LA CRÍTICA A LA CULTURA EN ROUSSEAU
La crítica rousseauniana a
las ciencias se erige como una crítica general a la sociedad civilizada, que
corrompe el espíritu natural de los hombres.
El origen de las ciencias y las artes
Rousseau comienza la
segunda parte de su Discurso sobre las ciencias y las artes (1750) con
una crítica más centrada en ellas que en sus efectos. Dice Rousseau que las
ciencias no deben ser demasiado buenas para el hombre cuando las fábulas y los
mitos que hablan de su origen hacen referencia a dioses o personajes enemigos
del hombre, como es el caso de Prometeo. No menciona el Génesis, pero el
paralelismo es claro. Todas estas referencias vienen a apoyar una tesis que
Rousseau ya ha defendido en la primera parte (Discurso sobre las ciencias…, pág. 34), según la cual los hombres intentan arrancar los secretos de la
naturaleza para salir de la oscuridad, mientras que la naturaleza se muestra
oculta precisamente para preservar la naturalidad del hombre ignorante (Discurso
sobre las ciencias…, pág. 46). Esto coincide con el mito bíblico del Árbol
del Bien y del Mal: el hombre tentado por su enemigo, busca el conocimiento por
la ambición de parecerse a Dios, y al conseguir ese conocimiento descubre las
desventajas que obtiene: es castigado por Dios a salir del Paraíso de los
natural para tener que someterse a las exigencias de una vida totalmente
diferente, en la que habrá de trabajar, sufrir y hacer uso de esos
conocimientos que tenía vedados porque en realidad no los necesitaba (Discurso
sobre las ciencias…, págs. 47 ss).
Nótese que en el mito de
Prometeo, Dios castiga al titán por haber dado las artes y las técnicas a los hombres,
pero también castiga a estos, enviándoles el peor de los regalos, la mujer
(relato del mito según Protágoras;
versión previa de Hesíodo, con el mito de Pandora).
Así, añade (Discurso
sobre las ciencias…, pág. 47):
la astronomía ha nacido de la superstición;
la elocuencia, de la ambición, del odio, del halago, de la mentira; la
geometría, de la avaricia; la física, de una vana curiosidad; i todas, incluso
la moral, del orgullo humano. Por tanto, las ciencias y las artes deben su
nacimiento a nuestros vicios: no tendríamos tantas dudas sobre sus ventajas si
vinieran de nuestras virtudes.
Rousseau, al presentar su
discurso sobre las ciencias y las artes, quiere aclarar que su crítica a las
ciencias no es un intento de maltratarlas en nombre de la ignorancia, sino una
defensa de la virtud en un momento en que el ginebrino denuncia un efectivo
detrimento de la misma (Discurso sobre las ciencias…, pág. 33). En
algún momento tendrá que definir qué es eso que entiende por virtud, pero el
caso es que su afirmación es tajante: las costumbres de su época han logrado un
elevado refinamiento, y son las letras, las ciencias y las artes las que han de
reivindicar su participación en tan saludable logro. Sin embargo, tal
refinamiento es una apariencia engañosa: lo real es la depravación, la
corrupción de las almas en la medida que las ciencias y las artes han ido perfeccionándose
(Discurso sobre las ciencias…, pág. 39).
¿Ignorancia o virtud?
Por la crítica que Rousseau lanza sobre el valor del saber y la cultura podría pensarse que hace una apología de la ignorancia. Esto no es así: la alternativa de Rousseau a la cultura no es la ignorancia sino la moral, en el sentido de recuperar la virtud natural de los hombres. En este sentido ha de entenderse su crítica a la mala influencia de la imprenta. Se dirige contra la idea de progreso técnico: gracias a la imprenta, los célebres filósofos ateos se han inmortalizado. Los escritos impíos de los materialistas como Leucipo murieron con él, pero la imprenta sirve para eternizar las ideas, como es el caso de los peligrosos sueños de los Hobbes y los Spinoza, que nos acompañarán siempre (Discurso sobre las ciencias…, pág. 59).
