PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

dijous, 7 de juliol de 2016

CÓMO ACABAR CON LA CULTURA

Walter Benjamin llegó a Moscú en diciembre de 1927 con la esperanza de iniciar alguna forma de colaboración entre las autoridades culturales bolcheviques y los intelectuales y artistas de izquierda alemanes. Ya sabía que el incipiente poder de Stalin podía ser un obstáculo, y en apenas dos meses se habían disipado todas sus dudas. A finales de enero de 1928 regresó a Alemania.

La cultura rusa ya ha tenido por entonces sus primeras víctimas políticas, muchas de ellas de ascendencia judía. Su amigo Bernhard Reich le explica algunas historias, como el caso del poeta y crítico G. Lélevich (pseudónimo de Labory Kalmanson), editor de la revista Octubre (todavía se publica, véase el siguiente enlace), que ya en 1926 había sido perseguido y encarcelado, y murió en un campo de concentración en 1946. Benjamin, en una entrada de su diario fechada el 9 de diciembre de 1927, narra su visita al apartamento de Lélevich, en Moscú, en el último día de su libertad (W. Benjamin, Diario de Moscú. Buenos Aires, Aguilar, 1990, págs. 16 y 19-21):


En seguida se llega a un gran jardín, o un parque, que hay que atravesar y por todo el cual se alzan complejos de viviendas. Al fondo de todo, una hermosa casa de madera blanca y negra en cuya primera planta se encuentra el piso de Lélevich. Al entrar en la casa nos encontramos con Besmensky, que sale en ese momento. Una escalera empinada de madera y, tras una puerta, primero la cocina, con chimenea. Luego, un vestíbulo muy sencillo, lleno de abrigos; atravesando un cuarto, al parecer una alcoba, se llega al despacho de Lélevich. Su aspecto es difícil de describir. Bastante alto, lleva un blusón ruso azul, se mueve poco (la propia habitación, muy pequeña y llena de gente, le retiene en la silla delante del escritorio). Lo curioso en él es su cara, larga y aparentemente inarticulada, con amplias superficies. Tiene una barbilla muy larga, como no la he visto en ningún otro hombre a excepción del enfermo Grommer, y apenas hendida. Da la impresión de ser una persona muy tranquila, pero se percibe en él toda esa actitud taciturna en la que se consume el fanático. Le preguntó a Reich repetidas veces por mí. Enfrente, sobre la cama, hay dos personas sentadas, una de ellas, con busón negro, joven y de gran belleza. Aquí sólo se hallan congregados representantes de la oposición literaria que han venido a pasar con él la última hora antes de su partida. Lo deportan. Al principio, la orden lo destinaba a Novosibirsk. "Usted", le dijeron, "no necesita una ciudad, cuyo círculo de influencia es, al fin y al cabo, limitado, sino toda una provincia". Pero él consiguió disuadirles y ahora le envían, para ponerse "a disposición del partido", a Saratov, a veinticuatro horas de Moscú, sin que él sepa todavía en qué se convertirá allí, si en redactor, en vendedor de alguna cooperativa de producción estatal o en qué otra cosa. En el cuarto de al lado, rodeada de otros visitantes, permanece casi todo el tiempo su mujer, una persona de expresión sumamente enérgica, a la vez que armónica, de estatura pequeña y exponente del tipo ruso meridional. Le acompañará los tres primeros días. Lélevich posee el optimismo del fanático: lamenta no poder escuchar el discurso que habrá de pronunciar Trotsky al día siguiente ante la Komintern en favor de Sinovieff [sic]; opina que el partido se halla ante un profundo cambio.

Esta historia puede servir de punto de partida para analizar las distintas formas de matar al artista

La primera de ellas sería su eliminación física, impedirle cualquier forma de actividad creativa por la vía del encarcelamiento, el aislamiento e incluso el asesinato. Es la esencia del GULAG. Tal fue el destino de Lélevich, tan olvidado que ni siquiera tiene entrada en la wikipedia inglesa. Con todo, esta vía puede ser físicamente dolorosa, pero al menos implica el reconocimiento del valor de la obra del artista hasta que se le impide seguir, porque su actividad es peligrosa para el Estado, la Revolución o lo que sea que deba protegerse de la cultura.

El caso es que la literatura soviética rebosa ejemplos de las diversas vías de neutralizar a los artistas en nombre de una determinada concepción de la cultura y del papel del artista en relación con la revolución. Cómo acabar con la cultura desde el otro lado de la cultura, el poder. En siguientes entradas se tratarán algunos de estos casos.





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