PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

viernes, 10 de mayo de 2013

TEXTOS: discurso de Pericles en honor de los muertos

ORACIÓN FÚNEBRE
PERICLES


Fuente: Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso II 34-46. Trascripción íntegra del texto de la edición de Gredos, págs. 114-121. El discurso de Pericles formaba parte de la ceremonia en honor de los primeros muertos en la guerra contra Esparta, recién iniciada, y puede situarse, según Tucídides, en el invierno que va de 431 a 430, después de la primera invasión espartana sobre el Ática, de la que se retiraron sin llegar a Atenas.





A
compañan al entierro gente de todas clases, ciudadanos o forasteros, y las mujeres de la familia se encuentran junto a la tumba llorando. Los entierran después en un monumento público, situado en el arrabal más hermoso de la ciudad y en el que era costumbre sepultar a los muertos en guerra, excepto los que murieron en la batalla de Maratón, a los cuales, en memoria de su valor excepcional, mandaron hacer un sepulcro especial en el mismo sitio. Cuando los han cubierto de tierra, es costumbre que un ciudadano notable, sabio y prudente, primero en la estimación pública y hombre de talento, pronuncie en su honor una oración y después de esto que cada cual se retire a su casa. De esta forma llevaban a cabo el entierro de los que morían en las guerras de los atenienses. En honor de los primeros, que fueron muertos en la guerra, fue elegido para hablar Pericles, hijo de Jantipo; y llegado el momento oportuno, subió a una tribuna muy elevada, desde donde pudiera ser oído por la multitud, y pronunció este discurso:


