PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

divendres, 31 de maig de 2013

BIOGRAFIA: Isabelle de Charrière (1740-1805)

Isabelle de Charrière 
(Zuilen, Holanda, 1740 – Colombier, Suiza, 1805)


Nombre original: Isabella Agneta Elisabeth van Tuyll van Serooskerken van Zuilen


Isabelle de Charrière, por Quentin de La Tour, 1771

Conocida también como:
Belle van Zuylen
Abbé de la Tour
Zélide



















1740      Nace en el seno de una familia de la alta nobleza holandesa. Tempranamente presenta una gran inteligencia y capacidad para el estudio, cosa que desembocará en una gran curiosidad e inconformismo. Sus padres le proporcionan los mejores tutores, aprende matemáticas, habla varias lenguas, lee a los clásicos y pronto comienza a escribir, en francés, que es la lengua usada por las élites europeas.

1762       Escribe su primera obra, Le Noble, una sátira sobre los prejuicios sociales.

1770    Se casa con con el tutor de su hermano, Charles-Emmanuel de Charrière de Penthaz, originario de la región de Vaud, como Suzanne Curchod, a quién seguramente conocerá más adelante, en París, como Mme Necker y madre de Mme de Staël. Al casarse, se establece en Colombier, muy cerca de Neuchâtel (Suiza).

Isabelle de Charrière, por Jens Juel, 1777
 Inicia su carrera literaria: novelas, panfletos, cuentos, correspondencia, piezas teatrales, escritos políticos e incluso libretos para óperas.

1784              Publica sus Lettres neuchâteloises.

1785      Isabelle conoce a Constant entre 1784 y 1786, posiblemente en 1785, en París, en la casa de Jean-Baptiste-Antoine Suard. Posiblemente sus respectivas familias se conocen de antaño, pues su origen está en la misma zona de la Suiza francófona. Constant está en la última etapa de su viaje de formación. Surge entre ellos una especie de relación materno-sentimental que se convertirá en una prolongada amistad y generará una también intensa correspondencia. Isabelle tiene 45 o 46 años y Constant apenas ronda los 20. Sin embargo, el padre de Constant se lo lleva de París a Bruselas, para luego hacerlo regresar a Lausanne.

1786     Publica su Caliste, ou lettres écrites de Lausanne. Según Sainte-Beuve, esta obra es un avance de los que será Corinne en manos de Germaine de Staël. (Portraits, pág. 522). El éxito de la novela la lleva a París y le abre las puertas de la buena sociedad, precisamente a través del salón de Mme Necker.

1787        En Lausanne, Isabelle vuelve a encontrarse con Constant, que ha regresado de un viaje por Inglaterra. Durante un corto período de tiempo tiene lugar la parte más intensa de su relación, que algunos califican de parasitaria. Sainte-Beuve es más explícito: Isabelle fue la primera marraine de Benjamin Constant (Portraits, pág. 498). Se encuentran en Colombiers, en la casa de ella, donde es recibido y donde se hospeda. Cuenta que se quedaban en la cama hasta bien entrada la mañana, cada uno en su habitación, desde donde se escribían largas cartas o conversaban de una habitación a otra, en una especie de tête-à-tête des matinées de Colombier (Portraits, pág. 528).

1788       Constant obtiene un cargo en la corte de Brunswick. Sainte-Beuve dice que cuando Benjamin cambia de escenario y encuentra otros ambientes, se referirá a Isabella de forma ligera, como quien ha abandonado una bandera y se dispone a servir bajo otra cualquiera (Portraits, pág. 529).

1789        Durante los años de la Revolución, acoge numerosos aristócratas refugiados, en Neuchâtel.

1794        Publica sus Lettres trouvées sous la neige.

Isabelle de Charrière y Germaine de Staël llegaron a conocerse y tratarse. Hay rastros de sus controversias en la Delphine de Staël (Portraits, pág. 529).

1797        Publica Trois femmes.

Isabelle de Charrière tuvo una vejez triste, dice Sainte-Beuve, en la soledad del país de Vaud. Su salud fue empeorando con los años. Después de varios días de enfermedad, murió la madrugada del 27 de diciembre de 1805, a los 65 años (Portraits, págs. 539-540).


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Bibliografía: Sainte-Beuve, Portraits de femmes. París, Gallimard, 1998.

