NOTAS SOBRE MARSILIO DE PADUA Y EL ABSOLUTISMO PAPAL
Marsilio de Padua (1275-1342/43)
1324, publicación del Defensor Pacis. Texto dirigido en defensa del emperador Luis de Baviera frente a las pretensiones del Papa Juan XXII, aunque las teorías que Marsilio expone no están especialmente relacionadas con el Imperio y menos con Alemania. Más aún, podría haberse escrito este libro sin haberse dado la disputa entre el Papa y el Emperador. Marsilio no escribió para defender estrictamente al Imperio, sino para criticar el imperialismo papal, al que acusa de ser la causa de la desunión de Italia, como también encontraremos en Maquiavelo. Su objetivo era limitar categóricamente la autoridad espiritual, y en este sentido fue más lejos que ninguno de los que defendían la independencia de lo terrenal, pues acaba colocando a la Iglesia bajo el poder del Estado.
Marsilio
parte de Aristóteles, de hecho, considera su obra como una continuación de la Política
del estagirita. Busca la independencia respecto de la ortodoxia cristiana, de
la argumentación escriturística, hablando solamente en términos de
racionalidad. Pretende cierta continuidad con Aristóteles, en virtud de que su
obra formaría parte de una teoría sobre las revoluciones y las causas de los
desórdenes civiles, al considerar las pretensiones papales de poder temporal
como una de las causas de desorden. Al analizar las posibles soluciones, su
esquema compartirá el orden establecido en la Política de Aristóteles.
También
recoge el principio aristotélico del naturalismo: la naturaleza tiene su propia
legalidad inherente, se gobierna a sí misma; Dios existe, pero está lejos, el
cosmos es autónomo. De este modo, la naturaleza constituye la fuente de todo
poder, y el Estado no es en realidad resultado de la voluntad divina, sino una
emanación de la naturaleza para la realización de los fines naturales del
hombre. Por lo tanto, las pretensiones papales de poder terrenal son un acto contra
natura y atentan contra la paz.
Además,
el concepto de autarquía de la ciudad aristotélica se identifica con las
repúblicas italianas, y aunque Marsilio no renuncia a la idea de una monarquía
universal, enfatiza el hecho de la ciudad-estado como adecuada para realizar la
naturaleza humana.
Por
otro lado, la separación entre razón y revelación, defendida por Marsilio, lo
sitúa cerca de los llamados averroístas latinos, junto a Dante: la
teología no aporta nada al conocimiento racional, a la vez que la felicidad se
encuentra en esta vida sin ayuda de Dios, y la ética aristotélica sirve para
lograr la salvación; los intereses ultraterrenales son irrelevantes para la
ética, cuyo ámbito pertenece a la comunidad humana.
Supremacía del Estado
Marsilio
define el Estado según el esquema aristotélico, como un ser vivo,
compuesto de partes que desarrollan unas funciones necesarias para la vida
(funcionalismo). La salud de ese ser vivo es la paz, que consistirá en el buen
ordenamiento de tales funciones. De modo que la paz es lo apropiado para la
buena vida.
Tal
expresión, buena vida, tiene dos sentidos: lo bueno en la vida presente, y lo
bueno en la vida futura. De lo primero se encargarán la razón y la política; de
lo segundo se encargará la Revelación, a través de la fe. De modo que el buen
gobierno del Estado tendrá una justificación racional, que mostrará su
necesidad como medio de paz y orden. La religión tiene también una función,
pero externa al orden civil: asegura la buena vida futura, la salvación, a
través de los actos en la vida terrena.
Siguiendo
a Aristóteles, Marsilio analiza y clasifica las partes de ese organismo vivo
que es el Estado, sus clases sociales: labradores y artesanos, que proporcionan
ingresos necesarios para la ciudad; soldados, magistrados y sacerdotes, que
constituyen el Estado mismo. Estos últimos son los que se dedican al culto y a
la enseñanza de la verdad revelada, así como de los medios para llegar al
cielo; es una función que corresponde al ámbito de los ultraterreno y lo
sobrenatural, distinto del ámbito civil e irrelevante desde el punto de vista
secular, pues, siendo irracional, no puede atenerse a las consideraciones de
fines y medios. Por lo mismo, las cuestiones temporales han de juzgarse desde
fuera del ámbito de la fe.
Esta es
la gran innovación de Marsilio de Padua. Las cuestiones temporales son cosa del
poder temporal, el clero solo tiene jurisdicción sobre lo ultraterrenal y lo
irracional. Pero en cuanto que el clero es también una clase o parte de la
ciudad, el poder terrenal ha de tener jurisdicción sobre el clero. La religión
es un fenómeno social con consecuencias colectivas, de modo que ha de estar
sujeta a regulación que convenga dentro del ámbito civil, como cualquier
aspecto inherente a la ciudad. La propuesta de Marsilio conduce a la
secularización de ciertos aspectos del orden religioso.
El sentido y origen de la ley
Hay dos
clases de leyes: la humana y la divina. La ley divina es mandato de Dios, sin
deliberación racional, en vistas a la salvación. La ley humana surge de la
deliberación, en vistas a la vida temporal en el seno de la sociedad.
Hay una
distinción radical entre ambos tipos de leyes: la transgresión de la ley divina
no comporta necesariamente castigo civil, sino castigo ultraterrenal; toda
penalidad terrena corresponde a la ley civil.
La ley
implica un legislador. Esta es la cuestión que conduce al desarrollo de la
teoría política de Marsilio: la autoridad legal, la ley humana, parte del
pueblo, de su totalidad o de su parte más valiosa, que manda o decide por
elección o voluntad propia en una reunión general de los ciudadanos. La fuente
de la autoridad legal es siempre un pueblo o la parte predominante de él. Y la
autoridad debe entenderse como un acto del pueblo, en nombre del cual se
ejerce.
Cuando
habla de la parte más valiosa del pueblo se refiere no al número sino a
la calidad, a la parte de mayor peso dentro de la comunidad. No es una
concepción de la igualdad aritmética, pues acepta que los magnates han de
tener, naturalmente, mayor peso que el pueblo llano.
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