VII
Discurso de Pericles en honor de los muertos
“La mayoría de los que hasta este momento han pronunciado discursos en este lugar, elogian en gran manera esta costumbre antigua de honrar ante el pueblo a aquellos soldados que murieron en la guerra, pero a mí, en cambio, me parece que las solemnes exequias que públicamente celebramos hoy son el mejor elogio de aquellos que por su heroísmo las han merecido. Y también me parece que no se debe dejar a la palabra de un solo hombre el hablar de las virtudes y heroísmo de tan buenos soldados, ni tampoco creer lo que diga, ya sea un buen o mal orador, pues es difícil expresarse con justeza y moderar los elogios al hablar de cosas de las que apenas se puede tener una ligera sombra de la verdad. Porque, si el que oye ha sido testigo de los hechos, y quiere bien a aquel de quien se habla, siempre cree que el elogio es insuficiente en razón de lo que él desea y de lo que sabe; y por el contrario, al que los desconoce le parece, impulsado por la envidia, que hay exageración en lo que supera su propia naturaleza. Los elogios pronunciados a favor de otro pueden soportarse sólo en la medida en que uno se cree a sí mismo susceptible de realizar las mismas acciones. Lo que nos supera, excita la envidia y, además, la desconfianza. Sin embargo, ya que nuestros antepasados admitieron y aprobaron esta costumbre, yo debo también someterme a ella y tratar de satisfacer de la mejor manera posible los deseos y sentimientos de cada unos de vosotros. Empezaré, pues, por elogiar a nuestros antepasados. Pues es justo y equitativo rendir homenaje al recuerdo. Esta región, que han habitado sin interrupción gentes de la misma raza, ha pasado de mano en mano hasta hoy, guardando siempre su libertad gracias a su esfuerzo. Y si aquellos antepasados merecen nuestro elogio, mucho más lo merecen nuestros padres. A la herencia que recibieron añadieron, al precio de su trabajo y sus desvelos, la potencia que poseemos, porque ellos nos la han legado. Nosotros la hemos acrecentado. Aquellos que aún vivimos y nos encontramos en plena madurez, somos quienes hemos aumentado y abastecido la ciudad de todas las cosas necesarias, así en la paz como en la guerra. Nada diré de las proezas y hazañas guerreras que nos han permitido alcanzar la situación presente, ni de la valentía que nosotros y nuestros antepasados hemos demostrado defendiéndonos de los ataques de los bárbaros o de los griegos. Todos las conocéis, por eso no voy a hablar de ellas. Pero la prudencia y el arte que nos ha permitido llegar a este resultado, la naturaleza de las instituciones políticas y las costumbres que nos han ganado este prestigio, es necesario que sean expresadas ante todo. Después, continuaré con el elogio a nuestros muertos. Porque me parece que en las actuales circunstancias es oportuno traer a la memoria estas cosas y que será provechoso que las oigan tanto los ciudadanos como los forasteros que se han reunido hoy aquí.
“Nuestra constitución política no sigue las leyes de las otras ciudades, sino que da leyes y ejemplo a los demás. Nuestro gobierno se llama democracia, porque la administración sirve a los intereses de la masa y no de una minoría. De acuerdo con nuestras leyes, todos somos iguales en lo que se refiere a nuestras diferencias particulares. Pero en lo relativo a la participación en la vida pública, cada cual obtiene la consideración de acuerdo con sus méritos y es más importante el valor personal que la clase a la que pertenece; es decir, nadie siente el obstáculo de su pobreza o inferior condición social, cuando su valía le capacita para prestar servicios a la ciudad. Nosotros, pues, en lo que corresponde a la república, gobernamos libremente y, asimismo, en las relaciones y tratos que tenemos diariamente con nuestros aliados y vecinos, sin irritarnos porque obren a su manera, ni considerar como una humillación sus goces y alegrías, que a pesar de no producirnos daños materiales, nos ocasionan pesar y tristeza, aunque siempre tratamos de disimularlo. Al tiempo que no existe el recelo en nuestras relaciones particulares, nos domina el temor de infringir las leyes de la república, sobre todo obedecemos a los magistrados y a las leyes que defienden a los oprimidos y, aunque no estén dictadas, a todas aquellas que atraen sobre quien las viola un desprecio universal.
“Y, además, para mitigar el trabajo, hemos procurado muchos recreos al alma; hemos instituido juegos y fiestas que se suceden cada año; y hermosas diversiones particulares que a diario nos procuran deleite y disminuyen la tristeza. La grandeza e importancia de nuestra ciudad atrae los frutos de otras tierras, de modo que no sólo disfrutamos de nuestros productos, sino de los que nacen en el universo entero.
“En lo que se refiere a la guerra, somos muy distintos a nuestros enemigos, porque nosotros permitimos que nuestra ciudad esté abierta a todas las gentes y naciones, sin vedar ni prohibir a cualquier persona que adquiera informes y conocimientos, aunque su revelación pueda ser provechosa a nuestros enemigos; pues confiamos tanto en los preparativos y estrategias como en nuestros ánimos y vigor en la acción. Y aunque otros, en cuanto a la educación, acostumbren, mediante un entrenamiento fatigoso desde niños, su potencia viril; nosotros, a pesar de nuestra forma de vivir, no somos menos osados y valientes para afrontar el peligro cuando la necesidad lo exige. De esto es buena prueba que los lacedemonios jamás se atrevieron a entrar en nuestra tierra sin ir acompañados de todos sus aliados; mientras que nosotros, sin ayuda alguna, hemos hecho incursiones en el territorio de nuestros vecinos y muchas veces, sin gran dificultad, hemos derrotado en país extraño a los adversarios que defendían sus propios hogares. Ninguno de nuestros enemigos se ha atrevido a atacarnos cuando habíamos reunido todas nuestras fuerzas, tanto a causa de nuestra experiencia en las cosas del mar, como por los muchos destacamentos que tenemos en diversos lugares de nuestro territorio. Si por azar nuestros enemigos derrotan alguna vez a un destacamento de los nuestros, se jactan de habernos vencido a todos y si, por el contrario, les derrota una parte de nuestras tropas, dicen que han sido atacados por todo el ejército.