La correspondencia entre Constant y Mme de Charrière puede encontrarse en una edición de los diarios y cartas de Benjamin Constant, Journal intime et lettres à sa famille et à ses amis. Paris, Ollendorff, 1895, en versión digital, en este enlace.



dijous, 23 de maig de 2013

PRESENTACIÓN LITERARIA (2013)

PRESENTACIÓN DEL POEMARIO DE ESTER ASTUDILLO

LA SEMÁNTICA DEL DÍA
THE SEMANTICS OF THE DAY



BIBLIOTECA FRANCESCA BONNEMAISON
BARCELONA
16 DE MAYO DE 2013

Video de la presentación. Audio en catalán

dimecres, 22 de maig de 2013

Una reflexión sobre "Adolphe", de Benjamin Constant

Adolphe, de Benjamin Constant (1816)



Obra casi autobiográfica, da cuenta de la ruptura de Benjamin Constant con Mme de Staël, diez años atrás, y de su relación con Charlotte von Hardenberg. Se considera un texto pionero de la novela psicológica moderna. Hay una segunda edición en ese mismo año, y una tercera en 1824. Es un gran éxito literario. 

Adolphe puede leerse en formato digital (pdf) en versión original, en este enlace.



Cartel de la película basada en esta novela, estrenada en 2002

Es un tópico aludir que ésta es una novela autobiográfica, cosa que se afirma hasta el punto de poner en duda que sea una genuina novela. Algunas frases de los diarios de Constant (Cahier Rouge) están casi íntegramente en sus novelas. El momento histórico en que fue pensada y escrita no se deja entrever, porque la acción no lo alude y podría situarse tanto cien años antes como cien años después. En cuanto al género, Adolphe va más allá del rupturismo de su época (sentimentalismo, libertinismo) y da inicio a una nueva forma de narrar, sin romper con los esquemas clásicos: la exploración de la propia consciencia, la novela psicológica, llenando el esquema formal de la novela con nuevos contenidos, inauditos entonces.



Las primeras referencias biográficas las encontramos en el primer capítulo: un padre soldado siempre en campaña, que parece servir de modelo para el padre de Adolphe (rigidez, timidez, ternura reprimida), con quien tiene tantos problemas de comunicación como Constant con el suyo; una mujer mayor que inicia al joven en los primeros pasos de la vida adulta, y que remite sin duda a Mme de Charrière, que le acogió siendo muy joven y le proporcionó una cierta educación social para poder adentrarse en los medios parisinos; el mismo carácter burlón, frío, irónico y áspero del protagonista, el joven Adolphe, perdido en una ciudad alemana de provincias que no menciona (Brunswick), se corresponde con el carácter de Constant, tal vez heredado de su padre. 

Isabelle de Charrière, 1777
Esos rasgos los describió Constant en su diario: captaba la ironía como estilo de vida de su familia, el desprecio de los sentimientos y las emociones ante la inteligencia y la gloria. Y sufrió las consecuencias que traslada a su personaje: dificultades para amar. Ya en el capítulo II aparece la protagonista femenina, Eleonora, una mujer diez años mayor, que vive con un conde al que ha dado dos hijos sin haberse unido en matrimonio. Mme de Staël, Charlotte von Hardenberg, Anna Lindsay; quizás todas ellas, pues Eleonora comparte rasgos, al menos, con las dos primeras: 

Charlotte (1769-1845) (ella es sobrina de Karl August von Hardenberg (1750-1822), que fue el canciller prusiano que hizo frente a Napoléon, estableció la alianza con Alejandro I de Rusia, y tuvo un importante papel en el Congreso de Viena) pasa por un par de matrimonios que no funcionan. Se conocieron en 1793 cuando estaba en pleno proceso de divorcio de su primer marido. Ella volvió a casarse en 1798, para divorciarse en 1807 y poder casarse, casi en secreto, con Benjamin, en 1808. Eso sí, permanecieron juntos hasta la muerte de Constant, en 1830.

La joven Germaine Necker, junto a un busto de su padre

Pero sin duda lo que más atraía a Constant era el carácter dominante, volcánico y receloso de Germaine, una mujer excesiva y tendente al escándalo, que no acaba de saber cómo retener a los hombres que se le acercan; un poco como Eleonora. Se conocieron en 1794, poco después de haberse separado Constant de un desgraciado matrimonio con Minna de Kramm, en Brunswick. Germaine estaba casada desde hacía tiempo, y ya había tenido varios hijos, no todos de su legítimo esposo. Germaine y Benjamin se emparejan, se juran amor eterno en Coppet, viven juntos en París, Germaine tiene una hija, pero Constant duda de su paternidad (parece ser que con razón); se mudan con frecuencia, se son infieles. Una vez conquistadas Germaine y Eleonora, acaban siendo un lazo, no un objetivo de seducción, y desaparece el hechizo; es lo que ocurre cuando se confunde la vida con los libros: primero es la carta de amor, y luego el amor. Mantuvieron una tormentosa relación sentimental hasta 1806, durante los cuales Constant pidió varias veces a su familia que le buscaran una novia para poder comprometerse en serio y abandonar a Germaine. Su fecunda relación intelectual se prolongó hasta la muerte de Germaine, en 1817.


