PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

dimecres, 8 d’abril de 2015

SPINOZA Y LA DUDA CARTESIANA

Descartes está en las bases de la filosofía de Spinoza, pero no de forma incondicional: su sistema arranca de la crítica a Descartes y sólo acepta algunas partes básicas de su pensamiento, como el primado de la razón, pero rechaza el dualismo y el idealismo implícito en el cartesianismo.


Por ejemplo, Spinoza mantiene que la proposición yo pienso es de naturaleza contingente, no expresa necesidad, porque es susceptible de duda. Por esta razón no la considera un sólido fundamento para una metafísica. La idea del cogito cartesiano expresa un subjetivismo que no puede darse en el conocimiento científico, que ha de darse desde un punto de vista de racionalidad imparcial.

Hay en Spinoza una crítica a la duda metódica cartesiana. En principio cuenta con la convicción de estar en la verdad a través de la geometría, del análisis euclidiano de la metafísica expuesta en forma de encadenamientos de definiciones y deducciones, de modo que no se siente en la necesidad de probar otro camino, otro método de garantía epistemológica. Admite la validez del método geométrico sin discusión previa (recordemos el argumento cartesiano del genio maligno que cuestionaba la solidez de la razón). Mientras que la mayoría de los filósofos comienzan por el mundo, y Descartes por el cogito, Spinoza parte directamente de la certeza de la existencia de Dios.

Discute también la libertad que Descartes se había tomado en su duda metódica. En lugar de obrar según razón, Descartes se dejó llevar por su concupiscencia, considerándose como un centro autónomo, situado frente a las cosas desde una perspectiva particular. Spinoza denuncia las ilusiones cartesianas de la subjetividad, encerrada abusivamente en un ser que se tiene por un todo, mientras que sólo es una parte de la naturaleza. En realidad, la duda no es un acto libre, sino fruto de la confusión y la ignorancia. Descartes elude la unidad activa del espíritu, con su potencia afirmativa opuesta a la negatividad de la duda.

Spinoza se basa, desde luego, en sus propias convicciones filosóficas, divergentes del cartesianismo original: niega la distinción entre las potencias de la voluntad y el entendimiento humanos, que está en la base de la teoría del error de Descartes; niega que el espíritu sea una sustancia pensante (pues sólo hay una sustancia de hecho, Dios); considera que la facultad de negar o afirmar es una ficción, y que no hay límites para la comprensión humana. En conjunto, la esencia de la separación de Spinoza respecto de Descartes se desarrolla en el espacio teórico de la necesidad, en el que no se admite ni la teoría voluntarista del error ni la libertad de pensar en que se inspira la duda metódica.

Una de sus maniobras cosiste en eludir el segundo nivel de la duda, el que se refiere a la correspondencia ontológica con los datos de los sentidos (referido en el argumento del sueño). Spinoza no entra en el asunto, se mantiene exclusivamente en el primer nivel, en la temática del conocimiento como presencia, esto es, en un plano meramente psicológico: el error se produce ante lo lejano (por ello confuso), corregible en base a una exacta geometría de la visión. De modo que el nivel de explicación geométrica no puede ser trascendido, y una afirmación o presencia erróneas son sustituidas por otras exactas. Más allá de esto no hay una reflexión sobre la situación cognoscitiva del observador.

La evidencia de la geometría es, además, resistente al supuesto engaño del genio cartesiano. Spinoza expone este tercer nivel de la duda metódica reduciéndolo a la mera hipótesis del genio pero sin contar con las consecuencias implícitas en la reflexión cartesiana, es decir, la hipótesis de la falibilidad de la razón humana, y además refuta al genio: su posibilidad sería digna de consideración sólo si pudiésemos encontrar que ese dios es engañador con la misma certeza con que hallamos que la suma de los ángulos de un triángulo es igual a dos ángulos rectos. Para Spinoza, el hecho de poseer alguna idea clara y distinta nos permite zafarnos de la amenaza del genio, cuando además poseemos de Dios un conocimiento semejante al que tenemos del triángulo. La evidencia geométrico-matemática resiste al engaño del genio, no tiene por qué sucumbir ante una extraña maniobra de un dios engañador.


BIBLIOGRAFÍA:
  • Lorda, F., Conocer Spinoza y su obra, Barcelona, Dopesa, 1980.
  • Rodis-Lewis, G., Descartes y el racionalismo. Barcelona, Oikos-Tau, 1971.


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