LA CRISIS DE LA REPÚBLICA
La libertad de América a los 250 años. Cómo se ve desde fuera
Mientras Estados Unidos conmemora el doscientos cincuenta aniversario de su experimento democrático, los pocos amigos que le quedan en el exterior –alguien como yo, por ejemplo– se preguntan qué pensar de este momento. La euforia compartida de la celebración del bicentenario que recuerdo de 1976 ha desaparecido. Si un outsider como yo asistiera hoy a una fiesta del Cuatro de julio, estoy seguro de que me recibirían con la típica cordialidad estadounidense, pero sospecho que las barbacoas, las fiestas callejeras y los fuegos artificiales solo se mantendrán en paz si todos se comprometen a no hablar de política. Las divisiones y los desacuerdos en Estados Unidos se han ensanchado hasta convertirse en un silencio peligroso. Una menguante tercera parte de la población, según las encuestas, cree que el presidente todavía puede volver a hacer grande a su país, mientras que una mayoría, cada vez mayor, cree que ha acelerado su declive. Los pesimistas se preguntan, parafraseando una célebre observación de Benjamin Franklin, si serán capaces de conservar su república.
Franklin se hacía eco de los historiadores de la Antigüedad griega y romana, que habían enseñado a los fundadores a temer que las repúblicas estaban condenadas a la decadencia. Doscientos cincuenta años después, los signos de ese declive se exhiben sin pudor en Washington: el ejercicio del poder ejecutivo al margen de la ley, la crueldad gratuita hacia los más vulnerables, la erección descarada de monumentos de autoglorificación, la corrupción sistémica en los niveles más altos y el desprecio abierto por lo que piensan los que alguna vez fueron aliados de Estados Unidos ante semejante espectáculo indecente.
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