El gran historiador Tucídides
“Y efectivamente preferimos el reposo y el sosiego cuando no estamos obligados por necesidad al ejercicio de trabajos penosos y también [preferimos] el ejercicio de las buenas costumbres a vivir siempre con el temor de las leyes; de forma que nonos exponemos al peligro cuando podemos vivir tranquilos y seguros, prefiriendo la fuerza de la ley al ardor de la valentía. Tenemos la ventaja de no preocuparnos por las contrariedades futuras. Cuando llegan, estamos en disposición de sufrirlas con buen temple como los que siempre han estado acostumbrados a ellas. Por estas razones y otras más aún nuestra ciudad es digna de admiración. Al tiempo que amamos simplemente la belleza, tenemos una fuerte predilección por el estudio. Usamos la riqueza para la acción, más que como motivo de orgullo, y no nos importan confesar la pobreza, sólo consideramos vergonzoso no tratar de evitarla. Por otra parte, todos nos preocupamos de igual modo de los asuntos privados y públicos de la república que se refieren al bien común o privado y gentes de diferentes se preocupan también de las cosas públicas. Sólo nosotros juzgamos inútil y negligente al que no se cuida de la república. Decidimos por nosotros mismos todos los asuntos de los que antes nos hemos hecho un estudio exacto: para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no informarse antes detenidamente de ponerla en ejecución. Por esot nos distinguimos, porque sabemos emprender las cosas aunando la audacia y la reflexión más que ningún otro pueblo. Los demás, algunas veces por ignorancia, son más osados de lo que requiere la razón, y otras, por querer fundarlo todo en razones, son lentos en la ejecución.
“Sería justo tener por valerosos aquellos que, aun conociendo exactamente las dificultades y ventajas de la vida, no rehúyan el peligro.
“En lo que se refiere a la generosidad, también somos muy distintos a los demás, porque procuramos adquirir amigos dispensándoles beneficios antes que recibiéndolos de ellos, pues el que hace un favor a otros está en mejor condición que quien lo recibe para conservar su amistad y benevolencia, mientras que el favorecido sabe que ha de devolver el favor, no como si hiciera un beneficios, sino en pago de una deuda. También somos los únicos en usar la magnificencia y liberalidad con nuestros amigos y no tanto por cálculo de la conveniencia como por la confianza de la libertad.
“En una palabra, afirmo que nuestra ciudad es, en conjunto, la escuela de Grecia, y creo que los ciudadanos son capaces de conseguir una completa personalidad para administrar y dirigir perfectamente a otras gentes en cualquier aspecto. Y todo esto no es una exageración retórica dictada por las circunstancias, sino la misma verdad; la potencia que estas cualidades nos han conquistado, os lo demuestran claramente. Atenas es la única ciudad del mundo que posee más fama que todas las demás. Es la única que no da motivos de rencor a sus enemigos por los daños que les inflige, ni desprecio a sus súbditos por la indignidad de sus gobernantes. Esta potencia la demuestran importantes testigos y de una manera definitiva para nosotros y para nuestros descendientes. Ellos nos tendrán en gran admiración sin que tengamos necesidad de los elogios de un Homero, ni de ningún otro, para adornar nuestros hechos con elogios poéticos capaces de seducir únicamente, pero cuya ficción contradice la realidad de las cosas. Sabido es que gracias a nuestro esfuerzo y osadía hemos conseguido que la tierra y el mar por entero sean accesibles a nuestra audacia, dejando en todas partes monumentos eternos de las derrotas infligidas a nuestros enemigos y de nuestras victorias.
“Esta es la ciudad pues que con razón estos hombres no han querido dejar que fuera mancillada y por la cual han muerto valerosamente en el combate; nuestros descendientes están dispuestos a sufrirlo todo para mantener su defensa. Por estas razones me he extendido al hablar de nuestra ciudad ya que quería demostraros que no luchamos por lo mismo que los demás, sino por algo tan grande que nada lo iguala, y también para que el elogio de los hombres objeto de nuestro discurso fuese claro y veraz. He terminado ya con la parte principal. La gloria de la república se debe al valor de estos soldados y de otros hombres semejantes. Sus actos están a la altura de su reputación y existen pocos griegos de los que pueda decirse lo mismo. A mi parecer nada demuestra mejor el valor de un hombre que este final, que entre los jóvenes es un indicio y una confirmación entre los viejos. En efecto, aquellos que no pueden hacer otro servicio a la república es justo que se muestren valerosos en la guerra; pues han borrado el mal con el bien y sus servicios públicos han sobradamente las equivocaciones de su vida privada. Ninguno de ellos se dejó seducir por las riquezas hasta el punto de preferir los deleites a su deber, ni tampoco ninguno dejó de exponerse al peligro con la esperanza de escapar de la pobreza y hacerse rico, convencidos de que era preciso el castigo del enemigo al goce de estos bienes, y mirando este riesgo como el más hermoso, quisieron afrontarlo para castigar  al enemigo y hacerse dignos de estos honores. Sólo tuvieron confianza en ellos mismos en el momento de obrar y al encontrarse ante el peligro sostenidos por la esperanza incluso ante la incertidumbre del éxito. Prefirieron buscar su salvación en la destrucción del enemigo y en la misma muerte que en el cobarde abandono; así escaparon al deshonor y perdieron su vida. En el azar de un instante nos han dejado alcanzando la mayor cima de la gloria y no el bajo recuerdo de su miedo.