 
Anna Lindsay (1764-1820) estuvo relacionada con Constant entre 1800 y 1801. Más que otra cosa, fue un affair, acompañado de correspondencia. Anna era sólo tres años mayor que Benjamin, había llegado a París hacía poco siguiendo a uno de sus amantes, Christian de Lamoignon, de vuelta de la emigración. Constant, que se sentía particularmente hastiado de la autoridad dominante de Germaine, trató incluso de casarse con ella, aunque se volvió atrás después de alguna escena de Germaine.













Lo que sí se refleja perfectamente en el personaje de Adolphe es el carácter vacilante con las mujeres tan propio de Benjamin (igual de vacilante en política). Vacila entre Germaine y Charlotte: se casa en secreto con ésta, pero es incapaz de dejar a la otra, por temor a sus arrebatos de cólera, hasta que los acontecimientos se precipitan por sí mismos y se produce la separación sentimental. Ésta es la constante en la vida sentimental de Benjamin, y esa continua vacilación se refleja perfectamente en su personaje: la eterna irresolución, el divorcio entre decir y hacer, la imposibilidad del entusiasmo y del amor, la apatía. Sin embargo, el personaje de Eleonora no hace justicia a Germaine, que tuvo siempre una actitud mucho más independiente y poco convencional de lo que se refleja en la novela, y era mucho más inteligente que Eleonora, que es un espíritu vulgar y carece de ideas interesantes (¿se trata entonces de Charlotte?). Eso sí, ambas son mujeres en contra de su destino: dos refugiadas políticas y apartadas de la dignidad de su posición original. 

Charlotte von Hardenberg
Por otro lado, las frecuentes discusiones entre la pareja de ficción, que se desarrollan en los capítulos V y VI, pueden darnos una idea de las idas y venidas de la pareja real por los caminos del desamor, sobre todo debido a los titubeos de Constant a la hora de romper la relación con Germaine, una vez ya comprometido con Charlotte. En la novela, Eleonora se transforma en un lastre que Adolphe soporta con resignación, incapaz de zafarse de ella porque es incapaz de tomar decisiones con firmeza. Adolphe se siente sometido a la voluntad de Eleonor, y a la vez horrorizado ante el imperio de las mujeres (cap. V); un personaje secundario le recuerda más adelante a Adolphe que es un hombre que no ama, sólo se deja dominar por una mujer exigente, que le exige su presencia y su dedicación, y añade: “No hay un solo hombre que no se haya visto alguna vez en la situación de desear romper una relación inconveniente, y que al mismo tiempo no haya temido ofender a esa mujer amada. [...] No existe una sola de estas mujeres apasionadas que tanto abundan que no haya preferido morir a ser abandonada; pero todas ellas viven y no han dejado de hallar consuelo” (cap VII). Choca, por eso, que Benjamin se ganara el corazón de Germaine simulando un intento de suicidio, en Coppet, pero se trataba de una estratagema muy propia de Adolphe. 

Sin duda ese vacilar en torno a una decisión dolorosa es la constante de Adolphe a lo largo de esta novela: desea liberarse del jugo que le impone la mujer, pero no se atreve a confesarlo ni a actuar para resolver la situación, aunque el desencanto del amor agotado se traslada inevitablemente a la convivencia de la pareja y la arrastra hacia un desenlace trágico. Los capítulos centrales son un ir y venir de justificaciones y vacilaciones, todas ellas fruto de la reflexión y la emoción nunca conciliadas (caps. VII al X). 

Otro elemento que resalta en esta novela es la presencia de las ideas de Rousseau. Cuando dice que la sociedad no tiene nada que temer de los excesos de la juventud, pues pesa tanto su sorda influencia sobre las personas, tan potente, que no tarda mucho en ajustarnos al molde común (al final del cap. I). O en otro pasaje, donde dice que “No es el placer, no es la naturaleza, no son los sentidos la fuente de la corrupción; son los cálculos a los que la sociedad nos habitúa y las reflexiones que la propia experiencia genera” (cap. III). “La sociedad es demasiado potente, se reproduce bajo infinitas formas y castiga con crueles sufrimientos todo amor que no haya sancionado” (Carta al editor, al final de la novela). Parece evidente que Constant es consciente del peso de los convencionalismos sociales en la dirección que apuntaba Rousseau, es decir, como moldeadores y corruptores de lo humano. En buena medida, su novela es una protesta contra tales limitaciones. Sin embargo, sobre este punto hay que señalar que tampoco hace justicia a Germaine de Staël, pues fue ella quien asumió genuinamente las ideas de Rousseau y las puso en práctica a lo largo de su vida. La vida de Constant, en cambio, se halla inmersa en una pugna con los convencionalismos, de la que no supo sobresalir.

