PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

dilluns, 16 de gener de 2012

OBITUARIO: Manuel Fraga (15 enero de 2012)


ARTÍCULO DE

MIGUEL ÁNGEL AGUILAR

Fraga amanecía más temprano


MIGUEL ÁNGEL AGUILAR El País, 16/01/2012
Estarán ya formados los gaiteiros en la plaza del Obradorio esperando para tributar la más sentida despedida fúnebre, como estuvieron ya otra vez, innumerables, cuando su entronización en la presidencia del la Xunta de Galicia. La capilla ardiente se instalará con esplendor nunca visto y por ella pasará el Gobierno, las Autonomías, los Ayuntamientos y otras representaciones institucionales. Además del grande acompañamiento popular, propio de las ocasiones excepcionales. Veremos personas de toda clase y condición guardando la fila, sin importarles las horas que deban permanecer en pie esperando turno, cualquiera que sea la circunstancia, bonacible o adversa, que el azar meteorológico depare, para rendir el último tributo al cadáver del prócer. Manuel Fraga Iribarne sólo se ha apagado después de ver triunfante al Partido Popular con Mariano Rajoy instalado en Moncloa, una circunstancia que multiplicará la solemnidad de su entierro en su querida Galicia natal.

Los Fraga, como escribe Joseph Roth de los Trota en su novela La marcha Radetzky, no eran de antiguo linaje. Buscaron mejor fortuna durante unos breves años de emigrantes en Cuba. Estuvieron de regreso en 1928 a tiempo de que el padre de Manuel fuera alcalde de Villalba (Lugo) durante la dictadura del general Primo de Rivera. Luego, concluida la guerra civil, Manuel Fraga fue un buen ejemplo de la meritocracia que el régimen del Movimiento Nacional gustaba de exhibir como uno de sus mejores argumentos, confirmación del principio de igualdad de oportunidades, abierto a la incorporación de las capacidades y los talentos, sin hacer acepción de clase social, ni privilegiar por la relevancia de los orígenes familiares. Los jerarcas de entonces, todavía con la camisa azul y el correaje de FET y de las JONS, estaban instalados en la celebración de la victoria sin magnanimidad, se prodigaban en múltiples tareas, promovían la adhesión inquebrantable, graduaban la represión, buscaban un acomodo en la escena internacional -mediante las bases cedidas a los americanos y el Concordato firmado con el Vaticano en prenda del nacional catolicismo- y sostenían la memoria imborrable del alineamiento en la guerra civil. Pero necesitaban candidatos a las Academias Militares, a los Altos Cuerpos del Estado o a las Cátedras universitarias.

Por ahí se abrió camino Manuel Fraga Iribarne, número uno en las oposiciones al Cuerpo de Letrados de Cortes en 1945, número uno también en las de ingreso en la carrera diplomática en 1947 y catedrático de Derecho Político de Valencia en 1948 y de Madrid en 1953. Se dejó querer primero por el ministro de Educación Joaquín Ruiz Jiménez, que venía de los católicos propagandistas que alternaban el colaboracionismo y la crítica constructiva con la apuesta por ideas de "mano tendida", consideradas inaceptables tras los disturbios de 1956, cuando la Universidad Complutense asumió el papel de banco de pruebas de la política. Pero la destitución fulminante de su ministro Ruiz Jiménez no le llevó a las tinieblas exteriores sino a la jurisdicción de otro ministro, el del Movimiento José Solís como Delegado Nacional de Asociaciones. Después al Instituto de Estudios Políticos y en 1962 al Gobierno como titular del departamento de Información y Turismo. Se entregó, con las peculiares maneras que le granjearon la denominación de "animal político", a la promoción del turismo a la multiplicación de la red de Paradores y a construirse una imagen personal con la utilización de su servicio de la radio televisión española que estaba bajo su control. Entre sus páginas negras, el intento de justificación del ajusticiamiento de Julián Grimau o la polémica con José Bergamín cuando la huelga minera de Asturias.

