PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

diumenge, 26 de febrer de 2017

TRES FAMILIAS ÉTICAS

Teorías consecuencialistas

En este grupo de teorías, el criterio para valorar una acción moral es si su resultado va a ser bueno, beneficioso para el agente o para los demás. Problema: cómo definir bueno o beneficioso.

  • Egoísmo: si el beneficio se considera en relación con el agente de la acción moral. Esta teoría supone que las normas y los principios morales que las inspiran sólo son válidas si, al ponerse en práctica, obtenemos un beneficio personal (poder, felicidad, satisfacción, etc.). Hobbes sería el autor paradigmático de esta teoría, pero no el único ni el pionero.
  • Utilitarismo: si el beneficio de la acción se considera en relación con los demás. El gran problema es cómo definir ese beneficio ajeno. Los utilitaristas (Bentham, Mill, Stuart Mill, los pragmatistas, etc.) insisten en la búsqueda de la felicidad de la mayor cantidad de personas, cosa que les lleva a suponer que pueden cuantificar este concepto de alguna manera (riqueza, bienes, bienestar, etc.). Evidente aplicación política: una acción es buena si beneficia a una cantidad de personas mayor y sólo perjudica a una minoría, lo que nos permite tener un criterio racional para tomar decisiones. En base a esta racionalidad, el utilitarismo pretende ser universalista.

Teorías de los principios o deberes

Para estas teorías, el deber impulsa a la acción, y es más importante que las consecuencias de la misma porque en el deber está la raíz de la conducta moral, que se manifiesta en la voluntad de actuar bien al margen de las consecuencias de la acción.
En cierto sentido, el deber equivale a la voz de la razón en la vida práctica, pues es la razón quien dicta lo que tenemos que hacer, imperativamente, es decir, de forma tajante. En este sentido hay que distinguir los imperativos hipotéticos (qué he de hacer si... consecuencias) de los imperativos categóricos (he de hacer... porque es un deber moral).
El mejor ejemplo de esta teoría de los deberes es la filosofía moral de Kant, basada en el criterio formal del imperativo categórico (el deber por el deber):
“Actúa sólo según la máxima o norma que, a la vez, puedas desear que se convierta en universal.”
Este criterio es formal, sirve como criterio general de conducta para afrontar todos los problemas éticos que se nos presenten, y generar una norma para cada uno de ellos. Kant no proporciona una norma para cada caso, sino un criterio para todos los casos. Por eso su propuesta se llama formalismo moral.
La teoría kantiana no está exenta de inconvenientes, principalmente que no concede margen para las emociones en la vida moral, sino que es un formalismo frío.

Teorías éticas de la virtud

Estas teorías consideran que la buena vida y sus virtudes son definidas en el contexto del grupo social en un determinado momento histórico, aunque no como una opción personal fruto de la reflexión. Es una especie de culturalismo ético. El ser humano se define por la pertenencia al grupo, y en esa pertenencia halla respuesta a todos sus interrogantes.
Para estas teorías, no es necesario ir más allá del grupo, ni cuestionarse los fundamentos de la conducta colectiva. Al contrario, se trata de admitir los prejuicios como un fondo de sabiduría cultural que no precisa de reflexión crítica.
Problemas: si en mi comunidad se considera como adecuado apartar a los negros del resto de la mayoría, blancos, entonces cada individuo acabará asumiendo esta conducta como virtuosa. Pero no se trata de una maniobra de acomodación, como ocurría entre los escépticos: los miembros de una comunidad no se plantean los fundamentos de esa norma, sino que crecen con ella, la han integrado en su forma de entender el mundo, y la desarrollan a lo largo de su vida sin cuestionarla. En suma, estas teorías representan la negación misma de la filosofía moral, de la filosofía misma.


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