Un apunte final. Hay una película francesa, basada en una obra teatral homónima, que está directamente relacionada con el texto de Constant, Adolphe. No es una versión de esta novela, pero la usa como excusa para desencadenar una corrosiva reflexión sobre los convencionalismos sociales y las dependencias ideológicas de la burguesía intelectual. 

Ofrecemos el trailer:




divendres, 10 de maig de 2013

NEURODIDÁCTICA: una comparación entre Neill y Gardner (2013)

A. S. Neill


Howard Gardner

Artículo mío publicado hoy mismo en la web Escuela con cerebro, de dicado a comparar las propuestas didácticas de Alexander S. Neill, fundador de la escuela de Summerhill, y las de Howard Gardner, pionero de la teoría de las inteligencias múltiples. El texto original es en catalán, y en breve se añadirán los enlaces correspondientes a las versiones española e inglesa.

Puede leerse en este enlace.





Los talleres de Summerhill

La escuela de Summerhill

TEXTOS: discurso de Pericles en honor de los muertos

ORACIÓN FÚNEBRE
PERICLES


Fuente: Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso II 34-46. Trascripción íntegra del texto de la edición de Gredos, págs. 114-121. El discurso de Pericles formaba parte de la ceremonia en honor de los primeros muertos en la guerra contra Esparta, recién iniciada, y puede situarse, según Tucídides, en el invierno que va de 431 a 430, después de la primera invasión espartana sobre el Ática, de la que se retiraron sin llegar a Atenas.





A
compañan al entierro gente de todas clases, ciudadanos o forasteros, y las mujeres de la familia se encuentran junto a la tumba llorando. Los entierran después en un monumento público, situado en el arrabal más hermoso de la ciudad y en el que era costumbre sepultar a los muertos en guerra, excepto los que murieron en la batalla de Maratón, a los cuales, en memoria de su valor excepcional, mandaron hacer un sepulcro especial en el mismo sitio. Cuando los han cubierto de tierra, es costumbre que un ciudadano notable, sabio y prudente, primero en la estimación pública y hombre de talento, pronuncie en su honor una oración y después de esto que cada cual se retire a su casa. De esta forma llevaban a cabo el entierro de los que morían en las guerras de los atenienses. En honor de los primeros, que fueron muertos en la guerra, fue elegido para hablar Pericles, hijo de Jantipo; y llegado el momento oportuno, subió a una tribuna muy elevada, desde donde pudiera ser oído por la multitud, y pronunció este discurso:


