TOCQUEVILLE Y EL MIEDO A LA DEMOCRACIA


El miedo a la tiranía de la mayoría es el gran temor de Tocqueville, y de otros muchos pensadores de su momento: la democracia puede ser fuente de libertad, pero también de esclavitud, y eso es inevitable. En una carta a Stoffels (citada por Mayer, págs. 52 ss), señalaba a los temerosos que,

 

sea cual fuese su opinión a este respecto, era tarde para deliberar; que la sociedad caminaba sin detenerse y les arrastraba día tras día con ellos hacia la igualdad de condiciones; que ya no quedaba más opción que escoger entre dos males desde ahora inevitables; que la cuestión no consistía en saber si podía conseguirse la aristocracia o la democracia, sino en saber si tendríamos una sociedad democrática avanzando sin poesía ni grandeza, pero con orden y moralidad, o una sociedad democrática desordenada y depravada, entregada a furores frenéticos o doblegada bajo un yugo más pesado que todos los que han sucedido sobre los hombres desde la caída del Imperio romano.

 

Esta idea campea por toda la obra de Tocqueville, pero halla su más clara expresión en la segunda parte de La democracia en América, al considerar el autor que la igualdad política conduce a los individuos a una debilidad semejante al estado natural, y a someterse a la protección de un Estado fuerte, un Leviathan. La igualdad facilita el poder centralizado, y el Estado burgués, por esto mismo, facilitará la realización de este ideal social. Es un temor extendido por todas las mentes afines a la aristocracia social, que ven un peligro en la nivelación, el peligro de perder sus posiciones en la cúspide social.

Así, para la sociedad futura, Tocqueville prevé que (Mayer, págs. 61 ss):


una multitud de individuos iguales y en todo parecidos, trabajan por alcanzar satisfacciones mezquinas y vulgares (es la edad de la facilidad, que tanto temía Goethe). Encima de estos hombres se levanta un monstruoso poder tutelar que provee a su seguridad, prevé y asegura sus necesidades, facilita sus placeres, dirige sus principales asuntos, lleva adelante sus industrias, divide sus herencias. ¿Qué podrá hacer todavía sino quitarles la molestia de pensar y los inconvenientes de vivir?

 

Por esto ve necesario que las atribuciones del poder del Estado sean claramente definidas y limitadas, para salvaguardar las libertades individuales; teme la libertad de las mayorías sociales, pero no advierte el peligro que puede haber detrás de la libertad de las minorías privilegiadas, de las élites económicas. Semejantes ideas recoge en su Advertencia a la duodécima edición de La democracia en América, de 1848, cuando ya se ha dado la Revolución de ese mismo año (pág. 24 de la edición de La democracia en América. Madrid, SARPE, 1984):

 

Ahora que ya no se trata de resolver si tendremos en Francia una monarquía o una república, nos queda por saber si tendremos una república agitada o una república tranquila, una republica regular, una república pacífica o una república belicosa, una república liberal o una república opresiva, una república que amenace los derechos sagrados de la propiedad y la familia, o una república que los reconozca y consagre […]. Según lo que tengamos, la libertad democrática o la tiranía democrática, el destino del mundo será diferente.

 

Así expresa Tocqueville sus temores: que la tiranía de la mayoría se apodere de Francia, que sea el pueblo de París, esa mayoría proletaria y revolucionaria quien gobierne sobre toda Francia. También en Burke se manifiesta esta inquietud por la posibilidad de que el conjunto sea dominado por una mayoría que deje sin representación y sin contemplaciones a las demás minorías sociales, económicas e ideológicas del país.

El temor de Tocqueville es similar al de Platón cuando describe la república de los cerdos, en República II (368c-376c) o en VIII (560d-564c, en este enlace), y se explica en un mismo contexto de pérdida de privilegios por parte de la clase elitista dominante hasta el estallido de la revolución democrática. Ambos temían lo mismo, y en tal estado describen un escenario extremo que, sin duda, se ha realizado a lo largo del siglo XX en las democracias liberales. Sin embargo, si nos atenemos a su propio contexto, las tensiones niveladoras, ya presentes muchos antes, no se debían al afán de los individuos por vivir según tales expectativas extremas, sino por conseguir mejoras materiales en unas vidas ancladas en la miseria o la pobreza. El miedo a la chusma que se respira en todos los intelectuales románticos y posrománticos europeos radica en que temen que las mayorías sociales, que viven en condiciones de precariedad, logren representación política e impongan sus ideas a las minorías privilegiadas. De ahí la resistencia burguesa a conceder el sufragio universal durante todo el siglo XIX. La preocupación de Tocqueville por la pérdida de las libertades particulares y de las señales de excelencia individual, fáciles de hallar entre la alta burguesía y la aristocracia a las que mentalmente representa, son la excusa para justificar la resistencia a conceder desde el Estado burgués pretendidamente democrático los derechos políticos que las mayorías sociales reclaman.

El resultado histórico, finalmente, ha sido el temido por Tocqueville, una sociedad de ciudadanos libres e iguales pero sometidos al imperio del mercado, a la mediocridad de la cultura mercantilizada, y todo lo que se quiera decir sobre lo que el capitalismo genera en los sujetos. Pero la causa de todo ello no radica en el exceso de igualdad social, que es lo que no gusta a Tocqueville, sino en el exceso de libertad en las clases que controlan el sistema de producción, que es lo que Tocqueville no advierte, porque confía en la libertad en la misma medida que desconfía de la igualdad.


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REFERENCIAS

Mayer, J. P., Estudio biográfico de ciencia política. Madrid, Tecnos, 1965.

 

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