PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

diumenge, 10 de novembre de 2013

BURLANDO LA ORDEN DE DESTIERRO (1806-1807)



Entre 1806 y 1807, Germaine de Staël estuvo en dos ocasiones en los alrededores de París, para poder negociar in situ la publicación de su Corinne (en 1807), sorteando la orden de destierro que Napoléon había lanzado contra ella. En realidad, se movió dentro del margen de 40 leguas (unos 160 Km.) que le habían marcado como límite, tocando poblaciones como Auxerre (a unos 140 Km. al sureste de París, camino de Dijon), Châlons (a unos 140 Km. hacia el este, camino de Metz, en la misma ruta que siguieron Luis XVI y su familia hacia Varennes), Blois (a unos 160 Km. hacia el suroeste, camino de Tours) y Saumur (a unos 220 Km. de París, pasado Tours), y siempre acompañada de Schlegel. En estas poblaciones ocupa sus posiciones, como jugando una partida de ajedrez contra Napoleón y Fouché, su ministro de policía. Incluso llega a establecerse en Rouen, a poco más de 100 Km. de París, mucho más cerca de lo permitido. Con el tiempo, y gracias a la tolerancia de Fouché, que prefería hacer el menor mal posible si no era útil, Germaine pudo establecerse a 18 leguas de París, en Acosta, dominio de Mme de Castellane (que era amante de Chateaubriand). Aún en 1806 se atreve a visitar París mismo, al anochecer, avisando con antelación sólo a algunos amigos, con los que se permite el capricho de algunos paseos a la luz de la luna, pero evitando dejarse ver durante el día. Sin embargo, estas excursiones llegaron a los oídos de Fouché, por lo que Germaine debió de abstenerse de ellas.
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