VII
Discurso de Pericles en honor de los muertos
“La mayoría de los que hasta este momento han pronunciado discursos en este lugar, elogian en gran manera esta costumbre antigua de honrar ante el pueblo a aquellos soldados que murieron en la guerra, pero a mí, en cambio, me parece que las solemnes exequias que públicamente celebramos hoy son el mejor elogio de aquellos que por su heroísmo las han merecido. Y también me parece que no se debe dejar a la palabra de un solo hombre el hablar de las virtudes y heroísmo de tan buenos soldados, ni tampoco creer lo que diga, ya sea un buen o mal orador, pues es difícil expresarse con justeza y moderar los elogios al hablar de cosas de las que apenas se puede tener una ligera sombra de la verdad. Porque, si el que oye ha sido testigo de los hechos, y quiere bien a aquel de quien se habla, siempre cree que el elogio es insuficiente en razón de lo que él desea y de lo que sabe; y por el contrario, al que los desconoce le parece, impulsado por la envidia, que hay exageración en lo que supera su propia naturaleza. Los elogios pronunciados a favor de otro pueden soportarse sólo en la medida en que uno se cree a sí mismo susceptible de realizar las mismas acciones. Lo que nos supera, excita la envidia y, además, la desconfianza. Sin embargo, ya que nuestros antepasados admitieron y aprobaron esta costumbre, yo debo también someterme a ella y tratar de satisfacer de la mejor manera posible los deseos y sentimientos de cada unos de vosotros. Empezaré, pues, por elogiar a nuestros antepasados. Pues es justo y equitativo rendir homenaje al recuerdo. Esta región, que han habitado sin interrupción gentes de la misma raza, ha pasado de mano en mano hasta hoy, guardando siempre su libertad gracias a su esfuerzo. Y si aquellos antepasados merecen nuestro elogio, mucho más lo merecen nuestros padres. A la herencia que recibieron añadieron, al precio de su trabajo y sus desvelos, la potencia que poseemos, porque ellos nos la han legado. Nosotros la hemos acrecentado. Aquellos que aún vivimos y nos encontramos en plena madurez, somos quienes hemos aumentado y abastecido la ciudad de todas las cosas necesarias, así en la paz como en la guerra. Nada diré de las proezas y hazañas guerreras que nos han permitido alcanzar la situación presente, ni de la valentía que nosotros y nuestros antepasados hemos demostrado defendiéndonos de los ataques de los bárbaros o de los griegos. Todos las conocéis, por eso no voy a hablar de ellas. Pero la prudencia y el arte que nos ha permitido llegar a este resultado, la naturaleza de las instituciones políticas y las costumbres que nos han ganado este prestigio, es necesario que sean expresadas ante todo. Después, continuaré con el elogio a nuestros muertos. Porque me parece que en las actuales circunstancias es oportuno traer a la memoria estas cosas y que será provechoso que las oigan tanto los ciudadanos como los forasteros que se han reunido hoy aquí.
“Nuestra constitución política no sigue las leyes de las otras ciudades, sino que da leyes y ejemplo a los demás. Nuestro gobierno se llama democracia, porque la administración sirve a los intereses de la masa y no de una minoría. De acuerdo con nuestras leyes, todos somos iguales en lo que se refiere a nuestras diferencias particulares. Pero en lo relativo a la participación en la vida pública, cada cual obtiene la consideración de acuerdo con sus méritos y es más importante el valor personal que la clase a la que pertenece; es decir, nadie siente el obstáculo de su pobreza o inferior condición social, cuando su valía le capacita para prestar servicios a la ciudad. Nosotros, pues, en lo que corresponde a la república, gobernamos libremente y, asimismo, en las relaciones y tratos que tenemos diariamente con nuestros aliados y vecinos, sin irritarnos porque obren a su manera, ni considerar como una humillación sus goces y alegrías, que a pesar de no producirnos daños materiales, nos ocasionan pesar y tristeza, aunque siempre tratamos de disimularlo. Al tiempo que no existe el recelo en nuestras relaciones particulares, nos domina el temor de infringir las leyes de la república, sobre todo obedecemos a los magistrados y a las leyes que defienden a los oprimidos y, aunque no estén dictadas, a todas aquellas que atraen sobre quien las viola un desprecio universal.
“Y, además, para mitigar el trabajo, hemos procurado muchos recreos al alma; hemos instituido juegos y fiestas que se suceden cada año; y hermosas diversiones particulares que a diario nos procuran deleite y disminuyen la tristeza. La grandeza e importancia de nuestra ciudad atrae los frutos de otras tierras, de modo que no sólo disfrutamos de nuestros productos, sino de los que nacen en el universo entero.
“En lo que se refiere a la guerra, somos muy distintos a nuestros enemigos, porque nosotros permitimos que nuestra ciudad esté abierta a todas las gentes y naciones, sin vedar ni prohibir a cualquier persona que adquiera informes y conocimientos, aunque su revelación pueda ser provechosa a nuestros enemigos; pues confiamos tanto en los preparativos y estrategias como en nuestros ánimos y vigor en la acción. Y aunque otros, en cuanto a la educación, acostumbren, mediante un entrenamiento fatigoso desde niños, su potencia viril; nosotros, a pesar de nuestra forma de vivir, no somos menos osados y valientes para afrontar el peligro cuando la necesidad lo exige. De esto es buena prueba que los lacedemonios jamás se atrevieron a entrar en nuestra tierra sin ir acompañados de todos sus aliados; mientras que nosotros, sin ayuda alguna, hemos hecho incursiones en el territorio de nuestros vecinos y muchas veces, sin gran dificultad, hemos derrotado en país extraño a los adversarios que defendían sus propios hogares. Ninguno de nuestros enemigos se ha atrevido a atacarnos cuando habíamos reunido todas nuestras fuerzas, tanto a causa de nuestra experiencia en las cosas del mar, como por los muchos destacamentos que tenemos en diversos lugares de nuestro territorio. Si por azar nuestros enemigos derrotan alguna vez a un destacamento de los nuestros, se jactan de habernos vencido a todos y si, por el contrario, les derrota una parte de nuestras tropas, dicen que han sido atacados por todo el ejército.