Si nos detenemos en sus
ideas educativas advertiremos que, criticando a las escuelas culturizantes, que
enseñan lenguas como el latín, que no sirven para nada, pone como alternativa
la educación moral en un sentido caballeresco, arcaico y aristocrático (en ese
sentido que podría encajar muy bien Nietzsche). Si hay aristocratismo en
Rousseau es por lo que de natural representan aquellos tiempos arcaicos.
De modo que la alternativa
a las ciencias y la cultura no es la ignorancia absoluta, sino la ausencia de
luces para permitir el conocimiento de la virtud natural que estas luces
impiden (esto sí es un ataque directo a la Ilustración, aunque no es el mal
solo de este siglo de las Luces) (Discurso sobre las ciencias…,
pág. 39). Acaba su discurso alabando la virtud, ciencia sublime de las almas
sencillas (rústicas), cuyo conocimiento reside en conocerse a sí mismas y en
escuchar la voz de la conciencia (y por ello elogia a Sócrates, que sostenía
esto mismo) (Discurso sobre las ciencias…, págs. 43 ss). La virtud
es la auténtica sabiduría, la verdadera filosofía, lo que distingue a los
hombres virtuosos de los hombres de letras (Discurso sobre las
ciencias…, pág. 62).
En el Prefacio al Narciso
(1752), Rousseau matizará esta crítica, argumentará ampliamente lo que en el Discurso
era precipitado, y responde teórica y coherentemente a las críticas que el Discurso
recibió. Añade que el mal derivado de la ciencia no es específico del siglo
XVIII: en todas partes ha habido perversión, pero en este momento se ha
alcanzado el límite de la degeneración, lo que nos debe hacer pensar que el
saber es la fuente más importante del mal. La sociedad ilustrada es la más
pervertida de todas, y esto nos ha de hacer sospechar de esa ilustración.
En su obra Consideraciones sobre el gobierno de Polonia (1771) también matizará la crítica que había lanzado contra las ciencias, y también su propia alternativa. En absoluto habla de una apología de la ignorancia feroz y brutal, inmoral, que degrada la razón y acerca al hombre a las bestias. Solo apoya una ignorancia razonable que limita la curiosidad al no vano ámbito individual, no como hacen los físicos (y esto sigue muy de cerca a la acusación que recibiera Sócrates, de interesarse por las cosas de los cielos para negar a los dioses de la ciudad; Rousseau plantea un argumento muy manido contra los filósofos, demasiado proclives a interesarse por lo que está más allá de sí mismos). Se trata de una ignorancia modesta y contenta de sí; frente a una ignorancia absoluta pone una saber tradicional, rural, oral. La cultura abstracta, la de las Luces, es lo que no admite; pero tampoco quiere un estado natural salvaje.
En este sentido, no rechaza tajantemente el pensamiento, ni postula quemar las bibliotecas, aunque en el Discurso incluye una anotación en la que se refiere a un argumento favorable a la quema de la Biblioteca de Alejandría, en boca de un califa (Discurso sobre las ciencias…, pág. 59 ss). La ciencia es buena en sí, dice Rousseau; siendo Dios fuente de toda unidad, la ciencia es como una participación en la inteligencia divina, así que por su origen y finalidad es buena. Pero engendra errores, herejías y fanatismo; la ciencia puede ser hermosa pero no está hecha para el hombre, porque este tiene demasiadas pasiones que le conducen a usarla para el mal; el hombre abusa siempre del conocimiento. La ciencia es buena especulativamente, pero no socialmente. En realidad, se trata de ignorar aquello que no es necesario para la vida, esto es, lo que se aprende en las universidades.
Por
otro lado, Rousseau no se plantea una vuelta real al pasado, por mucho que se
muestre nostálgico. El hombre, una vez pervertido, lo está para siempre, salvo
con una revolución casi peor que el mal que intenta sanar. Una vez perdida la
inocencia ya no se recupera. Una vez perdida la igualdad originaria, la pérdida
es irreversible. Hay que seguir con las academias, “ofreciendo algún puesto a
los tigres para que no devoren a nuestros hijos”. En el Discurso había
sugerido que los sabios académicos sirvan de consejeros en las cortes y a los
príncipes. Pero eliminarlos sería desastroso: si se suprimen los controles de
la cultura y la educación, siendo ausentes los controles de la virtud natural,
se suprimen los valores que ahora permiten vivir. Peor que un ilustrado es un
total ignorante, un ilustrado sin ilustración. Porque la falta de moral es lo
peor de todo, sea cual sea esa moral.
