PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

dimarts, 16 d’abril de 2013

HEMEROTECA: una propuesta para frenar al caballo desbocado (1999)


Reseña mía del libro de Luis de Sebastián, El rey desnudo. Cuatro verdades sobre el mercado. Madrid, Trotta, 1999. Prólogo de Manuel Vázquez Montalbán.









Las riendas del caballo

Josep Pradas



Henri Lapage dijo, en tiempos de fortaleza del socialismo real, que el mañana sería del capitalismo. Seguramente sólo le tomaron en serio al otro lado del Atlántico. Pero ahora el capitalismo ha salido victorioso de la Guerra Fría e incluso se jacta de ser el sistema definitivo. El neoliberalismo, en su versión postindustrial del liberalismo clásico, con su apuesta por el mercado puro como regulador de los acontecimientos, ha quedado como superviviente de la lucha entre las ideologías, y ha adoptado el mecanicismo historicista que conduce al final de la historia. Igual que hicieran Hegel y Marx con su particular visión del mundo, todos los que se creen vencedores piensan que la suya es la última victoria del último conflicto.


La fe en el mercado se ha convertido en la ideología superviviente de la crisis de las ideologías. La fuerza del mercado es tal que puede neutralizar el poder rupturista de las ideologías más radicales, y asimilarlas a su lógica. El mercado absorbe las ideologías y ocupa su lugar con un mensaje seductor de continua innovación. No es erróneo pensar que la crisis de las ideologías se debe a un proceso de mercantilización de las mismas. El mercado es, según los liberales, un regulador natural de la vida social, un mecanismo donde cada acción mueve un engranaje y, al final, toda la máquina. El mercado es a la sociedad lo que el ecosistema a la naturaleza, un espacio con leyes concretas, matematizables (caos incluido).


Luis de Sebastián
Contra este determinismo, de alcance historicista, se han alzado numerosas voces, algunas de ellas provenientes del propio ámbito liberal, como la de Popper; otras, en su mayoría, desde la izquierda. Mientras tanto, el mercado no deja de cosechar éxitos políticos. Quizá por esta circunstancia, el libro El rey desnudo, de Juan de Sebastián, intenta mostrar al mercado en toda su desnudez, para desmitificar las falsas apariencias que se han ido montando alrededor de los éxitos del mercado y que lo presentan como la panacea global de la riqueza de las naciones. El autor, un economista de formación clásica, revisa el liberalismo desde posiciones que no pretenden romper con el mercado, sino situarlo en el lugar y en la función que le corresponden. Sobre todo se atreve a enfrentarse al núcleo ideológico del mercado, el supuesto mecanicismo del sistema. La fuerza del mercado consigue crear la apariencia de que él es el referente último de la realidad social. Si se toma al mercado como referente de lo social, aparece naturalmente una visión mercantilizada de la vida social. Nada más lejos de la realidad: en el mercado, como en la naturaleza, reina la indeterminación. El mercado, por sí sólo, no explica nada más que una forma de relaciones económicas, y ni siquiera la explica totalmente.


Schumpeter ya intuyó, a finales de los 30, que la dinámica del mercado no es lineal e incluso contiene episodios de turbulencia creativo-destructiva. La vida económica está en desequilibrio permanente, y la dinámica del mercado puro se parece más a un caballo desbocado que a un sistema regulador de la vida social. El capitalismo puro y sin un control regulador externo puede ser tan brutal como el socialismo real y la intervención absoluta del Estado. Pero es cada vez mayor el convencimiento de los occidentales, en diversos niveles de opinión y decisión, de que el mercado, por sí solo, construye sociedades prósperas. Es una concepción no problemática del mercado, acrítica, autocomplaciente y, sobre todo, mitificadora. Los liberales olvidan que la prosperidad de Europa, Estados Unidos, Japón, etc., se fundamenta históricamente en la intervención del Estado como regulador social de la economía. Al mismo tiempo, los países occidentales intentan que los países en vías de desarrollo asuman un liberalismo puro, favorable a las necesidades del mercado global, como posible camino de prosperidad, a pesar de que Occidente no lo ha recorrido.
 
La crítica al mercado es, hasta este punto, impecable. Pero la cosa se complica en el momento de sugerir alternativas (una vez demostrado que las hay, que el liberalismo puede superarse). El mercado, por sí solo, es un caballo desbocado, así que es necesario ponerle unas riendas y frenar su paso pero sin llegar a pararlo (sólo una opción revolucionaria incluiría el acoso y derribo del caballo). La solución puede ser viable en tanto que no prescinda del caballo, pero no es espectacular y puede defraudar a quienes esperen milagros.


Publicado en Lateral, abril de 2000



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