NEOLIBERALISMO DESDE 1988 (2)

 




COMENTARIO

Jesús Mosterín, en este artículo excesivamente complaciente con el pensamiento neoliberal, distingue entre los juegos vinculados a las asociaciones voluntarias, juegos a los que solo jugamos si queremos (ser miembro de un club, de una fundación, intervenir en una tertulia, emparejarse o formar parte de una empresa); y juegos impuestos por el Estado o alguna instancia semejante (a menudo la familia obliga a llevar a cabo determinados juegos, cuando aún puede someter a sus miembros de menor rango, por ejemplo). Laski establece esta misma distinción en el ámbito de la política (véase este enlace). Esta distinción se superpone a la anterior, entre juegos competitivos y juegos cooperativos o colaborativos. Fukuyama también admite esta distinción para dar mayor valor a las asociaciones voluntarias que las forzadas, y coincide en la mención explícita de la pertenencia a una empresa, que servirá a Fukuyama para dar mayor valor a estas asociaciones que a las políticas. Si nos hemos de tomar esta cuestión en serio, de entrada hay que sostener que la pertenencia a una empresa no necesariamente resulta de un acto voluntario. Lo es si acabo de adquirir acciones de una empresa, y por lo tanto me vinculo a ella voluntariamente; soy muy libre de comprar o vender mis acciones cuando lo desee, según el orden de mis intereses económicos. Pero no es tan obvio que pueda querer formar parte de una empresa como empleado, en ese mismo sentido de “según el orden de mis intereses”, pues no son actos del mismo tipo comprar acciones que aceptar un empleo. La diferencia esencial entre ellos es que cuando acepto un empleo no es para comprar, sino para vender (mi actividad, sea la que sea, mi tiempo, mi fuerza de trabajo). Cuando acepto un empleo no es porque lo desee en el mismo sentido que deseo comprar unas acciones, sino en el sentido que necesito ese trabajo, aunque si verdaderamente pudiera no lo tomaría. El vínculo laboral no suele responder a una decisión libre, como lo sería adquirir unas acciones, o comprar una lavadora. Lo que no excluye un cálculo de costes y beneficios, un cálculo racional, pero la existencia de un proceso de cálculo en la mente de quien está sopesando aceptar un puesto de trabajo no es garantía de que vaya a obrar de forma totalmente libre. Nadie en sociedad actúa de forma taxativamente libre o condicionada, sino en virtud de las dos maneras. En conclusión, no se puede hablar de la relación laboral, entrar en una empresa, como una asociación libre, como una decisión libre, como la participación libre en un juego, cooperativo o competitivo. No elegimos libremente jugar a empleados y empleadores, porque aunque podemos elegir no trabajar si no tengo otro medio de sustento, y tal elección conllevará que no podremos hacer nada en el entorno social.

Es sorprendente que Mosterín no haya reparado en la lógica de todo este entramado ideas sobre la libertad humana, que encajan tan bien en el marco conceptual del neoliberalismo. Confiar la definición de acto libre a la teoría de los juegos conlleva ciertos riesgos conceptuales: riesgo de simplismo al aceptar que “somos libres o autónomos en la medida en que podemos decidir por nosotros mismos a qué juegos jugar, en la medida en que los demás (los vecinos, los navajeros, el Estado) no nos imponen sus juegos” (Mosterín, artículo antes referido). Esto es, como sujetos de decisiones, todos estamos en las mismas condiciones para elegir a qué juego jugamos, y “cuando jugamos a lo que queremos es cuando mejor jugamos” (farsa motivacional), por lo tanto, es mejor que el Estado no se entrometa en nuestras elecciones privadas. Buscar trabajo es una elección privada, y encontrarlo y aceptarlo también; es llegar a un acuerdo con otro sujeto, que ofrece determinado trabajo, y así jugar juntos según unas reglas de juego determinadas (obviamente establecidas, y por qué no, impuestas, por el empleador, que el empleado acepta porque no tiene más remedio). Es el escenario ideal para el neoliberalismo: el Estado no interfiere en relaciones privadas entre sujetos libres que actúan racionalmente en la toma de decisiones, dado que están en las mismas condiciones. Esta concepción tan ventajosa para una de las partes ha acabado materializándose incluso en sentencias judiciales de alto rango: en 2010, una sentencia de Tribunal Supremo de Estados Unidos, en el caso Ciudadanos Unidos vs Comisión de Elecciones federales, establece que las empresas y corporaciones tiene el mismo estatus que los individuos, de manera que pueden financiar sin límite a los partidos políticos y sus candidatos (Lluís Pla, Se quiere otra vida, pág. 92; buscar alguna referencia). El escenario ideal para el neoliberalismo, sancionado por una sentencia jurídica. Yo, sujeto con intereses privados, juego al juego del trabajo como empleado de un empleador, que es otro sujeto, con intereses privados (pero obviando que es una empresa, que no está en las mismas condiciones que yo, individuo aislado en el mercado laboral, necesitado de ingresos para poder sustentarme). Obviamente, no se trata de dos sujetos libres e iguales, que actúan en las mismas condiciones de poder elegir jugar o no a ese juego.

