LOS REFUGIOS DE DESCARTES
Montaigne se escondió en su ciudadela huyendo del mundo cotidiano,
donde no encajaba. Como él, otros personajes de su misma época siguieron
trayectorias semejantes, aunque movidos por razones diferentes: uno necesitaba
encontrarse a sí mismo, otros necesitaban trabajar en condiciones de paz y
concentración, además de proteger su libertad... No hay duda de que quienes
prefirieron rehuir del mundo se vieron empujados por sus propios demonios
personales y su carácter. Hay, sin embargo, algo común a todos ellos: vivieron
una época de conmoción, fueron víctimas de la lucha religiosa, conocieron de
cerca la persecución de la Inquisición contra los disidentes, sufrieron el
exilio… En aquellos momentos resultaba poco menos que perentorio ese deseo de
preservar el espíritu al margen de presiones y de sentirse seguro en algún
rincón alejado de la conmoción pública. Difícilmente encontraremos esta actitud
tan radical dos siglos después, cuando el mundo parece invitar a las
manifestaciones públicas: David Hume, por ejemplo, nunca necesitó esconderse,
aunque sí publicó algunas obras anónimamente.
El caso
de Descartes (1596-1650) es otro ejemplo de huida, de búsqueda de refugio,
aunque dotado de atributos diferentes a los de la torre de Montaigne. Descartes erigió una ciudadela no por incompatibilidad personal con
el mundo, sino precisamente para rehuir sus peligros y tentadoras atracciones y
para conservar su preciada independencia intelectual. Descartes utilizó la
ciudadela como refugio a pesar de desenvolverse libre y cómodamente en el mundo
de la vida. Era un individuo sociable que gustaba de la calle y de viajar, de
conocer mundo y de relacionarse con personas diversas. Fue sólo después de
comprobar que sus reflexiones filosóficas no contaban con el beneplácito
oficial cuando decidió mantenerse discretamente retirado. En 1629 empezó su
libro sobre física, Le Monde, oú
traité de la lumière, pero nunca lo envió al impresor al conocer la fatal
suerte de Galileo, perseguido desde 1616 y condenado definitivamente en 1633
por afirmar que la Tierra se movía alrededor del Sol –como el mismo Descartes
afirmaba en ese tratado. El libro se publicó de forma póstuma en el año 1664.
Aquel nefasto episodio de la historia de la ciencia y de la Iglesia tuvo gran
impacto sobre Descartes, que declinó la publicación de la obra. Y ese espíritu
de prevención ante los peligros del mundo le llevó a la búsqueda de un refugio a pesar de que su predisposición natural
fuera favorable al mundo material.
Remitiéndonos a lo que Descartes dice de sí mismo en el Discurso,
escrito en el año 1637, cuando ya es un pensador maduro, fue un joven
interesado por el mundo que le rodeaba. En modo alguno fue un hombre
precozmente decepcionado, como Montaigne. Sin embargo, hay semejanzas entre
ambos: los dos sufren del mal del escepticismo, y los dos utilizan una forma de
expresión escrita totalmente nueva, el ensayo, en vez del tratado, y en una
lengua accesible al hombre común, el francés.
El
carácter biográfico del Discurso es un recurso muy parecido al que
utiliza Montaigne. Es, sobre todo, un recurso diferente del oficial, del
tratado académico (que Descartes no rechaza enteramente, desde luego), y
persigue constituirse en una alternativa estimulante a todo aquello que con el
tiempo se ha convertido en un lastre para el pensamiento y la ciencia de sus
días. De hecho, en la relación que mantiene con los libros, Descartes también
se asemeja a Montaigne: los libros de filosofía de la Escuela le aburren, la
doxografía filosófica le parece insoportable y poco didáctica, y prefiere los
escritos que despiertan su curiosidad, según confiesa a Beeckman en una carta fechada en 1630.
Aun así, entre Montaigne y Descartes hay una
diferencia sustancial: el primero escribe un ensayo muy personal, una suerte de
diario que, como él mismo advierte, no aspira a ninguna relevancia fuera del
terreno doméstico y privado; Descartes, en cambio,
escribe deliberadamente para los otros, y utiliza ese nuevo estilo para generar
atracción. Cabe remarcar que el Discurso del método, al margen de
su importancia para la historia del pensamiento occidental, es uno de los
mejores libros de filosofía jamás escritos, un libro que genera curiosidad
hacia la actividad intelectual poniéndola al alcance de cualquier persona que
sepa leer; es un libro que en cada una de sus líneas invita a pensar.
El
joven Descartes descrito en la primera parte del Discurso desea aprender
todo aquello que le resulte de utilidad para la vida, y su interés proviene de
su experiencia de estudiante en La Flèche, donde
llegó a obtener el grado de doctor y sobresalió en el estudio de todas las
materias del currículum oficial. Pero no sólo eso, sino que se desvió de los
caminos comúnmente transitados, desobedeciendo las normas establecidas por los
jesuitas y la censura eclesiástica, atreviéndose a leer todo aquello que caía
en sus manos: textos esotéricos, ocultismo, magia, etc. Durante ese periodo de
formación, enclaustrado entre los muros de la escuela, llegó a disfrutar del
gusto por la vida intelectual, claramente separada del mundo de la vida
material. Como él mismo relata, el estudio es una forma de conocer el mundo
externo, una forma de contacto con una dimensión de la realidad: leer es como
viajar en el tiempo y el espacio; hablar con los moradores de otras épocas
prácticamente equivale a viajar.
