PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

dilluns, 15 d’octubre de 2012

RESEÑA: Fouché, por Stefan Zweig





FOUCHÉ. RETRATO DE UN HOMBRE POLÍTICO
Stefan Zweig
Traducción de Carlos Fortea
Barcelona, Debate, 2003
232 págs.















Confiesa el bueno de Zweig (1881-1942) que escribió este libro para advertir de la maldad de los diplomáticos que, con sus secretas maniobras y sabedores de los secretos de los demás, echaban por tierra los planes de algunos políticos, pocos, realmente bienintencionados. El maestro de todos ellos es Joseph Fouché, máximo ejemplo de ese trabajo refinado, oculto, frío y aparentemente desinteresado, protagonista estelar de esta biografía.

Desde entonces, 1929, hasta hoy ha corrido mucha sangre, tanta como en la época de Fouché (diez millones de muertos en Europa entre 1795 y 1815), pero han cambiado las circunstancias de la diplomacia: el mal ya no se oculta, es tan vulgar que habla por los codos y sale en la televisión. Como resultado, los diplomáticos han de esforzarse continuamente en corregir los desastres provocados por unos políticos que ya no necesitan esconder sus intenciones y las anuncian descaradamente. Ahora, para bien o para mal, parece que sólo podemos confiar en los diplomáticos.

De todas formas, Fouché era más político que diplomático, y en última instancia era el poder lo que Fouché deseaba. Careciendo, sin embargo, de dotes políticas, es decir, del suficiente dominio del escenario público (débil voz, extremadamente delgado, mal orador), tuvo que buscar caminos más tortuosos, burocráticos, oscuros y aparentemente indiferentes ante el poder de sus superiores. Pero como ministro de Policía de varios regímenes sucesivos, desde el Directorio hasta la Restauración, conservó _porque los demás lo perdieron_ más poder en sus manos que los titulares de los cargos ejecutivos del gobierno francés. Su historia es la fascinante aventura del burócrata que tiene el control de los hilos del poder porque tiene el conocimiento de los hechos. Una red de espías, mejor, una red oficial y otra personal, alimentaban la máquina de procesar datos que era el cerebro del Fouché.


Naturalmente, Fouché es el malo de la película y coincidió con otro gran malo de la historia, Talleyrand, de quien envidiaba su nobleza de cuna y sobre todo su cargo de ministro de Asuntos Exteriores. La mejor manera de leer el libro de Zwieg es leyendo, al mismo tiempo, la biografía que Crane Brinton escribió en 1936 sobre Talleyrand (hay una vieja edición en castellano en Espasa-Calpe), porque ambos textos combinan ideas y personajes en visiones que son complementarias, y a veces contradictorias, pero siempre rozando la perfección literaria.





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