El gran historiador Tucídides
“Y efectivamente preferimos el reposo y el sosiego cuando no estamos obligados por necesidad al ejercicio de trabajos penosos y también [preferimos] el ejercicio de las buenas costumbres a vivir siempre con el temor de las leyes; de forma que nonos exponemos al peligro cuando podemos vivir tranquilos y seguros, prefiriendo la fuerza de la ley al ardor de la valentía. Tenemos la ventaja de no preocuparnos por las contrariedades futuras. Cuando llegan, estamos en disposición de sufrirlas con buen temple como los que siempre han estado acostumbrados a ellas. Por estas razones y otras más aún nuestra ciudad es digna de admiración. Al tiempo que amamos simplemente la belleza, tenemos una fuerte predilección por el estudio. Usamos la riqueza para la acción, más que como motivo de orgullo, y no nos importan confesar la pobreza, sólo consideramos vergonzoso no tratar de evitarla. Por otra parte, todos nos preocupamos de igual modo de los asuntos privados y públicos de la república que se refieren al bien común o privado y gentes de diferentes se preocupan también de las cosas públicas. Sólo nosotros juzgamos inútil y negligente al que no se cuida de la república. Decidimos por nosotros mismos todos los asuntos de los que antes nos hemos hecho un estudio exacto: para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no informarse antes detenidamente de ponerla en ejecución. Por esot nos distinguimos, porque sabemos emprender las cosas aunando la audacia y la reflexión más que ningún otro pueblo. Los demás, algunas veces por ignorancia, son más osados de lo que requiere la razón, y otras, por querer fundarlo todo en razones, son lentos en la ejecución.
“Sería justo tener por valerosos aquellos que, aun conociendo exactamente las dificultades y ventajas de la vida, no rehúyan el peligro.
“En lo que se refiere a la generosidad, también somos muy distintos a los demás, porque procuramos adquirir amigos dispensándoles beneficios antes que recibiéndolos de ellos, pues el que hace un favor a otros está en mejor condición que quien lo recibe para conservar su amistad y benevolencia, mientras que el favorecido sabe que ha de devolver el favor, no como si hiciera un beneficios, sino en pago de una deuda. También somos los únicos en usar la magnificencia y liberalidad con nuestros amigos y no tanto por cálculo de la conveniencia como por la confianza de la libertad.
“En una palabra, afirmo que nuestra ciudad es, en conjunto, la escuela de Grecia, y creo que los ciudadanos son capaces de conseguir una completa personalidad para administrar y dirigir perfectamente a otras gentes en cualquier aspecto. Y todo esto no es una exageración retórica dictada por las circunstancias, sino la misma verdad; la potencia que estas cualidades nos han conquistado, os lo demuestran claramente. Atenas es la única ciudad del mundo que posee más fama que todas las demás. Es la única que no da motivos de rencor a sus enemigos por los daños que les inflige, ni desprecio a sus súbditos por la indignidad de sus gobernantes. Esta potencia la demuestran importantes testigos y de una manera definitiva para nosotros y para nuestros descendientes. Ellos nos tendrán en gran admiración sin que tengamos necesidad de los elogios de un Homero, ni de ningún otro, para adornar nuestros hechos con elogios poéticos capaces de seducir únicamente, pero cuya ficción contradice la realidad de las cosas. Sabido es que gracias a nuestro esfuerzo y osadía hemos conseguido que la tierra y el mar por entero sean accesibles a nuestra audacia, dejando en todas partes monumentos eternos de las derrotas infligidas a nuestros enemigos y de nuestras victorias.
“Esta es la ciudad pues que con razón estos hombres no han querido dejar que fuera mancillada y por la cual han muerto valerosamente en el combate; nuestros descendientes están dispuestos a sufrirlo todo para mantener su defensa. Por estas razones me he extendido al hablar de nuestra ciudad ya que quería demostraros que no luchamos por lo mismo que los demás, sino por algo tan grande que nada lo iguala, y también para que el elogio de los hombres objeto de nuestro discurso fuese claro y veraz. He terminado ya con la parte principal. La gloria de la república se debe al valor de estos soldados y de otros hombres semejantes. Sus actos están a la altura de su reputación y existen pocos griegos de los que pueda decirse lo mismo. A mi parecer nada demuestra mejor el valor de un hombre que este final, que entre los jóvenes es un indicio y una confirmación entre los viejos. En efecto, aquellos que no pueden hacer otro servicio a la república es justo que se muestren valerosos en la guerra; pues han borrado el mal con el bien y sus servicios públicos han sobradamente las equivocaciones de su vida privada. Ninguno de ellos se dejó seducir por las riquezas hasta el punto de preferir los deleites a su deber, ni tampoco ninguno dejó de exponerse al peligro con la esperanza de escapar de la pobreza y hacerse rico, convencidos de que era preciso el castigo del enemigo al goce de estos bienes, y mirando este riesgo como el más hermoso, quisieron afrontarlo para castigar  al enemigo y hacerse dignos de estos honores. Sólo tuvieron confianza en ellos mismos en el momento de obrar y al encontrarse ante el peligro sostenidos por la esperanza incluso ante la incertidumbre del éxito. Prefirieron buscar su salvación en la destrucción del enemigo y en la misma muerte que en el cobarde abandono; así escaparon al deshonor y perdieron su vida. En el azar de un instante nos han dejado alcanzando la mayor cima de la gloria y no el bajo recuerdo de su miedo.