Tras
esa fase de formación y lectura, llegó para Descartes el momento de viajar de
verdad. El joven Descartes ahora invierte el tiempo en busca del gran libro
del mundo: conociendo cortes y ejércitos, recogiendo experiencias diversas
y relacionándose con gentes de todas las naciones. Se alista en un tercio
protestante primero y después en un tercio católico, pero siempre en condición
de francés (aunque en sentido estricto todavía no lo fuera, puesto que su vida
transcurrió en un momento histórico en que los vínculos feudales eran aún más
fuertes que cualquier otro, incluyendo los que más adelante, tras la convulsión
que trajo consigo la Revolución francesa, se llamarían nacionales); de
hecho, se podría decir que Descartes encarna el europeísmo en el sentido
estricto que Zweig defiende.
Aunque viaja y ve mundo, ya ha experimentado el gusto por el estudio en
solitario, ha leído todo cuanto ha pasado por sus manos. Experimenta que leer
es una actividad individual, un retiro de la vida cotidiana porque el libro nos
captura y no podemos dejarlo a un lado. Y sus posteriores experiencias irán en
la misma línea: el invierno de 1619 a 1620 lo pasa en
un campamento militar, en una aldea cercana a Ulm, y allí, en un sencillo
alojamiento apenas provisto de una estufa, asistirá a la experiencia
intelectual que marcará su vida posterior, referida como el sueño que tuvo
durante la noche del 10 al 11 de noviembre de 1619, según él mismo
anota.
Por más que ese sencillo refugio militar no sea precisamente la
torre-fortaleza de Montaigne, en ciertos aspectos se le asemeja lo suficiente,
puesto que cumple con los requisitos mínimos de toda ciudadela ideal: le aleja
de la conversación, garantiza la ausencia de divertimentos y perturbaciones y
favorece la soledad y aislamiento, con la sola compañía de una estufa para
evitar el frío y entregarse de tal guisa a la meditación. Así describe
Descartes su precaria ciudadela en el campamento de invierno del ejército: otro
soldado de su regimiento habría preferido echar una partida a los dados, o la
compañía de alguna de las rameras que siempre seguían a la soldadesca. Descartes
no: permaneció cercano a la estufa y profundamente inmerso en sus pensamientos.
Los
nueve años que transcurren entre 1619 y 1628 son de transición entre una fase
vital puramente mundana y otra puramente intelectual: combina los viajes, el
ocio y las aventuras románticas con el trabajo intelectual desde el lecho, otra
suerte de ciudadela para Descartes. Son años en que no se dedica más que a
recorrer mundo, dice en la tercera parte del Discurso,
aunque con un papel más de espectador que de actor en las comedias que en el
teatro del mundo se representan. En París es huésped de un noble amigo de su
padre, con cuya esposa entabla un romance. Visita los salones literarios y se
luce en performances filosóficas. Y aunque persiste en conjugar el
pensamiento con la actividad mundana, finalmente la vida intelectual gana la
partida: se refugia en un estudio cuyas señas sólo conocen los más íntimos.
Allí estudia matemática, y hacia 1628 empieza la redacción en latín de las Reglas
para la dirección del espíritu, aunque ésta pasará a la historia como una
obra inacabada.
A pesar
de sus esfuerzos por rehuir el mundo, todavía lo siente demasiado cercano, y
eso le supone una molestia. Finalmente, resuelve que para poder trabajar
seriamente debe aislarse sin ningún tipo de paliativo, y por esta razón acaba instalándose en Holanda. Si bien la actividad
mundana puede ser estimulante –como bien saben
artistas y creadores plásticos y literarios–,
llega un momento en que se convierte en una distracción molesta para el
ejercicio de la práctica que se persigue –como bien sabe cualquiera que
escriba. Para eludir ese fastidio y dedicarse enteramente y a sus anchas a
pensar y escribir, Descartes debe encerrarse en una estancia a solas consigo
mismo.
Tanto viajar como leer mucho, sin embargo, propician la
pérdida de contacto con la realidad próxima, aduce. Esta consideración es
esencial para entender que su premisa inicial es no perder de vista el mundo
inmediato, y que su posterior búsqueda de alejamiento y refugio responde a un
cambio de percepción: el mundo real trae consigo peligros y riesgos que le
obligan a recurrir a un espacio donde poder trabajar con seguridad. En efecto,
podemos invertir muchas horas en pensar sobre el mundo o definir su problematicidad, que al fin y al cabo constituye la misión de la filosofía[1],
pero tarde o temprano, cuando emerjamos a la calle, nos daremos de bruces con
la verdad de los otros, y tendremos
que tomar decisiones materiales sobre asuntos que habitualmente no se le
presentan a quien habita una estancia consagrada al pensamiento.