La idea rousseauniana de
virtud es naturalista, rústica, agraria, arcaica, emparentada con un sentido
aristocrático de la vida. Es la virtud de los pueblos primitivos, es la virtud de
la Roma fundada por campesinos, virtud que se desvanece con el enriquecimiento
cultural de los pueblos. Roma cayó cuando brilló su cultura (Edward Gibbon y
Spengler debieron leer a Rousseau, sin duda). El progreso de las artes y las
ciencias, dice Rousseau, es el responsable de la decadencia de los pueblos
fuertes y nobles. La cultura empobrece la naturaleza humana, la debilita,
sumerge a los hombres en el rebaño social, reinando en las costumbres una vil y
engañosa uniformidad. Y al mismo tiempo, esa uniformidad favorece a los
príncipes, que obtienen así una masa de súbditos fácil de dirigir, gracias
precisamente a la cultura y la educación urbana: la cultura suaviza el peso de
las cadenas que atan al hombre en la sociedad (Discurso sobre las ciencias…, págs. 37 ss).
Rousseau identifica su
virtud natural con la de los pueblos que fueron llamados bárbaros por los que
se consideraban civilizados, aquellos pueblos preservados del contagio de los
vanos saberes, de manera que sus virtudes se han mantenido puras. Son pueblos
donde no hay ocio para dedicarse al pensamiento, pueblos como Esparta, en los
que los hombres nacen virtuosos y el mismo aire del lugar parece inspirar
virtud (Discurso sobre las ciencias…, pág. 41). Rousseau aclara que
todo progreso cultural, incluyendo el filosófico, conduce a la decadencia del
espíritu primitivo, que es para él lo que verdaderamente debería conservarse;
pero, en cambio, de la magnificencia artística y cultural de Atenas se tomó el
modelo para todas las épocas corrompidas (Discurso sobre las ciencias…, pág. 42).
En definitiva, el hombre,
en su afán de salir de la oscuridad, ha pagado su búsqueda del saber con la
esclavitud y la disolución. La naturaleza ha querido preservarnos de la sabiduría,
pero el hombre ha querido ir más allá de la naturaleza; los secretos que guardaba
celosamente no son sino los males que nos esconde, pero el hombre se empeña en
descubrirlos, en busca del progreso. Tal es su perversión incurable (Discurso
sobre las ciencias…, pág. 46).
Natura vs cultura
Rousseau nos presenta la
ciencia como un instrumento socializador al servicio del poder: la sociedad
civil impone leyes a los hombres, los esclaviza, y las ciencias y las artes
generan en los hombres sentimientos de libertad, de manera que acaban civilizándose,
asumiendo su condición de sometidos a las leyes. Por eso los príncipes
favorecen la cultura; por lo mismo, es difícil civilizar a los pueblos
primitivos, porque son ignorantes, como los indios americanos (Discurso
sobre las ciencias…, pág. 35).
Por eso dice Rousseau que
“tenemos físicos, geómetras, químicos, astrónomos, poetas, músicos, pintores;
ya no tenemos ciudadanos” (Discurso sobre las ciencias…, pág. 57).
La cultura es un factor socializador, pero no crea ciudadanos. Esta referencia
a la ciudadanía debe ser tomada con cautela. Parece referirse a que la cultura
desvía el sentido de la ciudadanía hacia una especie de perversión política que
podemos apreciar en la decadente democracia griega o en la refinada sociedad
francesa previa a la Revolución. Para Rousseau, un ciudadano es un miembro
integrado en la comunidad, a modo de Esparta o Persia, al menos tal como él
entendió estos pueblos antiguos: un hombre instruido en la religión, en la
sinceridad, en la nobleza, en la valentía, en el honor; se refiere a un
aristócrata, a un patriota-soldado frente al intelectual. Habla del ciudadano
de virtudes naturales y, en este sentido, libre, porque tiene muy claro cuáles
son sus obligaciones como hombre. Esto podría llevar a considerar que el estado
natural de Rousseau se asemeja más a un primitivismo que a un estado de
ausencia de leyes (según el esquema de Hobbes), al menos en lo que respecta al Discurso
sobre las ciencias y las artes. Esta idea puede justificarse a partir de un
comentario de Rousseau sobre Hobbes: Hobbes cree que los hombres son lobos y
pueden devorarse con la conciencia tranquila (Discurso sobre las ciencias…, pág. 59). Lo que Rousseau critica aquí es la amoralidad del estado
natural, como sostiene Hobbes en el Leviathan (L, 13) y en el Del
ciudadano (IX, 9). En Hobbes, las leyes naturales no tienen nada que ver
con el bien o el mal, sino que remiten a la supervivencia. Pero Rousseau
defiende la existencia de una moral natural previa a toda forma social, una
conciencia moral natural que impediría ese estado de guerra total entre todos.