“Así es como se mostraron dignos hijos de la ciudad. Los supervivientes deben hacer todo lo posible para conseguir una suerte mejor pero deben mostrarse al mismo tiempo intrépidos contra sus enemigos, considerando que la utilidad y provecho no se pueden reducir a las palabras de un discurso. También sería retrasarse inútilmente enumerar ante gente perfectamente informada, como lo sois vosotros, todos los esfuerzos encaminados a la defensa del país. Cuanto más grande os parezca el poder de la ciudad, más debéis pensar que existieron hombres esforzados y valientes que se lo procuraron por haber sabido practicar la audacia como sentimientos de un deber y haberse conducido con honor durante toda su vida. Y cuantas veces fracasaron no se creyeron en el derecho de privar a la ciudad de su valor y es así como le sacrificaron su virtud como la más noble contribución, haciendo el sacrificio de su vida en común y adquiriendo cada uno por su parte una gloria inmortal que les ha ganado sepultura honorable. Y esta tierra donde ahora descansan no es tanto como el recuerdo inmortal siempre renovado y ensalzado en discursos y conmemoraciones. Los hombres eminentes tienen la tierra entera por tumba. Lo que atrae la atención hacia ellos no es sólo las inscripciones funerarias grabadas sobre la piedra; tanto en su patria como en los países más alejados, su recuerdo persiste a pesar del epitafio, conservado en el pensamiento y no en los monumentos.
“Envidiad pues su suerte, decid que la libertad se confunde con la felicidad y el valor con la libertad y no miréis con desprecio los peligros de la guerra. No penséis que los ruines y cobardes que no tienen esperanza de mejor suerte son más razonables en guardar su vida que aquellos cuya vida está expuesta al peligro se aventuran a pasar de la buena a la mala fortuna y que si fracasan verán su suerte completamente transformada. Pues para un hombre sabio y prudente es más dolorosa la cobardía que una muerte afrontada con valor y animada por la esperanza común.
“Por tanto no me compadezco por la suerte de los padres que estáis presentes, sólo me limitaré a consolarles. Ellos saben que entre las desventuras y peligros a que estuvieron sujetos durante su vida se han ganado una merecida felicidad alcanzando esta honrosa muerte como guerreros, al tiempo que vosotros recibís el dolor más honroso viendo coincidir la hora de su muerte con la medida de su felicidad. Sé muy bien cuán difícil es persuadiros. Ante la felicidad de los demás, felicidad de la que vosotros no habéis gozado, llegaréis en muchos momentos a recordar la memoria de vuestros desaparecidos. Ahora bien, sufrimos menos cuando nos privamos de los bienes que no hemos aprovechado que de la pérdida de aquellos a los que estamos habituados. Es preciso por tanto sufrirlo pacientemente y consolaros con la esperanza de tener otros hijos, aquellos de vosotros que todavía estáis en edad. En vuestra familia los hijos que tengáis en adelante os harán olvidar a los que ya no existen; y la ciudad ganará una doble ventaja: su población no disminuirá y la seguridad estará garantizada, pues lo que entregan a sus hijos al peligro en bien de la república, como lo han hecho los que perdieron a los suyos en esta guerra, inspiran más confianza que los que no lo hacen. En cuanto a los que no tenéis esta esperanza, recordad la suerte que habéis tenido gozando de una vida cuya mayor parte ha sido feliz; el resto será corto ¡que la gloria de los vuestros consuele vuestra pena!; sólo el amor de la gloria no envejece y en la vejez no es capaz de seducirnos el amor al dinero, como algunos pretenden, sino los honores que nos dispensan.
“Y vosotros, hijos y hermanos de estos muertos, pensad en lo que os obliga su valor y heroísmo. No hay hombre que no elogie la virtud y esfuerzo de los que murieron. A vosotros, a pesar de vuestros méritos, os será muy difícil alcanzar su mismo nivel, y no digamos superarlo. Porque, entre los vivos, el afán de emulación  provoca siempre la envidia, mientras que todos elogian y honran a los que mueren. También haré mención de las mujeres que han quedado viudas, expresando mi pensamiento en una breve exhortación: toda su gloria consiste en no mostrarse inferiores a su naturaleza y a que se hable de ellas lo menos posible entre la gente, tanto en bien como en mal.
“He terminado. Conforme a las leyes, mis palabras han expresado todo lo que me pareció útil. En cuanto a los honores reales, han sido ya rendidos en parte a los que aquí yacen más honrados por sus obras que por mis palabras. En adelante, sus hijos, si son menores, serán adecuados hasta su adolescencia corriendo los gastos a cargo del Estado. Es una corona ofrecida por la ciudad a fin de recompensar las víctimas de estas batallas y sus supervivientes; pues los pueblos que recompensan la virtud con magníficos premios obtienen también los mejores ciudadanos.
“Ahora, una vez que habéis llorado en honor de los desaparecidos, retiraos.”[1]
De esta manera se celebró el entierro en este invierno con el que acabó el primer año de guerra.[2]