“Así es como se mostraron dignos hijos de la ciudad. Los supervivientes deben hacer todo lo posible para conseguir una suerte mejor pero deben mostrarse al mismo tiempo intrépidos contra sus enemigos, considerando que la utilidad y provecho no se pueden reducir a las palabras de un discurso. También sería retrasarse inútilmente enumerar ante gente perfectamente informada, como lo sois vosotros, todos los esfuerzos encaminados a la defensa del país. Cuanto más grande os parezca el poder de la ciudad, más debéis pensar que existieron hombres esforzados y valientes que se lo procuraron por haber sabido practicar la audacia como sentimientos de un deber y haberse conducido con honor durante toda su vida. Y cuantas veces fracasaron no se creyeron en el derecho de privar a la ciudad de su valor y es así como le sacrificaron su virtud como la más noble contribución, haciendo el sacrificio de su vida en común y adquiriendo cada uno por su parte una gloria inmortal que les ha ganado sepultura honorable. Y esta tierra donde ahora descansan no es tanto como el recuerdo inmortal siempre renovado y ensalzado en discursos y conmemoraciones. Los hombres eminentes tienen la tierra entera por tumba. Lo que atrae la atención hacia ellos no es sólo las inscripciones funerarias grabadas sobre la piedra; tanto en su patria como en los países más alejados, su recuerdo persiste a pesar del epitafio, conservado en el pensamiento y no en los monumentos.
“Envidiad pues su suerte, decid que la libertad se confunde con la felicidad y el valor con la libertad y no miréis con desprecio los peligros de la guerra. No penséis que los ruines y cobardes que no tienen esperanza de mejor suerte son más razonables en guardar su vida que aquellos cuya vida está expuesta al peligro se aventuran a pasar de la buena a la mala fortuna y que si fracasan verán su suerte completamente transformada. Pues para un hombre sabio y prudente es más dolorosa la cobardía que una muerte afrontada con valor y animada por la esperanza común.
“Por tanto no me compadezco por la suerte de los padres que estáis presentes, sólo me limitaré a consolarles. Ellos saben que entre las desventuras y peligros a que estuvieron sujetos durante su vida se han ganado una merecida felicidad alcanzando esta honrosa muerte como guerreros, al tiempo que vosotros recibís el dolor más honroso viendo coincidir la hora de su muerte con la medida de su felicidad. Sé muy bien cuán difícil es persuadiros. Ante la felicidad de los demás, felicidad de la que vosotros no habéis gozado, llegaréis en muchos momentos a recordar la memoria de vuestros desaparecidos. Ahora bien, sufrimos menos cuando nos privamos de los bienes que no hemos aprovechado que de la pérdida de aquellos a los que estamos habituados. Es preciso por tanto sufrirlo pacientemente y consolaros con la esperanza de tener otros hijos, aquellos de vosotros que todavía estáis en edad. En vuestra familia los hijos que tengáis en adelante os harán olvidar a los que ya no existen; y la ciudad ganará una doble ventaja: su población no disminuirá y la seguridad estará garantizada, pues lo que entregan a sus hijos al peligro en bien de la república, como lo han hecho los que perdieron a los suyos en esta guerra, inspiran más confianza que los que no lo hacen. En cuanto a los que no tenéis esta esperanza, recordad la suerte que habéis tenido gozando de una vida cuya mayor parte ha sido feliz; el resto será corto ¡que la gloria de los vuestros consuele vuestra pena!; sólo el amor de la gloria no envejece y en la vejez no es capaz de seducirnos el amor al dinero, como algunos pretenden, sino los honores que nos dispensan.
“Y vosotros, hijos y hermanos de estos muertos, pensad en lo que os obliga su valor y heroísmo. No hay hombre que no elogie la virtud y esfuerzo de los que murieron. A vosotros, a pesar de vuestros méritos, os será muy difícil alcanzar su mismo nivel, y no digamos superarlo. Porque, entre los vivos, el afán de emulación  provoca siempre la envidia, mientras que todos elogian y honran a los que mueren. También haré mención de las mujeres que han quedado viudas, expresando mi pensamiento en una breve exhortación: toda su gloria consiste en no mostrarse inferiores a su naturaleza y a que se hable de ellas lo menos posible entre la gente, tanto en bien como en mal.
“He terminado. Conforme a las leyes, mis palabras han expresado todo lo que me pareció útil. En cuanto a los honores reales, han sido ya rendidos en parte a los que aquí yacen más honrados por sus obras que por mis palabras. En adelante, sus hijos, si son menores, serán adecuados hasta su adolescencia corriendo los gastos a cargo del Estado. Es una corona ofrecida por la ciudad a fin de recompensar las víctimas de estas batallas y sus supervivientes; pues los pueblos que recompensan la virtud con magníficos premios obtienen también los mejores ciudadanos.
“Ahora, una vez que habéis llorado en honor de los desaparecidos, retiraos.”[1]
De esta manera se celebró el entierro en este invierno con el que acabó el primer año de guerra.[2]


[1] Final semejante al de la “Oración fúnebre” de Menexeno, en el diálogo homónimo de Platón.
[2] Se refiere al período que va de la primavera de 431 a la primavera de 430 a. C.




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