TOCQUEVILLE Y EL MIEDO A LA DEMOCRACIA
sea cual fuese su opinión a este
respecto, era tarde para deliberar; que la sociedad caminaba sin detenerse y
les arrastraba día tras día con ellos hacia la igualdad de condiciones; que ya
no quedaba más opción que escoger entre dos males desde ahora inevitables; que
la cuestión no consistía en saber si podía conseguirse la aristocracia o la
democracia, sino en saber si tendríamos una sociedad democrática avanzando sin
poesía ni grandeza, pero con orden y moralidad, o una sociedad democrática
desordenada y depravada, entregada a furores frenéticos o doblegada bajo un
yugo más pesado que todos los que han sucedido sobre los hombres desde la caída
del Imperio romano.
Esta idea campea por toda
la obra de Tocqueville, pero halla su más clara expresión en la segunda parte
de La democracia en América, al considerar el autor que la igualdad
política conduce a los individuos a una debilidad semejante al estado natural,
y a someterse a la protección de un Estado fuerte, un Leviathan. La igualdad
facilita el poder centralizado, y el Estado burgués, por esto mismo, facilitará
la realización de este ideal social. Es un temor extendido por todas las mentes
afines a la aristocracia social, que ven un peligro en la nivelación, el
peligro de perder sus posiciones en la cúspide social.
Así, para la sociedad
futura, Tocqueville prevé que (Mayer, págs. 61 ss):
una multitud de individuos iguales y
en todo parecidos, trabajan por alcanzar satisfacciones mezquinas y vulgares
(es la edad de la facilidad, que tanto temía Goethe). Encima de estos
hombres se levanta un monstruoso poder tutelar que provee a su seguridad, prevé
y asegura sus necesidades, facilita sus placeres, dirige sus principales
asuntos, lleva adelante sus industrias, divide sus herencias. ¿Qué podrá hacer
todavía sino quitarles la molestia de pensar y los inconvenientes de vivir?
Por esto ve necesario que
las atribuciones del poder del Estado sean claramente definidas y limitadas,
para salvaguardar las libertades individuales; teme la libertad de las mayorías
sociales, pero no advierte el peligro que puede haber detrás de la libertad de
las minorías privilegiadas, de las élites económicas. Semejantes ideas recoge
en su Advertencia a la duodécima edición de La democracia en América, de
1848, cuando ya se ha dado la Revolución de ese mismo año (pág. 24 de la
edición de La democracia en América. Madrid, SARPE, 1984):
Ahora que ya no se trata de resolver
si tendremos en Francia una monarquía o una república, nos queda por saber si
tendremos una república agitada o una república tranquila, una republica
regular, una república pacífica o una república belicosa, una república liberal
o una república opresiva, una república que amenace los derechos sagrados de la
propiedad y la familia, o una república que los reconozca y consagre […]. Según
lo que tengamos, la libertad democrática o la tiranía democrática, el destino
del mundo será diferente.
Así expresa Tocqueville
sus temores: que la tiranía de la mayoría se apodere de Francia, que sea el
pueblo de París, esa mayoría proletaria y revolucionaria quien gobierne sobre
toda Francia. También en Burke se manifiesta esta inquietud por la posibilidad
de que el conjunto sea dominado por una mayoría que deje sin representación y
sin contemplaciones a las demás minorías sociales, económicas e ideológicas del
país.
El temor de Tocqueville es
similar al de Platón cuando describe la república de los cerdos, en República
II (368c-376c) o en VIII (560d-564c, en este enlace),
y se explica en un mismo contexto de pérdida de privilegios por parte de la
clase elitista dominante hasta el estallido de la revolución democrática. Ambos
temían lo mismo, y en tal estado describen un escenario extremo que, sin duda,
se ha realizado a lo largo del siglo XX en las democracias liberales. Sin
embargo, si nos atenemos a su propio contexto, las tensiones niveladoras, ya
presentes muchos antes, no se debían al afán de los individuos por vivir según tales
expectativas extremas, sino por conseguir mejoras materiales en unas vidas ancladas
en la miseria o la pobreza. El miedo a la chusma que se respira en todos
los intelectuales románticos y posrománticos europeos radica en que temen que
las mayorías sociales, que viven en condiciones de precariedad, logren
representación política e impongan sus ideas a las minorías privilegiadas. De
ahí la resistencia burguesa a conceder el sufragio universal durante todo el
siglo XIX. La preocupación de Tocqueville por la pérdida de las libertades
particulares y de las señales de excelencia individual, fáciles de hallar entre
la alta burguesía y la aristocracia a las que mentalmente representa, son la
excusa para justificar la resistencia a conceder desde el Estado burgués
pretendidamente democrático los derechos políticos que las mayorías sociales
reclaman.
El resultado histórico,
finalmente, ha sido el temido por Tocqueville, una sociedad de ciudadanos
libres e iguales pero sometidos al imperio del mercado, a la mediocridad de la
cultura mercantilizada, y todo lo que se quiera decir sobre lo que el
capitalismo genera en los sujetos. Pero la causa de todo ello no radica en el
exceso de igualdad social, que es lo que no gusta a Tocqueville, sino en el
exceso de libertad en las clases que controlan el sistema de producción, que es
lo que Tocqueville no advierte, porque confía en la libertad en la misma medida
que desconfía de la igualdad.
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REFERENCIAS
Mayer, J. P., Estudio biográfico de ciencia política. Madrid, Tecnos, 1965.

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