LORENZO VALLA Y LA REFORMA RELIGIOSA


En 1440, Lorenzo Valla publica su crítica a la postura oficial sobre la Donación de Constantino, titulada Declamación acerca de la Donación de Constantino.  Este es un asunto de larga tradición en el pensamiento crítico con la Iglesia (véase información de contexto en este enlace).










En esta obra presenta diversos argumentos para deslegitimar aquel acto político de Constantino:

  • Argumentos jurídicos: carece de legitimidad, pues el emperador no tenía prerrogativas para dividir el Imperio, ni el Papa para recibir bienes temporales.
  • Argumentos eclesiásticos: tal decisión es incompatible con el Evangelio.
  • Argumentos psicológicos: tal decisión es incompatible con el interés de los hombres herederos del Imperio.
  • Argumentos históricos: ausencia de testimonios complementarios o documentos paralelos; la historia real posterior a la donación muestra la continuidad del poder de los césares.
  • Argumentos filológicos: el documento es falso, no puede ser del siglo IV, su supuesta datación real, debido a su estilo bárbaro y deteriorado. Es una burda falsificación.

Valla aprovecha su análisis para criticar la situación de la Iglesia en su momento, consecuencia de un proceso de corrupción iniciado dos siglos atrás, como ya dante denunciara.

Alejandro VI (Borgia) y Julio II, entre 1490 y 1513, intentaron hacer de la sede papal un Estado fuerte, recuperando ciudades independientes e incorporándolas a los territorios pontificios. Los argumentos de Valla se certifican con estas acciones, y es a partir de aquí que comienzan los ataques más contundentes contra la Iglesia, desde Lutero hasta Erasmo. Lutero, por ejemplo, aprobó en 1517 la edición impresa del Defensor Pacis de Marsilio de Padua y la Declamación de Valla.

 

Por otro lado, en su De professione religiosorum, Valla analiza la vida religiosa y el sentido mismo del hecho religioso. Contrapone los términos laico y religioso, dando mayor firmeza al primero y devaluando lo piadoso. Los votos y virtudes clericales no lo son tanto, la vida laica es digna, el ascetismo no es signo de virtud. Postula un primitivismo, una vuelta a la antigua cotidianeidad, sin diferencias entre laicos y clérigos. La virtud no solo es accesible a los clérigos. También critica la pretendida excelencia del voto de pobreza, advirtiendo del carácter parasitario de los religiosos. La excelencia se debe más a la acción, al riesgo, mientras que el clérigo deposita en este voto su renuncia a la acción a cambio de una seguridad, mientras otros se ocupan de ella. Así, pues, la vida religiosa no es sinónimo de piedad y virtud.

  

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