieza a tomar cuerpo, tendrá que erigirse un rincón propio en una ciudadela física de verdad. Lo conseguirá más adelante: “hace justamente ocho años que este deseo me decidió a alejarme de todos los lugares donde podía tener algunas amistades y a retirarme a este país”, Holanda, “donde, en medio de la multitud de un gran pueblo muy activo, más atento a los propios negocios que curioso de los ajenos, he podido vivir tan retirado y solitario como en un apartado desierto, sin carecer de las comodidades que se encuentran en las ciudades más frecuentadas”, escribe al final de la tercera parte del Discurso.


[1]              Los filósofos piensan que todo es problemático, y pocos de ellos se dedican a investigar la verdad, dice Descartes a la dedicatoria de sus Meditaciones.
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