En enero de 1966 mantuvo engañados a los españoles sobre las bombas nucleares que habían caído sobre Palomares (Almería) al colisionar un bombardeo americano B-52 con un avión nodriza K-135 durante una operación de reabastecimiento en vuelo. Mantuvo el disimulo con la escena del baño en compañía del embajador americano, pero ahí siguen aún las consecuencias sin resolverse. Meses después propició la Ley de Prensa e Imprenta, que reemplazaba a otra dictada en plena guerra a la altura de 1938 por el cuñadísimo y ministro del Interior, Ramón Serrano Súñer. La Ley Fraga, proclamaba la libertad en el artículo primero y trataba de disuadir de su ejercicio en el artículo segundo, mediante una panoplia de sanciones que se reservaba el ministerio con efectos inmediatos. Terminaba la censura previa, pero se establecía la consulta voluntaria y empezaba el depósito previo de los ejemplares cuya incautación podía disponerse. Se extinguían las consignas por las que hasta entonces se obligaba a escribir en determinada dirección pero las presiones seguían y quienes las desoyeran podían recibir castigos irreparables.
El ministro Fraga se consideraba el administrador único de la libertad de Prensa. Era él, con su superior conocimiento, quién fijaba los márgenes que nos convenían en cada momento. Y cuando, por ejemplo, el diario "Madrid" publicó el 30 de mayo de 1968 un artículo titulado "No al General De Gaulle", Fraga entendió que se refería a Franco y propuso al Consejo de Ministros el cierre del periódico por dos meses que después se prorrogaron a cuatro. Eran medidas ejemplares que hacían cundir el pánico. Con los corresponsales extranjeros también se empleó a fondo al de Figaro, Guilleme Burlón, lo expulsó manu militari y sobre otros como el de Monde, José Antonio Novais, promovió inicuas campañas denigratorias. La explotación en el diario Abc de las anotaciones del diario personal de Enrique Ruano Casanova, que promovió el ministro Fraga, es otro de sus peores momentos.
Entre tanto, Franco había incorporado otro componente, el de los tecnócratas del Opus, a los que venía utilizando para la alquimia de sus Gobiernos. Eran nuevos competidores que se sumaban a los militares, falangistas, tradicionalistas descoloridos, católicos colaboracionistas y monárquicos sin prisas. Fraga les vio peligro y manejó los problemas de Vilá Reyes, cercano a los tecnócratas, en Matesa -el telar sin lanzadera y sin telar- hasta romper la sordina del régimen en asuntos de esta naturaleza y generar un gran escándalo, que terminó en 1969 con un nuevo gobierno del que Fraga quedó ausente. Fraga ocupó entonces la presidencia de Cervezas "El Águila" y volvió a la cátedra en el departamento que dirigía Carlos Ollero. Mantuvo su activismo político y periodístico, con la tarjeta de campeón del reformismo y en 1973 fue nombrado embajador en Londres, convertido en lugar de peregrinaje mientras Franco se extinguía y surgían Juntas y Plataformas.

Estuvo como vicepresidente y ministro de la Gobernación en el Gobierno que formó Carlos Arias Navarro al ser confirmado por el Rey en noviembre de 1975. Todavía creyó en la pervivencia de las Leyes Fundamentales del Movimiento sometidas a operaciones de maquillaje barroco. El presidente Adolfo Suárez le dejó fuera del Gabinete. En las elecciones de 1977 se presentó con un grupo de su invención "Alianza Popular" a partir de los "siete magníficos" donde se le sumaron otros personajes de las familias del régimen como Laureano López Rodó, Gonzalo Fernández de la Mora, Antonio Maria de Oriol, Enrique Thomas de Carranza, Licinio de la Fuente y Cruz Martínez Esteruelas. Formó parte de la ponencia encargada de redactar la Constitución de 1978. Hizo otra comparecencia electoral 1979 buscando sumar nuevas formaciones de demócrata cristianos y liberales descastados bajo la sigla común de "Coalición Democrática". Pero mientras se convertía en apóstol de la "mayoría natural" iba quedando claro que lo suyo sería siempre una minoría irremediable. Los socialistas tras su victoria de 1982 lo colmaron de atenciones, dijeron aquello de que le cabía el Estado en la cabeza e inventaron a su medida el puesto de jefe de la oposición.

Felipe González convocó el prometido referéndum sobre la permanencia en la OTAN en marzo de 1986 y Fraga, que era un acérrimo atlantista, se enrocó en la abstención cuando la victoria del "si estaba en peligro. Esa actitud le dejó fuera de la escena internacional, donde los conservadores de Margarita Thatcher en adelante le retiraron el saludo. Cundió el convencimiento de que Fraga era un imposible nacional. Entonces se retiró a Galicia donde triunfó en las elecciones autonómicas en 1990 y se mantuvo en la presidencia de la Xunta hasta 2005. Dejó el PP en manos de Antonio Hernández Mancha pero volvió para rectificar esa encomienda y poner al frente a José María Aznar. Después ha sido senador hasta que en 2011 anunció que no sería candidato. Son noventa años de pasión por el mando, de facultades, de memoria selectiva, de temperamento, de activismo infatigable, de mucho madrugar, de propósitos alternos, de audacias, de conformismos, de luces y de negruras.