Rousseau critica lo que
podríamos llamar virtudes sociales: las buenas costumbres, la
apacibilidad, la urbanidad, etc. Son estas costumbres de esclavos, apariencia
de una virtud que no existe. La verdadera virtud humana está reñida con la
sociedad civil (Discurso sobre las ciencias…, pág. 36). La virtud social
o civil no es sino una pompa reñida con la virtud verdadera. Rousseau reclama
un ruralismo nostálgico, en el cual la virtud humana se presenta desnuda, sin
adorno social: el hombre de bien es un atleta que se complace en combatir
desnudo, despreciando aquellos viles adornos que le impiden usar su fuerza adecuadamente
y que, en general, han estado inventados para esconder alguna deformidad (Discurso
sobre las ciencias…, pág. 36). Se trata de virtudes rústicas, pero naturales.
Pero con el refinamiento de la cultura, la virtud natural se ha ido
emborronando, ahogada en ese sinfín de sutilidades sociales y culturales.
La nostalgia rousseauniana
parece tener un cariz de desprecio por la sociedad en que vive, llena de vicios
ocultos, en la que ya no es posible hallar una amistad sincera o una estimación
real, porque detrás de todo ello hay ambición, reserva, odio, etc. Parece la
voz del resentido contra su tiempo, del desengañado que ha buscado sin éxito
unos ideales (Discurso sobre las ciencias…, pág. 37). Es la
nostalgia de otros tiempos en que había más claridad y limitación en las costumbres,
y quizás por esto elogia la rusticidad de Suiza (Discurso sobre las ciencias…, pág. 41), o la austeridad espartana frente al refinamiento ateniense (Discurso
sobre las ciencias…, pág. 42).
La crítica a la educación escolar
En el Discurso sobre las ciencias y las artes Rousseau también muestra
sus ideas sobre la educación escolar, aquella que enseña artes y ciencias, que
transmite conocimientos. A lo largo de la obra ha criticado la supuesta ventaja
de la ciencia para el hombre, sobre todo incidiendo en la pérdida de su virtud
natural. Por eso dice: “si la cultura de las ciencias es nociva para las
cualidades guerreras, lo es más aún para las cualidades morales. Desde los primeros
años, una educación insensata adorna nuestro espíritu y corrompe nuestro juicio
(Discurso sobre las ciencias…, pág. 55).
Los planteamientos educativos
de Rousseau son aristocratizantes, arcaicos: lo que se enseña a los niños los
debilita y no les prepara para la vida: “nuestros hijos ignorarán su propia
lengua, pero hablaran otras que no usarán en ningún sitio; sabrán componer
versos que apenas podrán entender; sin saber distinguir el error de la verdad,
poseerán el arte de hacerlos difíciles de reconocer a los demás mediante
argumentos especiosos; pero palabras como magnanimidad, equidad, moderación,
humanidad, coraje, no sabrán qué son” (Discurso sobre las ciencias…, pág. 55).
Ya en este momento
temprano de su pensamiento, el programa educativo que Rousseau propugna es
típicamente arcaico, guerrero, heroico, caballeresco; en su idealismo, pretende
situar al ser humano en un estado natural primitivo, donde el hombre se
enfrenta al mundo como un niños cuando juega a pelota en la calle, educándose
en la fortaleza del cuerpo y del espíritu, en lo que es mínimamente necesario
para vivir, que no tiene nada que ver con las luces del intelecto (Discurso
sobre las ciencias…, pág. 55).


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