PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

divendres, 16 de maig de 2014

RAZÓN Y EMOCIÓN SEGÚN XAVIER DE MAISTRE (1799)

Fragmentos de la Expedición nocturna alrededor de mi cuarto (Madrid, Calpe, 1921), de Xavier de Maistre, alrededor de la cuestión del difícil equilibrio entre razón y emoción, donde se manifiesta la reisstencia del romántico a dejar que la razón predomine sobre la emoción:

¡Qué par de extrañas máquinas _exclamé entonces_ la cabeza y el corazón del hombre! Arrastrado alternativamente por estos dos móviles de sus actos en dos direcciones contrarias, la última que sigue le parece siempre la mejor. ¡Oh, locura del entusiasmo y del sentimiento!, dice la fría razón. ¡Oh, debilidad e incertidumbre de la razón!, dice el sentimiento. ¿Quién podrá nunca, quién osará decidir entre ambos? Pensaba yo que sería realmente grande tratar la cuestión en el mismo punto y hora y resolver de una vez a cuál de estos dos quías convenía confiarme por el resto de mis días. ¿Seguiré de hoy en adelante a mi cabeza o a mi corazón? Examinémoslo (cap. XXIX). 

Pero la primera reflexión sobre este asunto me paró en seco [en ese momento montaba a caballo]. ¿Tengo yo el derecho de erigirme en juez de semejante litigio?, me dije entre dientes; ¿yo, que en mi conciencia fallo de antemano en favor del sentimiento? Pero, por otra parte, si excluyo la personas cuyo corazón predomina sobre la cabeza, ¿a quién podré consultar? ¿A un geómetra? ¡Bah, esas gentes están vendidas a la razón. Para decidir este punto sería necesario encontrar un hombre que hubiese recibido de la Naturaleza igual dosis de razón y de sentimiento, y que en el momento de resolver estas dos facultades estuvieran perfectamente en equilibrio… ¡Cosa imposible! Sería más fácil equilibrar una república. El único juez competente sería, pues, el que no tuviera nada de común ni con una ni con otro; un hombre, e fin, sin cabeza y sin corazón. Esta extraña consecuencia sublevó a mi razón; mi corazón, por su parte,  protestó de que él no había intervenido para nada en ella. Sin embargo, me parecía haber razonado  del todo bien, y habría con este motivo tenido la más deplorable idea de mis facultades intelectuales si hubiese reflexionado que en las especulaciones de alta metafísica, como la de que se trata, filósofos de primer orden han sido con frecuencia llevados, mediante razonamientos lógicos, a deducir consecuencias espantosas, que han influido sobre la felicidad  de la sociedad humana. Me consolaré, pues, pensando que el resultado de mis especulaciones no haría, por lo menos, daño a nadie. Dejé la cuestión indecisa y resolví, para el resto de mis días, seguir alternativamente a mi corazón o a mi cabeza, según que uno de los dos venciera al otro. Creo, en efecto, que es el mejor método. No he conseguido con él, en verdad, una gran fortuna hasta ahora, me decía a mí mismo. No importa; sigo mi camino; desciendo la senda rápida de la vida sin miedo y sin proyectos, a veces riendo, llorando a veces, y con frecuencia los dos a la par, o bien tarareando una vieja canción cualquiera para distraerme a lo largo del camino (cap. XXX).

Después de haberme fijado para lo porvenir una regla de conducta prudente, mediante una lógica luminosa, como se había visto en los capítulos precedentes, me quedaba por resolver un punto muy importante referente al viaje que iba a emprender. No se trata sólo, en efecto, de ir en coche o a caballo; es preciso también saber a dónde se quiere ir. Estaba tan fatigado por las investigaciones metafísicas en que acababa de ocuparme, que antes de decidirme por la región del globo a la cual daría la preferencia quise descansar un rato sin pensar en nada. Es esta una manera de existir que es también de mi invención, y que con frecuencia me ha servido de mucho; pero no le es concedido a todo el mundo saber usar de ella, porque si es fácil dar profundidad a las ideas reconcentrándose sobre un asunto, no lo es tanto parar de pronto el pensamiento como se para el péndulo de un reloj. Molière ha puesto en ridículo, sin razón, a un hombre que se entretenía en contemplar los círculos que hacía el agua de un pozo al escupir en ella; en cuanto a mí, me sentiría inclinado a creer que aquel hombre era un filósofo que tenía el poder de suspender la acción de su inteligencia para descansar; operación de las más difíciles que pueda ejecutar el espíritu humano. Bien sé que las personas que han recibido esta facultad sin haberla deseado, y que no piensan de ordinario en nada, me acusarán de plagio y reclamarán la prioridad de la invención; pero el estado de inmovilidad intelectual de que quiero hablar es muy diferente del que ellas disfrutan, y del cual el señor Necker ha hecho la apología[1]. El mío es siempre voluntario y no puede ser mas que momentáneo; para disfrutar de él en toda su plenitud, cerré los ojos, apoyándome con las dos manos en la barandilla de la ventana, pomo un jinete fatigado se apoya sobre el pomo de la silla, y pronto el recuerdo del pasado, el sentimiento de lo presente y la previsión de lo porvenir se aniquilaron en mi alma. Como quiera que este modo de existencia favorece poderosamente la invasión del sueño, al cabo de disfrutarlo medio minuto sentí que mi cabeza caía sobre mi pecho; abrí al instante los ojos, y mis ideas volvieron a seguir su curso; circunstancia que prueba evidentemente que la especie de letargo voluntario de que se trata es muy diferente del sueño, puesto que fui despertado por el sueño mismo, accidente que seguramente nunca le ha ocurrido a nadie (cap. XXXI).


 


[1] Cita el libro de Jacques Necker, Sobre la felicidad de los necios, publicado en 1782 (otras referencias lo datan en 1788).

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