ARTÍCULO DE SANTOS JULIA
EL PAÍS, 15 de enero de 2012

“Solo hay una España verdadera y la otra es la yedra, parásito que crece sobre la encina”, escribió hace 60 años Manuel Fraga, joven y brillante catedrático de Derecho Político, apropiándose una metáfora de Ramiro de Maeztu, muy socorrida en tiempos de la República. Esa España única y verdadera no había decaído sino que fue “derrotada por una conjuración europea capitaneada por Francia e Inglaterra y sañudamente pateada en el suelo de su vencimiento”. Derrotada, sí, y hasta pateada, pero ahí estaba ella otra vez, gran nación, en el mundo de hoy, escribirá el mismo Fraga, catedrático ahora de Teoría del Estado; una “España sin problema”, apropiándose para la ocasión de un pensamiento de Rafael Calvo Serer.
Eran los años cincuenta y Manuel Fraga se contaba entre los “cerebros más importantes” del Movimiento Nacional, protagonista de una carrera meteórica que desde la primera cátedra, conquistada a la temprana edad de 26 años, lo llevó por el Instituto de Cultura Hispánica, el Ministerio de Educación Nacional, el Instituto de Estudios Políticos y la Delegación Nacional de Asociaciones hasta la titularidad del Ministerio de Información y Turismo, al que fue llamado en 1962. Para entonces se había convertido ya en una “personalidad del régimen”, o sea, alguien con recursos intelectuales y políticos más que sobrados para desempeñar un papel de primera fila, quizá la mismísima presidencia del Gobierno, en la definitiva institucionalización que garantizara su permanencia más allá de la vida de su fundador.



Los padres de la Constitución de 1978
Para conservar hay que reformar, y únicamente se reforma aquello en lo que se cree, decía Fraga, cuando el régimen al que había entregado todas sus energías entró en un incierto proceso de transición hacia no se sabía dónde. Él, por su parte, creía y estaba dispuesto a dar su vida para conservarlo procediendo a las inevitables reformas. Fue en ese momento cuando, desde el Maeztu de juventud con su única España, y el Calvo Serer de su primera madurez con su España sin problema, dio un salto hacia atrás, hasta encontrarse con Cánovas del Castillo, artífice un siglo antes de la restauración de la monarquía borbónica.
La historia, y el eclipse final de sus adversarios en las luchas por el poder de los años sesenta, le habían situado en una posición privilegiada: liderar, desde la Vicepresidencia segunda del primer Gobierno de la Monarquía, “una sabia y prudente dictadura al servicio del establecimiento de un régimen liberal”, como atribuyó a Cánovas en una sonada conferencia. Creyente a pies juntillas en aquello que se llamó franquismo sociológico y convencido de que el régimen al que había servido era reformable desde dentro, anduvo a la búsqueda de su Sagasta —y… ¿por qué no Felipe González?— hasta que las gentes de su propio bando dieron un portazo a su plan de reformas y precipitaron su caída. Presumiendo ocupar el centro, la irrupción de la izquierda lo desplazó al lugar de donde procedía, la derecha de la derecha, junto a López Rodó, Martínez Esteruelas y demás importantes cerebros de las variadas familias del régimen.
“Pero, hombre, cómo te has aliado con Fraga”, preguntó el Rey a Fernández de la Mora, otro cerebro, “ni en Londres le han quitado el pelo de la dehesa”. Solo el colapso de Alianza Popular, nombre de lo que podía pasar por una santa alianza en defensa de la tradición, empezó a quitárselo; el pelo de la dehesa, quiero decir. Porque en las Cortes finalmente Constituyentes, y tras presentar en sociedad a Santiago Carrillo, Fraga comenzó a actuar como un demócrata después de la democracia. Participó activamente en la elaboración de la Constitución, aunque se opuso con su probada tenacidad, por “peligrosísima”, a la introducción de “nacionalidades” en el texto constitucional; y contempló sin melancolía la defección de sus aliados, que le permitió a él, en una nueva coalición con antiguos compañeros de Gobierno como Osorio y Areilza, desplazarse hacia el centro.
El naufragio de Unión del Centro Democrático hizo el resto. Sin verdaderos enemigos a su derecha, Fraga procedió a fabricar el último invento de su larga vida política por ver si podía quedarse con todo el centro. Lo bautizó como “mayoría natural”, que venía a cumplir en su estrategia la función antes asignada al “franquismo sociológico”. Solo que esa mayoría, por avatares de la historia, ceguera de advenedizos y astucia de sus adversarios, se redujo de pronto a “la oposición”, con un infranqueable techo electoral situado en las alturas del 25%. No más, tampoco menos, insuficiente en todo caso para afirmarse como alternativa del poder socialista que, por su parte, lo trató con toda clase de miramientos. El Estado le cabía en la cabeza, dijo de él famosamente Felipe González, que al final resultó ser el auténtico Cánovas, dejando para Manuel Fraga el dudoso honor de eterno aspirante a Sagasta.






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