Es
necesario huir del mundo para poder pensar con claridad; pero el mundo corre
tras nosotros y tarde o temprano nos alcanza. Y entonces ya no tenemos tiempo,
habremos de ofrecer respuestas adecuadas e inmediatas, incluso aunque no casen
del todo con nuestra ideología. Descartes es consciente de ello, y por ese
motivo establece para sí mismo una especie de moral provisional que le ha de
permitir conducirse por el mundo real mientras el mundo del pensamiento pende
del hilo de la reflexión constante. Esta moral provisional está contenida, de
hecho, en la tercera parte del Discurso.
Hay que
señalar que Descartes nunca realizó un desarrollo posterior, ni cualitativo ni
cuantitativo, de estas máximas morales a
priori provisionales, así que en verdad configuran su moral definitiva. Se desconoce si en un
momento posterior quiso profundizar en ellas o sencillamente se sirvió del
trabajo ya realizado y renunció a remover un terreno tan arriesgado como ése.
Sin embargo, esa moral, provisional o definitiva, en realidad ponía en riesgo a
ninguna instancia política, social o académica. Más que provisional, se trataba
de una moral de prevención, de precaución ante un posible choque entre el pensador y la realidad, y permitirle a
aquél pertrecharse ante el riesgo de ser expulsado del refugio propio, como le
había sucedido a Galileo.
En efecto, en sus formulaciones, Descartes es
suficientemente conservador y respetuoso con las autoridades para no temer la
reacción de nadie. En ellas, ni las leyes civiles ni la religión son
cuestionadas. Respeta las normas establecidas por la tradición sin caer en
excesos ni radicalismos, aunque haya aspectos que no acepte de buen grado. Le
queda como último consuelo la certeza de que nuestros pensamientos son nuestros
y de nadie más, que permanecen bajo nuestro poder y que son la manifestación de
nuestra libertad más íntima. El mundo puede cambiar y alterar nuestra vida
cotidiana, pero nuestros pensamientos dependen sólo de nosotros y sólo nosotros
los determinamos; nuestra mente constituye una ciudadela inexpugnable. Por eso
la conservación de la propia libertad constituye la primera de las reglas
señaladas por Descartes.
Aunque estas tres o cuatro normas de prudencia social son
fruto de las reflexiones de un joven que sueña al amparo de la estufa dentro de
una tienda de campaña militar, en él ya se adivina al filósofo maduro: se
intuye su necesidad de independencia intelectual para desarrollar sus ideas sin
permitir la intervención de factores ajenos al ámbito especulativo, y también
la necesidad de prevención ante el riesgo de pisar, aun indeliberadamente, el
terreno de los poderosos y el temor de que ello se convierta en un obstáculo
para la consecución de sus objetivos intelectuales. Sin embargo, el joven Descartes
todavía no ha se ha dado cuenta de que la ciudadela no sólo actúa en pro de la
independencia intelectual (para ello sólo se requiere una ciudadela mental,
cuya eficiencia ya experimentó en su campamento militar), sino que además es
necesaria para garantizar la concentración y un resultado provechoso del
ejercicio intelectual; más aún, incluso para alcanzar cierto grado de felicidad
interior. El techo protector y la estufa son los elementos anecdóticos del
precario primer refugio de Descartes, absolutamente sometido a los caprichos
del mundo: un refugio a la altura del momento vital del filósofo, que persigue
el estímulo de la experiencia para iniciar un proyecto intelectual que todavía
no tiene una dirección concreta: “como esperaba conseguirlo mejor conversando
con los demás hombres que permaneciendo por más tiempo encerrado en el cuarto
en donde había meditado todos estos pensamientos, proseguí mi viaje ante de que
el invierno estuviera del todo terminado”, dice en la tercera parte del Discurso,
una vez a expuesto las reglas de su moral provisional.
Y a eso se dedica durante los nueve años comprendidos entre 1619 y 1628,
antes de su retiro a Holanda. Son años de maduración, en los que todavía no
percibe la necesidad de una ciudadela física para poder trabajar con la
intensidad que desea. No renuncia al mundo porque todavía no le molesta,
aunque, como ya se ha señalado, empieza a ser más espectador que actor. Sin
embargo, para poder concluir su proyecto intelectual, que ya empieza a tomar
cuerpo, tendrá que erigirse un rincón propio en una ciudadela física de verdad.
Lo conseguirá más adelante: “hace justamente ocho años que este deseo me
decidió a alejarme de todos los lugares donde podía tener algunas amistades y a
retirarme a este país”, Holanda, “donde, en medio de la multitud de un gran
pueblo muy activo, más atento a los propios negocios que curioso de los ajenos,
he podido vivir tan retirado y solitario como en un apartado desierto, sin
carecer de las comodidades que se encuentran en las ciudades más frecuentadas”,
escribe al final de la tercera parte del Discurso.
[1] Los filósofos
piensan que todo es problemático, y pocos de ellos se dedican a investigar la
verdad, dice Descartes a la dedicatoria de sus Meditaciones.
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