PARA VIVIR BIEN

"Pero los oligárquicos no dicen lo más importante: si los hombres han formado una comunidad y se han reunido por las riquezas, participan de la ciudad en la misma medida en que participan de la riqueza, de modo que el argumento de los oligárquicos parecería tener fuerza (pues no es justo que participe de las cien minas el que ha aportado una igual que el que ha dado el resto, ni de las minas primitivas ni de sus intereses). Pero los hombres no han formado una comunidad sólo para vivir, sino para vivir bien." Aristóteles, Política III 9

dijous, 8 d’octubre de 2015

LOS SOFISTAS COBRAN POR ENSEÑAR

Los sofistas cobraban por las clases que impartían, cosa que ningún filósofo había hecho hasta entonces, pero sus precios se ajustaban proporcionalmente a la riqueza de sus alumnos. Sobre las cantidades que cobraban por sus enseñanzas hay diversas controversias. En términos generales, cobraban unas 3 minas (300 dracmas) por año o curso, que es lo que podría ganar un artesano en ese mismo tiempo. De modo que sólo los pudientes podían permitirse costear semejante educación. No eran precios populares, pero ya no era imprescindible ser un aristócrata para recibir una formación intelectual muy superior a la tradicional (ver referencias: Platón, Gorgias 519c; Menón 89e, 91b y 95b; y el texto sofista Discursos dobles 6, 7). Hay que añadir que el hecho de vender su producto intelectual emparentaba a los sofistas con los artesanos y los profesionales liberales, tipos independientes al servicio de la ciudad, que son el fundamento social de la democracia.
Se entiende que los honorarios de los sofistas fueran elevados, ya que los alumnos acompañaban al maestro en sus desplazamientos, y éste corría con los gastos y la manutención de aquellos. Este acto de pagar por aprender puede simbolizar el reconocimiento del nuevo valor de la actividad intelectual (se aprecia mejor este aprendizaje que cuesta un dinero y por tanto un esfuerzo, que aquél que es gratuito, comenta Filóstrato en Vida de los sofistas I 10, 4), en unas nuevas circunstancias, aunque de alguna manera supone también una restricción del acceso a una educación superior, pues sólo quienes pudieran pagar podían entrar en ella, pasando por encima de las limitaciones de la educación tradicional.

Dada la amplitud de sus intereses intelectuales, parece evidente que su preocupación crematística fue, más bien, de orden secundario. No hay que olvidar que, como metecos, no tenían otros medios de ganarse la vida en Atenas que comerciar, es decir, vender sus conocimientos. Esta actitud les valió las críticas de puristas como Platón (que no necesitaba vender sus conocimientos para sustentarse porque era un rico aristócrata).
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