[1] Final semejante al de la “Oración fúnebre” de Menexeno, en el diálogo homónimo de Platón.
[2] Se refiere al período que va de la primavera de 431 a la primavera de 430 a. C.




dijous, 9 de maig de 2013

MÁS LIBROS DE HISTORIA (1997)

Reseña mía de tres libros de historia, publicados por la editorial catalana Hipòtesi. Publicada en Lateral, abril de 1998.


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Descolonización y surgimiento del tercer mundo
Josep Sánchez Cervelló
Barcelona, Edicions Hipòtesi, 1997
123 págs.

LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN (1875-1923)
Ángel Duarte
Barcelona, Edicions Hipòtesi, 1997
87 págs.

EL MOVIMIENTO OBRERO EN ESPAÑA, SIGLOS XIX Y XX
Teresa Abelló Güell
Barcelona, Edicions Hipòtesi, 1997
138 págs.

Esta pequeña editorial barcelonesa inicia con estos tres textos una serie dedicada a la historia contemporánea y firmados por autores que han entrado recientemente en el panorama de la investigación humanística de este país.


El primero de los títulos pretende abordar la cuestión de la descolonización superando el prejuicio etnocéntrico que hasta ahora ha caracterizado a los diferentes estudios llevados a cabo: sólo los estados europeos han formado imperios coloniales, de manera que se han marginado procesos coloniales tan importantes como el chino, el japonés, el rudo, el estadounidense, y el etíope. Lo que leva a cabo el autor es un análisis de la descolonización en relación directa con los imperios, prescindiendo de parámetros regionales, ya que en el mismo continente africano fue diferente la descolonización de los dominios franceses que la de los dominios ingleses. Resalta en este terreno el capítulo dedicado al colonialismo soviético, que reprodujo la estructura centralista del imperio zarista a pesar de todas las formalidades legales que protegían a las repúblicas no rusas.





Los otros dos libros están dedicados a la historia reciente de España, concretamente a un periodo que hoy, cercano el centenario del desastre colonial, cobra actualidad. En La España de la Restauración (1875-1923) se rompe parcialmente con el tópico de que esta época estuvo dominada por el caciquismo y la oligarquía, pues su autor defiende que en ella se sentaron las bases de la política moderna: nacimiento de los partidos políticos, mayor influencia de la prensa sobre la opinión pública, movilizaciones ciudadanas, nacimiento del intelectual comprometido, organización del movimiento obrero, etc. Naturalmente, estos procesos se desarrollaron al margen de la España oficial, que continuaba anclada en posiciones anteriores a la revolución del 68, y fueron protagonizados más bien por la ciudadanía.

En este marco de movilización de las clases populares encaja el planteamiento del texto dedicado al movimiento obrero en España. La incapacidad del liberalismo español para incluir en las instituciones políticas de la Restauración a los movimientos populares y obreros que la industrialización había generado, es la causa del sempiterno retraso social y político del país. Aunque desde 1860 se puede hablar de tejido industrial en Cataluña, sólo hasta los años veinte de esta siglo, y gracias al empuje de la I Guerra Mundial, se puede hablar de industrialización es España. Durante este tiempo, el asociacionismo obrero nunca contó con un marco legal adecuado para protegerse y poder negociar sus demandas con el empresariado del primer capitalismo industrial español. Para ello habría que esperar a la Constitución de 1978.



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