Este escenario, auspiciado por la teoría de los juegos, es ideal para demandar la marginación del Estado de los asuntos privados de los sujetos libres y en igualdad de condiciones. El Estado debería abstenerse de imponer sus juegos a los ciudadanos, salvo en algunos aspectos la evaluación de los cuales dependerá si los consideramos con la mirada de Hobbes o con la mirada de Locke. Resulta que en este escenario ideal no siempre somos libres, hay algunos aspectos de nuestra vida privada que están eventualmente sometidos a las voluntades de otros, aunque el Estado se haga a un lado, y precisamente si el Estado se hace a un lado: hay navajeros sueltos, y si no quiero vivir amenazado por esos navajeros, tendré que aceptar la existencia de una entidad que los controle, aunque esa entidad también acabe imponiéndome sus condiciones; no quiero jugar a ser asaltado por unos navajeros, pero a cambio el Estado me pedirá que juegue a pagar impuestos para protegerme. Hobbes llama a eso Leviathan, Locke apela a un estado mínimo protector que no interfiere en los demás juegos, porque el llamado estado natural no es tan malo como Hobbes había dibujado. Por muy libertario que sea, Mosterín no debería situar al Estado en el lado opuesto a la libertad, a riesgo de caer en simplificaciones como la anterior. Todos los liberales lo entienden así desde Hobbes y Locke, hasta los partidarios más acérrimos del estado mínimo.

El problema derivado de definir la libertad humana mediante la teoría de los juegos es que se tiende a olvidar que no todos los participantes, incluidos los voluntarios, acceden al juego en las mismas condiciones, que sería lo ideal. El binomio libertad-igualdad casi nunca se cumple si aplicamos la vida material a la teoría de los juegos. En su caso, los libertarios dan por supuesto ese estado ideal: juguemos a las empresas, empleador y empleado están en igualdad de condiciones, cada uno en su papel, asumiendo reglas que todos conocen, las de la libre competencia. La trampa consiste en mantener al empleado en la ignorancia de que no parte de la misma casilla que el empleador, así que actúa convencido de que está en las mismas condiciones que el otro, en igualdad de condiciones; eso permite sacar a la igualdad de la ecuación.

Es cierto, como dice Mosterín, que las libertades formales (los derechos políticos, civiles, etc.) no son nada sin las libertades materiales: la libertad de circulación que me garantiza la constitución no tiene valor si no dispongo de posibilidades materiales para viajar o ir donde quiera. “¿De qué te sirve cualquier libertad, si tu problema es que estás pasando hambre?”, señala (sin advertir que eso ya lo había formulado Marx). Pero eso no le permite concluir que el liberalismo es el sistema que sirve para garantizar esas libertades materiales, mediante el crecimiento económico que me proporcionaría los medios para viajar e ir donde quisiera. No advierte que el sistema capitalista es en realidad fuente de desigualdad entre las personas, en lugar de ser la solución de esta. “El nuevo liberalismo radical o libertario se caracteriza por tomarse en serio toda la libertad, tanto la política como la económica, la íntima como la cultural”, afirma; “tomarse la libertad en serio significa dejar que cada uno haga lo que quiera con su propio cuerpo y, en especial, reconocer a las mujeres el derecho al aborto libre”, etc. Esta última perorata ha de entenderse en el contexto en que fue escrito este artículo, en la España 1988, sumida en este tipo de discusiones. Sin embargo, el auténtico libertario que pululaba entonces en el mundo anglosajón ya mostraba unos tintes reaccionarios que se han acentuado con el tiempo, hasta alcanzar su máximo grado de racismo, clasismo y misoginia en lo que hoy calificamos de auge de la extrema derecha: recuperación de la familia tradicional, limitación del aborto, actitudes anti LGTBIQ+, llamada a la limitación o eliminación del voto femenino, etc. Este libertarismo actual no es el que ostenta Mosterín en su artículo, salvo en su defensa de la bajada de impuestos y la disminución del Estado, con el argumento de que es una imposición sobre nuestra libertad personal, pues cuanto más controle Hacienda nuestros recursos privados, “tanto menor será la libertad de los ciudadanos para hacer lo que ellos quieran con el dinero que ellos ganan”. Es curioso que apele a la racionalidad para defender esta actitud: si caigo enfermo, quizás mi seguro médico privado no me cubra todos los tratamientos que voy a necesitar, así que parecería razonable dedicar algo de mi dinero a financiar una sanidad pública que en caso de necesidad me cure sin necesidad de pedir un préstamo bajo intereses salvajes (porque la racionalidad del banco le llevará a ver que necesito mucho ese préstamo, para no morir, y eso le imprime un valor añadido que merece unos intereses extras; si necesito algo con perentoriedad, ese algo vale más que si no lo necesito, dice la razón instrumental capitalista). No tener en cuenta las autenticas condiciones del mercado y la libre competencia, lleva a Mosterín a considerar que el liberalismo tiene un sentido racional, apostando por el juego competitivo: “Parece inconcebible que un ser humano adulto y racional se conforme con menos que el mayor grado posible de libertad, a menos que lo fuercen a ello, y a nadie le gusta ser forzado”. Esto es una obviedad en la forma, si no se tienen en cuenta las circunstancias, pero en la realidad material es perfectamente concebible que un ser humano adulto y, por ello, racional, se conforme con menos dinero y, por ellos, menos libertad para hacer cosas, cuando valora lo que puede llegar a pasar con su vida, o cuando no tiene acceso a otra cosa mejor, a un trabajo mejor, e incluso acabe conformándose con la sopa boba asistencial cuando el sistema económico lo ha convertido en una presa fácil en un sistema competitivo lleno de depredadores, y ha de moverse en una selva donde apenas tienen posibilidades de ganar una sola partida del juego. Este sujeto racional acaba convertido en un gorrón, en los términos de Olson, como consecuencia del fracaso del un sistema competitivo que no da oportunidades a quienes quedan en desventaja, precisamente porque se presupone que todos los jugadores están en igualdad de condiciones.


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